Sonó la primera Palabra de Dios,
allí donde no había cielo ni tierra. Y se desprendió de su Piedra y cayó al
segundo tiempo y declaró su divinidad. Y se estremeció toda la inmensidad de
lo
eterno. Y su palabra fue una medida de gracia, un destello de gracia y quebró y horadó la
espalda de las montañas. ¿ Quién nació cuando bajó ? Gran Padre, Tú lo sabes.
Nació su primer Principio y barrenó la espalda de las montañas.¿Quiénes
nacieron allí?¿Quiénes?Padre, Tú lo sabes.
Nació el que es tierno en el cielo.
Libro de los Espíritus, Códice del CHILAM BALAM DE CHUMAYEL.
Y nadie subió al cielo, sino el
que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. Y como Moisés
levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el hijo del hombre
sea levantado; para que todo aquel que en él creyere no se pierda, sino que
tenga vida eterna.
SAN JUAN III 14-16
LIBRO PRIMERO
1
NUNCA PUDE
entender a este hombre extraño y de mesurada palabra que parecía deleitarse al
confundirme con sus cáusticas y paradojales observaciones sobre todas las
cosas. Causaba la impresión de ser un taciturno; pero, a poco de tratarle, no
podía uno dejar de advertir el hecho más extraordinario que he conocido en mi
agitada vida: él era una sonrisa. Lo era de pies a cabeza. No sonreía, no
precisaba sonreír; todo él era esa sonrisa. Esta impresión me llegaba también
de una manera muy curiosa y difícil de explicar. Diré únicamente que la sonrisa
parecía una propiedad natural de su cuerpo y que emanaba hasta de su modo de
andar. Nunca le oí reír, pero poseía el don de comunicar su alegría o seriedad,
según fuera el caso. Nunca le vi deprimido ni alterado, ni aun durante aquellos
turbulentos días, hacia el final de la Segunda Guerra en que a consecuencia de
una revolución política, yo fui a parar a una cárcel y él no hizo absolutamente
nada por obtener mi libertad. Aun en este incidente demostró ser un hombre
fuera de lo común. Y hasta parecía empeñado en que yo continuase preso, y
cierta vez en que le reproché esta actitud, me dijo:
- Estás
mucho mejor acá que allá fuera. Al menos acá estás bien acompañado y hasta es
posible que despiertes.
- Pero
si acá ni se puede dormir -, le dije.
- Eso es
lo que tú piensas porque aún no sabes cuál de las maneras de dormir resulta más
peligrosa y dañina a la larga. Hay quien vela contigo aun cuando duermes, y
estás bien acompañado.
En el
pabellón en que me encontraba yo preso había también muchos hombres a quienes
respetaba como valores intelectuales y cuyas conversaciones me resultaban
interesantes. Con algunos de ellos jugaba interminables partidas de ajedrez,
pero nuestras charlas seguían siempre el rumbo de los acontecimientos políticos
que habían culminado con nuestra prisión. Así se lo hice ver a mi amigo una
tarde en que me visitó cargado de regalos de Navidad.
-Sigues
durmiendo-, fue toda su respuesta.
Ese día
charlamos durante un buen rato, y se me ocurrió preguntarle:
-¿Cómo
es que tú vienes a visitarme tan a menudo y no has desaparecido como los demás
que huyeron en cuanto se enteraron de mi situación?
-Soy más que un amigo; yo soy la amistad que nos une.
No pude
evitar una sonrisa con la que quise decirle que no era ese el momento adecuado
para lanzarme sus paradojas, e insistí:
-¿Pero
cómo es que sabiéndote mi más íntimo amigo la policía no te ha detenido?
Su
respuesta fue tan incomprensible como todo lo demás:
-La
amistad me protege. Y te protege a ti también, aunque en otra forma.
Y
después de un instante de silencio, agregó:
-No me
comprendes porque todavía dependes de ellos, así como ellos dependen de ti. Ni
tú ni ellos dependen todavía de sí mismos, pero todos ustedes están convencidos
de lo contrario. Si solamente pudieran comprender esto, comprenderían todo lo
demás a su debido tiempo.
Esto me
sublevó y contesté violentamente; le dije que sus palabras eran muy
interesantes como filosofía en las noches de hastío, pero que en las
circunstancias en que yo me encontraba ya se convertían en una insoportable
majadería.
-Además,
- agregué muy exaltado y empleando términos imposibles de publicar- ¿Cómo voy a
depender de éstos, que para lo único que sirven es para lamerle las botas a ese
dictadorzuelo de opereta? O quizás también dependo de cuanto cretino se apoya
en la fuerza y cacarea su popularidad cuando tiene la oposición amordazada.
¿También dependo de aquellos que persiguen la inteligencia y hablan de
progreso? No me llamaría la atención que así me lo dijeses ahora.
Él me
miró con su invariable y paciente sonrisa, escuchó hasta que hube terminado y
ofreciéndome cigarrillos y lumbre, contestó:
-Tú lo
has dicho. También dependes de él y de muchas otras cosas más. Estos -e hizo un
ademán significando a los guardias armados que estaban al otro lado de la reja-
lo apoyan con sus armas porque no pueden hacer otra cosa que obedecer a quien
sepa mandarlos. Sin armas, sin uniforme y sin jefes, no serían nada. Se creen
los amos de sus armas, pero en realidad son esclavos de ellas. Pero tú y los
que acá están presos contigo son peores. Estos visten uniforme porque
tienen miedo de andar solos en la vida, y porque no pueden hacer nada más
productivo para el mundo; también llevan un uniforme en la cabeza. Pero ustedes
son peores; ustedes dicen que son hombres de intelecto y en realidad son unos
majaderos enamorados de sus majaderías. Ustedes apoyan esta dictadura y cuanta
dictadura hay; las apoyan mucho mejor y más eficientemente que los otros; su
apoyo ocurre de muchas maneras, pero principalmente por medio de la actitud de
estúpida soberbia que los hace vivir de espaldas a la verdad. Y no sólo la
apoyan, la fortalecen. Sí, ustedes son peores que los que honradamente son
ignorantes. Y, sin embargo, ninguno de ustedes tiene verdaderamente la culpa.
Me dijo
todo esto tan calmada y seriamente que yo quedé mudo. Pasó un buen rato antes
de que le preguntase:
-¿Qué es
lo que ignoramos?
-Un
hecho muy sencillo que en realidad es una verdad física, pero que todos ustedes
creen que se trata únicamente de un precepto ético imposible de llevar a la
práctica. Seguramente lo habrás leído u oído alguna vez: “ No resistáis el mal
”.
- Todos
estos preceptos fueron dados al mundo por verdaderos sabios. Sólo un puñado de
seres en la historia de la humanidad han podido descubrir que son verdades
realmente científicas. La ciencia ordinaria, por cierto, negará esto porque
cree que la ética es algo separado de lo que llama materia, sin advertir que es
justamente lo que condiciona y vivifica la materia y hasta crea sus formas.
Hace mucho tiempo hubo un verdadero sabio entre los hombres de ciencia y se llamó
Mesmer. La ciencia, o eso que llaman ciencia, lo persiguió y sus trabajos han
sido ignorados. Es el destino de todo aquel que descubre la verdad. Hoy día el
mesmerismo pasa por una forma de charlatanería, y lo curioso es que son
justamente los charlatanes de la ciencia quienes más peroran contra la
"charlatanería" de Mesmer. Algunos que han estudiado a Mesmer para
hacer curaciones magnéticas se han aproximado a la verdad que él dejó oculta en
sus aforismos. Pero solamente unos cuantos, muy pocos, han advertido que lo que
es “ sí ” también puede ser “ no ”, que el “ sí ” es una verdad relativa al “
no ”, como lo “ bueno ” es relativo a lo “ malo ”. Pero ya tendrás oportunidad
de enterarte de esto porque al fin me has hecho una pregunta que vale la pena.
Debo
confesar que las palabras de este amigo me parecieron siempre cosas de loco.
Aquella tarde se marchó más contento y alegre que de costumbre, prometiéndome
una nueva visita para dentro de dos días, cosa que, conforme a los reglamentos
del penal, era sumamente difícil. Cuando se lo observé, me dijo:
- Tú
sabes andar en bicicleta, ¿verdad?
-
Naturalmente-, le dije.
- Bien;
quien sabe andar en su propia bicicleta puede andar en cualquier otra.
¿ Qué
diantres tenía que ver la bicicleta con su visita? Muchas veces me hice esta y
otras preguntas surgidas de sus palabras. Aún sigo haciéndomela sin encontrar
una respuesta adecuada. Debo también confesar que la razón me indicaba que este
hombre era loco, pero yo sentía un singular cariño hacia él.
He
querido representarlo así, actuando en una circunstancia importante de mi vida,
en aquel acontecimiento que marcó el fin de una carrera a la cual yo había
entregado todas mis fuerzas y todo mi entusiasmo. Fue en verdad un rudo golpe
el que sufrí al perder aquella situación conquistada tras largos años de penosa
labor; pero cuando le dije todas estas cosas a mi amigo, él se limitó a
contestar:
-Es lo
mejor que te podía haber ocurrido. Ahora sólo de ti depende que tu despertar no
te cause mayores sufrimientos.
Y a
continuación me dijo muchas cosas que en ese momento tomé como palabras con que
él quería consolarme, al insistir en que yo poseía ciertas cualidades
personales indicativas de la promesa de un despertar.
Por
cierto que este relato no tiene como finalidad hacer mi autobiografía, ni
detallar los pormenores de mi agitada existencia antes y después de este
acontecimiento. Y si debo anotar algunos hechos personales es porque necesito
proporcionar algunos antecedentes que expliquen a mi amigo, y que también
sirvan para substanciar los escritos que me pidió que publicase en esta fecha
"con la finalidad de aumentar el número de los nuestros".
Recuerdo
que cada vez que le pregunté lo que significaba con eso de “ los nuestros ” y quiénes eran, me
respondió:
-Una
clase muy especial de abejas que se da sólo de vez en cuando y con grandes
esfuerzos.
Tal fue
la voluntad de mi amigo, y yo cumplo con ella no solamente por haber empeñado
mi palabra, sino porque advierto en todo esto algo que quizás tenga un valor
que a mí se me escapa. Aun es posible que algunos de los lectores sepa de qué
se trata, y pueda explicarme a este hombre.
También
es menester que haga una confesión: no sé cómo se llama, jamás me dio su
verdadero nombre, y, salvo una vez, a mí jamás se me ocurrió hacerle esas
preguntas de rigor que exigen nombre y apellido, edad nacionalidad, profesión,
etc.
Quizás
algunos de ustedes lo conozca o haya tenido noticias de él. Y digo esto porque
en aquella oportunidad en que quise abordar este aspecto de su ser, dejé que
vislumbrase mi interés por su origen y demás cosas que él nunca explicaba
espontáneamente como por lo general lo hace todo hombre a fin de inspirar
confianza a los demás. Mi amigo era muy diferente a todas las personas que he
conocido en mi vida, y parecía no importarle absolutamente nada la impresión
que causara. De modo que cuando surgió la cuestión de mi interés en su
identidad, dijo estas enigmáticas palabras:
-Quien
verdaderamente lo quiera, me puede conocer. Sólo hace falta quererlo para
comenzar. Estoy en todas partes en general, y en ninguna en particular. A quien
me llama, voy. Pero esto es sólo una manera de decirlo, porque la realidad es
otra. Pocos me saben llamar, y suele ocurrir que cuando acudo a éstos, se
espantan, pierden la cabeza y comienzan a abrumarme con muchas preguntas:
¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿De qué vives? ¿En qué trabajas? Y así por el
estilo. Nunca contesto estas impertinencias porque si el hombre no sabe lo que
quiere, es mejor que tampoco sepa nada de mí. Ocurre también que aquellos que
me buscan sin darse cuenta, o deciden no prestarme ninguna atención, o se lo
atribuyen todo a ellos mismos. Los hay también que me consideran
"malo". Pero es solamente natural que así ocurra en esta época de
franca degeneración de la inteligencia humana. Desbarato los sueños de los
hombres y no les dejo una sola ilusión en pie. Pocos son los que se deciden a
mantener el contacto conmigo, pero estos pocos son los verdaderamente
afortunados, pues tienen la posibilidad de conocer el valor real de la vida.
Claro está que este conocimiento tiene sus responsabilidades; pero ya te
enterarás de eso a su debido tiempo.
Recuerdo
que en esta oportunidad le dije:
-Entonces
me alegro muchísimo de no haberte importunado. Te ruego que disculpes mi curiosidad.
No quisiera perder el contacto contigo por nada del mundo.
Ante
estas palabras, él sonrió y agregó:
-Hay un
medio sencillo de conservar el contacto conmigo: recordando. El recuerdo es el
contacto con la memoria. En la memoria está el conocimiento o la verdad. Unirse
de corazón a la verdad es lo trascendental. Disfruta de mi amistad mientras
esté contigo. Te convendrá procurar entender las cosas que te digo y
comprenderme. Todo esfuerzo que hagas en este sentido te será una
positiva ganancia, aun cuando a menudo te parezca que toda tu vida se derrumba.
Tú eres uno de esos que me han llamado sin darse cuenta cabal de que me
buscaban. No me has abrumado con preguntas ni con pedidos necios. Pero debo
advertirte que si bien tienes algunas cualidades que me conservan a tu lado,
esas mismas cualidades me pueden alejar totalmente de ti si es que no
despiertas. Al menos, si ahora despertases, y solamente de ti depende que lo
hagas, no sufrirás lo que seguramente habrás de sufrir cuando debas permanecer
solo y en silencio, como en el desierto. Yo sólo puedo acompañarte un tiempo.
Si no aprendes a atesorar cuando te doy, solamente tu tendrás la culpa de ello.
En
aquella época me molestaba el tono protector con que me hablaba en estos casos.
Su seriedad me parecía absurda y fuera de lugar. Muchos amigos y algunos de mis
compañeros de trabajo sentían una marcada antipatía hacia él. Me preguntaban
qué era lo que yo veía en este amigo y lo calificaban de "tipo raro";
algunos decían que no tenía sentimientos, que nada le conmovía. Pero yo sé era
un hombre lleno de amor. Cuando comenté las opiniones de mis amigos a raíz de
un incidente social, me dijo:
-No te
inquieten esas opiniones. Esos son la escoria del mundo, el verdadero mal de la
sociedad humana. Siempre hallarás en sus bolsillos las treinta monedas de
plata. Nada tengo con ellos, nada quiero tener; están sometidos a otras fuerzas
de las que podrían librarse si realmente lo quisieran, pero se han enamorados
de sí mismos y confunden el sentimiento con sus debilidades personales.
Pero
será mejor y más práctico que haga un relato cronológico de los hechos.
2
INGRESÉ AL periodismo porque tras una de las
tantas guerras de este siglo quedé con una pierna tan dañada que me fue
imposible reanudar mi profesión en la marina mercante. El hecho de saber
algunos idiomas y de poder traducir el lenguaje cablegráfico y no redactar del
todo mal, fueron factores que me ayudaron en esta empresa. Era ambicioso, y
quise hacer carrera porque sentía muy vivamente que la salud obraba en mi
contra y que los años se hacían cada vez más breves. Renuncié a las aventuras y
los goces que produce el viajar sin rumbo fijo, como cuando me enrolaba de
tripulante en cualquier barco, en cualquier puerto, y también renuncie a la
poesía y a muchas otras cosas que hasta entonces habían alegrado mi existencia.
Era desagradable caminar apoyado en un bastón, y era aún más desagradable tener
a veces que recurrir a las muletas. No disponía del dinero necesario para que
un especialista me tratase la pierna como era debido, y de mi patria había
huido espantado ante la poco maternal protección de los hospitales militares.
Tenía razones muy fundadas para ello. Había visto demasiadas cosas. Pero esto
no tiene sino el valor de un antecedente personal.
El sueldo que ganaba era el
mínimo. Trabajaba con deseos de prosperar y con entusiasmo. No sólo quería
hacer una carrera y crearme un nombre en el periodismo, sino que me daba cuenta
también de que en tanto dependiese un día del bastón, y al siguiente de las muletas
-según fuese la densidad humana en los tranvías en que debía ir y venir de mi
trabajo -mis posibilidades en la vida estaban circunscritas a ser un traductor
y nada más. Mi primer objetivo fue, pues, ganar dinero. Y como traía por
herencia y por educación ciertas ideas religiosas, estimé que lo mejor era
pedir ayuda al cielo. Pensé en hacer mis pedidos a algunos de los santos a
quienes se atribuyen milagros, pero mi trabajo obró contra esta decisión. Las
noticias informaban acerca de la situación mundial en vísperas de la segunda
guerra y acerca de aquella lamentable comedia de títeres en Ginebra. Obraron
poderosamente sobre mi ánimo y terminaron por minar mi creencia en los santos.
No podía explicarme cómo era posible que con tanta oración, con tanta solícita
rogativa a los santos, el mundo siguiese embarcado en una orgía de sangre que
había experimentado yo en carne propia y acerca de la cual mi bastón y mis
muletas hablaban elocuentemente, sin necesidad que su verdad fuese corroborada
por los agudos dolores que solía sufrir. En medio de todo esto, me consolaba
pensando que aún conservaba mi pierna y tenía una posibilidad de salvarla.
Otros habían salido peor librados que yo, habían perdido o piernas o brazos con
heridas de mucho menor importancia que las mías.
Todo esto, aparte de otras cosas
demasiado íntimas, determinaron mi ánimo de suerte que dejase a un lado la idea
de pedirle ayuda monetaria a San Judas Tadeo, o a San Pancracio, o a cualquiera
de los otros santos que, en teoría y conforme a la propaganda religiosa, suelen
hacer milagros. Decidí presentar mis cuitas directa y personalmente a Nuestro
Señor Jesucristo. Al cabo, siempre había sentido que el " Señor Mío
Jesucristo", como "La Salve", me conmovían poderosamente. Y así
comencé a recorrer varios templos en busca de un ambiente adecuado hasta que di
con uno en el cual había un bellísimo cuadro del Corazón de Jesús que dominaba
el altar y la nave central.
Pero a esta altura se hace necesario que
confiese que había dejado de acudir a misa los domingos y fiestas de guardar
porque en esos días prefería quedarme en cama, en la modesta casa de pensión
donde tenía una pieza, a fin de darle un buen descanso a mi pierna. Además,
sentía remordimiento de conciencia. Consideraba que los santos sacramentos me
estaban vedados por siempre. Esto tenía su origen en la guerra. Tuve un choque
violento con el capellán de mi unidad cuando, desesperado, le dije que yo
pensaba que Dios era una porquería y que no alcanzaba a explicarme cómo era
posible que por medios de sus ministros sancionase semejante matanza de
jóvenes. Este incidente ocurrió tras una misa en el frente, en vísperas de que
varios cientos de muchachos, de 16 a 18 años, entrasen a recibir su bautismo de
fuego. El capellán me había ofrecido la comunión diciendo: "por si acaso
mueres". Esto me produjo tal repugnancia que vacié sobre él violentamente
toda la cólera acumulada en mí durante un año de vivir en una camisa que hervía
con piojos, sin agua y pasando hambre. Soy un hombre violento, y en aquel
entonces apretaba el gatillo con facilidad y como si la función más natural de
la vida fuese quitársela al prójimo. No recuerdo lo que con exactitud dije ese
día pero, en general, fue que me era comprensible que los hombres que nada
saben de religión se convirtiesen en bestias, pero que me era totalmente
incomprensible que los religiosos sancionasen y aun bendijesen a quienes se
entregaban a semejante barbaridad.
No olvidé nunca esta escena. Salí del
combate sin un rasguño, pero hondamente conmovido tras haber visto morir, casi
indefensos, a tantos muchachos jóvenes. El capellán, que había ayudado a
socorrer heridos bajo el fuego enemigo, se sentó a mi lado sobre un tronco de
árbol, puso un brazo sobre mis hombros cuando rompí a llorar y me dijo que
comprendía mi estado de ánimo. Por un instante creí que estaba llorando de
arrepentimiento, pero pronto me di cuenta de que era la tensión nerviosa
resultante del combate lo que me hizo flaquear. Sin embargo, en mi conciencia
perduró el sentimiento de haber cometido un sacrilegio al decir lo que había
dicho de Dios.
Por
tanto me consideraba indigno de recibir los santos sacramentos. Y, para decirlo
con honradez, también temía la penitencia que resultaría de confesar semejante
cosa.
Por este
motivo, y quizás también porque quería expiar, a mi modo, mi pecado, siempre
que no fuese muy incómodo el hacerlo, acudí a ese templo únicamente por las
tardes cuando estaba más o menos vacío.
A raíz
de la guerra había perdido, naturalmente, toda fe en los milagros. Por otro
lado, las noticias internacionales, que debía traducir diariamente, me
indicaban que los milagros correspondían a tiempos ya demasiado remotos para
tomarlos en cuenta. Es verdad que de vez en cuando llegaba algún párrafo
anunciando alguna cura milagrosa en Lourdes. Pero el milagro que yo esperaba
estaba muy lejos de ocurrir, pues esperaba el milagro de la paz. Lo que me
había ocurrido a mí en mi tierra les estaba ocurriendo entonces a etíopes e
italianos en el Africa. Poco después, en aras de principios supuestamente
nobles y con participación de la religión y de los religiosos, comenzó a
ocurrir en España. De suerte que en esa fecha sabía en mi fuero interno que
para mí no habría milagro alguno a menos que hiciese de mi parte, y por mi
cuenta y riesgo, lo que necesitaba hacer.
Sin
embargo, no podía ocultar en mi fuero interno aquella profunda fe en
Jesucristo. Y aun cuando había blasfemado diciendo que consideraba que Dios era
una porquería, la razón me indicaba que si tomaba al pie de la letra el
principio de que Él está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, nada
perdería haciéndole ver o explicándole aquella crisis sufrida en la guerra.
Pensaba que con el tiempo también me sería posible persuadirle que me ayudase a
ganar el dinero suficiente para tratarme la pierna y poder trabajar
normalmente. De modo que al llegar a la iglesia rezaba muy apresuradamente un
Padre Nuestro, un Señor Mío Jesucristo y una Salve. Enseguida me dirigía a
aquella bella imagen del Corazón de Jesús, diciéndole:
-Señor
mío Jesucristo, no es mucho lo que te pido. Sé que no me puedes dar la lotería,
y aun cuando te fuese posible hacerlo, no me interesa tanto dinero. Tampoco te
voy a pedir que me ayudes a encontrar a una heredera. Por el momento no quiero
casarme. Además, ¿qué heredera querrá casarse conmigo cuando se entere de que
sólo la quiero para que pague la operación de mi pierna? Únicamente una mujer
muy fea lo haría, y no quiero casarme con una mujer fea; tampoco quiero casarme
con una muy linda porque, si además de ser linda es rica, con seguridad será
idiota y hueca. ¿Sabes lo que decía mi abuelo? Decía: ‘deme la muerte un sabio,
pero no la vida un bruto’. Bien sabes que lo llevo metido en la sangre. Por
eso, Señor Mío Jesucristo, lo único que te pido es algo que todos parecen despreciar
como cosa inútil y superflua: te pido inteligencia. Solamente ayúdame a tener
más inteligencia, y yo me las arreglaré a partir de ahí y no te molestaré más.
Unas de
mis contadas cualidades es la perseverancia cuando algo me interesa vitalmente.
Lo que quería en aquel entonces era abrirme camino y llegar a ser un gran
corresponsal internacional. Para ello, en la pensión y de noche, ensayaba los
despachos más sensacionales que podía imaginar en base a lo que estaba
aprendiendo con mi trabajo. Creaba una serie de acontecimientos políticos de
los que era un testigo privilegiado. Bien sabía que estos eran sueños locos,
pero gustaba soñarlos. Era también maravilloso advertir que en alguna parte de
mi ser había alguien capaz de soñar. Poco a poco, tomando como base la
experiencia que me daba el trabajo, comencé a escribir artículos sobre la
situación internacional. Disfrutaba muchísimo haciendo pronósticos sobre lo que
ocurriría como consecuencia de un hecho dado. Estos pronósticos se basaban en
ciertos fenómenos que advertía que se repetían una y otra vez, virtualmente en
todos los grandes acontecimientos. Parecían obedecer a un principio, y que este
principio gobernaba los actos de los grandes hombres. Esto me hizo reanudar el
estudio de la historia que me había atraído especialmente en la escuela.
Comencé a entenderla desde otro punto de vista, advirtiendo a la vez que
aquella repetición se producía automáticamente desde los tiempos más remotos.
Todo estribaba en entender los motivos; los motivos eran siempre los mismos y
lo animaban todo. De suerte que cuando mis pronósticos comenzaron a cumplirse
con más o menos precisión, decidí intensificar mis pedidos a Jesucristo. Los
hice más serios y de mayor envergadura. Anotaba mis pronósticos en una
libretita y al cabo de algunos meses comencé a despachar mi trabajo muy
eficientemente y con mayor rapidez, lo que me produjo un ligero aumento en el
sueldo. También ganaba algunos pesos extra fabricando despachos firmados con
algún nombre supuesto, calificándolo de gran internacionalista, y fechándolos
en cualquier capital europea. Los diarios que me compraban este material tenían
debilidad por los nombres anglosajones.
Me sentí
pues obligado a expresar mi gratitud en alguna forma y decidí acudir al templo
más temprano, permanecer más tiempo en él. Comenzaba mis súplicas muy
meticulosamente:
-Señor
Mío Jesucristo: gracias por haberme escuchado. Cada vez veo más claramente. Ya
me han aumentado el sueldo, pero la operación cuesta mucho más, de modo que te
ruego que me des más inteligencia y así no seguiré importunándote en esta
forma.
También
le detallaba mis problemas personales, y le pedía consejo diciéndole:
-Ilumíname
para poder entender más claramente.
Esta
concurrencia al templo se convirtió en un hábito benéfico y, desde luego,
económico, pues mientras mis amistades jugaban a los dados en los bares, o iban
a distraerse al cinema, yo acudía a rezar. Y el dinero que con ellos hubiese
gastado se convertía en una creciente suma que iba depositando en una cuenta de
ahorros.
Esperaba
con impaciencia el día en que me fuese posible dejar la cojera, el bastón y la
muleta, y lanzarme a la gran aventura de dejar las traducciones para empeñarme
en la carrera de cronista de asuntos sensacionales.
POR ESE entonces conocí a mi amigo.
Al igual que yo, este hombre de aspecto
aparentemente concentrado, ocupaba siempre el mismo lugar en el templo. Rezaba
con gran devoción. Yo me sentía atraído por tan singular manera de orar. No
movía los labios, su rostro no lucía una expresión grave sino que era todo
serenidad. Oraba con los brazos en cruz y no quitaba los ojos de la imagen de
Jesucristo. A menudo, por observarle, yo me distraía de mis propias oraciones.
Pensaba que quizás sería bueno tener ese poder de concentración y poder
dirigirse como es debido a Nuestro Señor Jesucristo. Pero aun cuando percibía
tales deseos en mí, la idea de imitarle me desagradaba. Mi abuelo siempre me
había dicho que se reza con lo que hay en el corazón y no con la cabeza. Yo
nunca me había preocupado de ahondar sobre estas cosas, y por motivos que
habían nacido a raíz de mi educación, rehusaba terminantemente recitar las
oraciones clásicas salvo aquellas que me conmovían. En la escuela había
recibido muchas y muy dolorosas zurras debido a mis impertinencias sobre el
sentido real y práctico de las oraciones. Pero no hubo zurra lo suficientemente
fuerte como para vencer mi empecinamiento, y mis profesores habían conseguido,
con ellas, convertirme en un rebelde contumaz.
Este hombre parecía medir con exactitud
la duración de sus oraciones. Siempre llegaba antes que yo. Nunca lo ví entrar
después de mí. Pero terminaba uno o dos minutos antes de lo que terminaba yo.
Se persignaba de un modo muy solemne, pero sin la menor afectación. Me había
fijado que detenía la mano en los puntos establecidos más tiempo de lo que
hacían los propios sacerdotes. Una tarde se me ocurrió que quizás el
santiguarse en esa forma tuviese un sentido muy especial. Este hombre tampoco
mojaba los dedos en la pila del agua bendita. Se marchaba muy silenciosamente.
Al cabo de algunos días, advirtiendo que yo le miraba hacer, comenzó a
saludarme con una ligera inclinación de cabeza. Entonces fué cuando noté que
había en su apariencia algo fuera de lo común. Su expresión al saludarme era muy
bondadosa. Pero también indicaba una gran fuerza. Y cuando yo me retiraba del
templo para acudir a mi trabajo, lo veía en las gradas encendiendo o bien
fumando un cigarrillo.
Una
tarde en que las noticias eran más abundantes y críticas que de costumbre, salí
del templo junto con él pues tenía prisa en llegar pronto a mi trabajo. Al
llegar a la puerta chocamos. Mi cojera era un obstáculo, y a fin de dejarlo
pasar primero, hice un brusco movimiento y dejé caer mi bastón al suelo. En vez
de salir, él se agachó inmediatamente y me lo entregó diciéndome:
-Le
ruego que me disculpe. Fué una torpeza de mi parte.
Me quedé
asombrado pues no cabía la menor duda de que el torpe había sido yo en mi
pueril afán de ganarle la delantera y solamente cuando me hube dado cuenta de
que el bastón podía ocasionarle un traspiés a él lo había dejado caer.
Huelga
decir que yo estaba ya bastante acostumbrado a que las gentes me increpasen a
causa de mi torpeza, especialmente en los tranvías. En una oportunidad, y en la
misma iglesia, una señora muy devota me había increpado al tropezar con el
bastón que yo, inadvertidamente, había dejado a mi lado. Y al pedirle disculpas
por mi negligencia, ella me había dicho:
-Por
algo Dios le ha castigado en esa forma, ¡desconsiderado!
No dudé
por un instante de que esta señora estaba en lo cierto ya que yo había pecado
tan gravemente contra Dios en la guerra, de modo que supuse que sus palabras
eran una advertencia para que fuese más cuidadoso con el bastón que le había
ocasionado una molestia a tan devota señora. También pensé que las advertencias
incluían una admonición para que jamás concurriese al templo con muletas. La
señora se había apresurado a llegar al confesionario donde había una larga cola
de damas esperando turno. Cuando miré a aquella a quien tanto había
perjudicado, me di cuenta de que también caía sobre mí la culpa de haberla
hecho perder por lo menos dos lugares en la fila, debido al tiempo que hubo de
emplear en recordarme mis pecados y blasfemias. Estaba dando vueltas a su rosario
con manos agitadas y nerviosas, y colegí que esta señora en realidad necesitaba
confesarse a toda prisa.
Relato
este incidente porque se había ya enquistado en mí cierta resignación para
recibir las imprecaciones de las buenas gentes a quienes mi bastón y cojera
tanto molestaban. De manera que cuando este extraño hombre me pidió disculpas
por algo de lo cual yo era el único culpable, no atiné a contestar nada. Tan
sorprendido estaba ante semejante novedad. Recuerdo haber tratado de decir
algo, pero no sé si pude modular las palabras. Él abrió la puerta estrecha muy
cuidadosamente, se hizo a un lado y me invitó:
-Pase
Ud. primero, por favor. Seguramente lleva prisa.
Yo
únicamente atiné a inclinar la cabeza en señal de gratitud.
Sólo al
estar afuera pude reponerme parcialmente del asombro, y le dije:
-Bien
sabe Ud. que la culpa fué mía. Es Ud. muy amable. Muchas gracias.
Es
menester que acá destaque algo muy singular que sentí en ese momento. La
deferencia que él había demostrado me produjo una irritación muy curiosa.
Esperé que respondiese con el consabido: "de ninguna manera". Aguardé
con verdadero deseo que lo dijese puesto que me habría desilusionado. ¿Qué
razón había para que yo sintiese tan extraño deseo? Aún no me lo puedo explicar.
Pero él
no lo dijo, y entonces ocurrió otro hecho insólito. Sentí una viva alegría ante
su leve y silente inclinación de cabeza. Y para mis adentros comenté:
-Menos
mal que éste no es un baboso.
Tras su
venia, se alejó de mí. Yo comencé a bajar las gradas del templo con aquella
torpeza típica de los cojos que sólo pueden descender un escalón a la vez. Y
ese día el descenso fué espantosamente lento para mí. Sentía a mi espalda la
sensación de que él me estaba observando y que me compadecía. Por lo general,
la compasión que algunos expresaban ante mi cojera tenía un sabor a hopicresía
y me irritaba muchísimo. La calificaba de falsa piedad, de una fórmula banal
como cualquier otra.
Una vez
más hube de cambiar mi modo de pensar acerca de este hombre. Mi juicio había
sido muy impulsivo. Cuando llegué a la vereda, miré hacia atrás y lo ví
alejarse en dirección contraria a la mía, como si no hubiese ocurrido nada.
No volví
a recordar este incidente hasta el otro día cuando hube llegado al templo. Por
ciertos arreglos que se estaban haciendo en el interior, los bancos que él y yo
usábamos para orar no estaban en la posición acostumbrada. Este hombre había
ocupado el extremo del único banco desde el cual se podía mirar directamente
hacia el altar. Y ese extremo estaba apegado a un grueso pilar. Me acomodé en
el mismo banco, pero un poco alejado de él y tuve la precaución de colocar mi
bastón tras de mí, en el asiento. Cuando él hubo terminado sus oraciones, se
sentó; yo no me di cuenta de este hecho sino cuando a mi vez hube terminado y
me preparaba para retirarme. El hombre había esperado pacientemente pues para
salir hubiese debido interrumpirme a mí. Semejante delicadeza me conmovió,
tanto más cuanto que yo ya me había percatado de su costumbre de abandonar el
templo en cuanto terminaba sus oraciones. Le miré, le sonreí y le dije:
-Muchas
gracias, señor.
Hizo
nuevamente una venia con la cabeza, se puso de pie y esperó a que yo acomodase
la postura de mi pierna y recogiese el bastón. Traté de hacerlo lo más
rápidamente posible a fin de corresponder a su delicadeza, y a raíz de un
movimiento brusco sentí un dolor tan agudo que, sin darme cuenta de lo que
hacía, exclamé:
-¡Mierda!
Tenia yo
ya el bastón en mi mano derecha. Lo dejé caer para apoyarme en el respaldar de
la banca y con la mano izquierda pude tocar la parte dolorida de mi pierna.
Cuando estaba inclinado me di cuenta de lo que acababa de decir, y levanté la
cabeza para mirar a este hombre, sintiendo que tenía el rostro encendido de
vergüenza. Pero él sonreía inmutable, y con la misma expresión cariñosa y
amable, dijo como si fuera la cosa más natural del mundo:
-Amén.
Tan
violento fue el choque que esto me produjo, que no pude contener la risa y fue
necesario que me tapase la boca con la mano para no provocar un escándalo.
Acababa yo de decir una barbaridad ante este hombre que, a todas luces, tomaba
muy en serio esta función religiosa. Sin embargo, no sólo no se había mostrado
violento ni molesto, sino que incluso había disipado mi vergüenza y mi
culpabilidad de un modo tal que yo había caído en la más franca hilaridad.
Porque así como soy violento, tengo la risa fácil. Lo uno va con lo otro.
Hice un
esfuerzo y me repuse hasta donde pude. Tomé el bastón y comencé a salir con mi
acostumbrada torpeza. Este hombre ni siquiera hizo un ademán para ayudarme, y
por ello me sentí agradecido. Su "amén" ya era una concesión notable
a mi debilidad.
Cuando
estuvimos afuera, sin embargo, me consideré obligado a darle una explicación,
de modo que lo detuve y le dije:
-Señor,
le ruego perdonarme. Créame que ha sido una exclamación involuntaria. El dolor
fué muy agudo.
-Comprendo,-
me dijo él. Esos dolores son verdaderamente agudos. Dadas las circunstancias,
su exclamación es natural. No tiene porqué disculparse ante mí.
Confieso
que pasó mucho tiempo antes de que entendiese su frase. Aun ahora me parece
inexplicable. Pero en ese momento ni pensé en ello ya que estaba preocupado en
formular mis disculpas y corresponder con decoro a las deferencias que él había
tenido conmigo, de modo que le dije:
-Me doy
cuenta de que mi exclamación debe haberle herido en su devoción. Ha sido Ud.
demasiado deferente conmigo y no quisiera producirle un desagrado. Al fin y
cabo, mi devoción no es igual a la suya; yo no vengo al templo a adorar ni a
pedir perdón por mis pecados porque sé que no tienen perdón y que, además, no
lo merezco. Vengo a pedir ayuda para menesteres muy poco espirituales. Como
podrá Ud. ver, sumo un pecado a otro, y todo por un dolor en la pierna.
Fué en
esta oportunidad en que me endilgó su primera paradoja. Hablando muy
intencionada y pausadamente, dijo:
-Lo
mismo que el bien y la virtud, el pecado y el mal sólo pueden darse en la
vigilia. Quien duerme, duerme; para el dormido no hay pecado, como no hay bien
ni hay virtud. Hay solamente sueño.
Lo miré
expresando cierta sospecha de hallarme frente a un loco, pero su mirada era tan
limpia, estaba tan fija en mis ojos, sin por ello ser impertinente, que vacilé
antes de completar mi juicio. No dije nada. Él continuó:
-En realidad,
nadie peca deliberadamente; nadie puede hacer el mal deliberadamente. En el
sueño las cosas son como son y de la única manera en que pueden ser. Cuando se
está dormido, no se tiene control ni dominio sobre lo que ocurre en los sueños.
-Confieso
que no puedo entenderle,- dije.
-Es
solamente natural que así sea. Olvide este incidente que no tiene mayor
importancia.
-Pero
mucho me temo que le haya herido a Ud. con esa expresión totalmente
involuntaria.
-No, no
me ha herido Ud. en forma alguna. Se ha herido a sí mismo. La inmensa mayoría
de los hombres se hieren a sí mismos en esa forma, justamente porque casi todo
cuanto piensan, sienten y hacen es involuntario.
-Me
agradaría poder comprenderle. Lo que me dice es muy confuso y lamento que mis
preocupaciones no me permitan reflexionar sobre el sentido de sus palabras.
-Aún en
el sueño el hombre tiene cierto poder de elección, muy limitado por cierto;
pero lo tiene. De todos modos, cuando lo ejercita, este poder aumenta. Si su
interés en comprender es sincero y profundo no le será difícil darse cuenta de
que el hombre dormido puede elegir entre despertar y seguir durmiendo.
No
estaba yo interesado en acertijos de esta especie. Sin embargo, me atrajo la
manera de hablar de este hombre. Pero tenía prisa en llegar a mi oficina para
ver si se había cumplido o no mi último pronóstico. Además, la crisis general
en Europa nos traía a todos muy atareados, de modo que mi ánimo no estaba
predispuesto a meditar en las cosas que acababa de oír. Para no pecar de grosero,
le dije:
-Seguramente
lo que Ud. dice es muy cierto. Al menos, en mi caso así lo es. Me siento
aliviado de no haberle ofendido en sus sentimientos religiosos. Trataré de ser
más cuidadoso en el futuro. Ahora le ruego me disculpe, pues debo ir a mi
trabajo.
Estaba a
punto de decirle el acostumbrado "hasta luego", cuando él me
interrumpió:
-No
tengo rumbo fijo, de modo que si me lo permite le acompañaré.
Yo
siempre había evitado la compañía de amigos y conocidos, sabiendo que mi cojera
les producía impaciencia en vista de que yo debía poco menos que arrastrar la
pierna herida. Y estaba a punto de decirle que no, que tenía mucha prisa,
cuando advertí lo incongruente de mi disculpa. No podía, en forma alguna,
hablar yo de andar aprisa. No sabiendo que hacer, sólo atiné a decirle:
-Con el
mayor gusto.
Pero
interiormente hervía de rabia. Este hombre se imponía sobre mi voluntad de una
manera tan suave, y a la vez tan resuelta, que no pude ocultar mi irritación y
comencé a moverme en silencio. Cada uno de sus gestos fué, sin embargo,
considerado. Mientras yo bajaba dificultosamente los escalones del templo hacia
la vereda, él me dijo que se adelantaría a comprar cigarrillos. Cuando
nuevamente estuvimos juntos, jugó con el paquete y al llegar a la esquina no
tuvo aquel piadoso gesto, que tanto me irritaba en los demás, de ayudarme a
cruzar hacia la vereda opuesta. Caminó a mi lado muy naturalmente, como si mi
andar fuese el de un hombre normal. No obstante, me parece que él captó mi
irritación interior, pues me dijo:
-Los
dolores como el que Ud. sufre son lo que Ud. expresó en la iglesia. Y me
agradaría que lo arrojase fuera de sí.
Esto
únicamente aumentó mi irritación. Estuve a punto de decirle que la compasión me
era enfermante y que, de todos modos, a él mal podía en verdad importarle si yo
estaba o no sufriendo un dolor. Pero algo me contuvo, y guardé silencio.
Caminábamos a mi paso, muy lentamente. Durante un trecho ambos guardamos
silencio. Comencé a recordar que a mi vez, en más de una oportunidad, yo
también había deseado vivamente la desaparición de los dolores que sufrían
otros heridos más graves, especialmente en los hospitales de sangre. De modo
que pensé que quizás este hombre no era un hipócrita al decirme lo que sentía
con respecto a lo mío. Comencé a sentirme más tranquilo y a la vez cobré más
confianza hacia él. Me ofreció un cigarrillo y al observar mi ademán de buscar
fósforos en el bolsillo, con el bastón colgado al brazo, me dejó hacer. Sentí
simpatía por él, y decidí confiarle mi bochornoso secreto:
-Espero
no ofenderlo con lo que le voy a decir, pero la realidad es que acudo a la
iglesia a ver si ayudándome con las oraciones obtengo un poco más de
entendimiento con que desempeñarme mejor en mi empleo. Espero así ganarme un
aumento de sueldo. Lo necesito y trabajo horas extras para poder costear la
operación de mi pierna y quedar sano. Pero no piense Ud. que yo espero que me
ocurra un milagro; pido, además, otras cosas que quizás sean demasiado
mezquinas.
-Comprendo,
me dijo.
-Espero
poder juntar la suma necesaria dentro de poco. Cuando pueda caminar bien podré
trabajar mejor y hacerme de una carrera y de un nombre.
-Por lo
visto tiene Ud. un propósito bastante preciso.
-Bueno;
sin un propósito preciso es muy poco lo que uno puede hacer, le dije.
-Es una
gran cosa tener un propósito preciso, saber lo que se quiere. Es mucho más
importante de lo que los más imaginan. Pero son muy contados los hombres que
realmente saben lo que quieren en la vida; algunos creen saberlo, pero se
equivocan. Confunden los fines con los medios que usan, y a veces sucede que
los medios son su verdadera finalidad. Pero como los ven como medios, porque no
pueden ver más ni mejor, utilizan grandes y sublimes medios para fines
bastantes mezquinos. Así es como se prostituye el conocimiento.
Este
comentario me produjo un malestar interior y contesté:
-¿Se
refiere Ud. a mi caso, al hecho de que no acudo a la iglesia con fines
espirituales?
- No,-
me dijo él-. Hablo en términos generales. No creo que Ud. me haya autorizado
para tratar directamente las cosas íntimas suyas. Por lo demás, cuando quiero
decir una cosa la digo directamente y sin rodeos.
- Quizás
le llame a Ud. la atención mi actitud en la iglesia. Pero es el caso que no sé
rezar, tampoco sé adorar. Sólo sé pedir, y pido a mi manera. La religión dejó
de interesarme por muchas razones.
-Pero,
por lo visto, Ud. no ha perdido la fe y eso es lo único que verdaderamente
importa. Tanto más en su caso particular. Hay mucho que decir sobre la fe. Es
algo que debe crecer en el hombre. Y en cuanto a saber rezar, es más sencillo
de lo que Ud. supone. En nuestros tiempos se ha complicado mucho el sentido de
la oración. Yo opino que cuando se sabe lo que se quiere y se lucha por
alcanzarlo, aún cuando no se lo formule en palabras, se está en permanente
oración. Alguna vez leí en alguna parte que todo querer profundo es una oración
y que jamás queda sin respuesta; el hombre siempre recibe aquello que pide.
Pero como por lo general el hombre no sabe lo que su corazón realmente quiere,
tampoco sabe pedir lo que mejor le conviene. De ahí que estime que el Padre
Nuestro, por ejemplo, es una oración accesible tan sólo a un corazón sediento
de verdad y hambriento de bien. Todo verdadero milagro estriba en eso, pero el
hombre moderno ya no lo ve en esta forma, y también ha perdido el
verdadero sentido de lo milagroso. Lo busca fuera de sí mismo, en lo fenomenal.
El hombre moderno ha olvidado muchas cosas sencillas y este olvido es la verdad
subyacente en el concepto del pecado original.
- Yo no
creo en los milagros, repuse.
- Es
posible que tal sea su formulación. Pero permítame que ponga en duda sus
palabras.
- ¿Cómo
no voy a saber lo que yo mismo creo?
- Los
hechos lo revelan. Es muy sencillo, si los observa bien. Si Ud. no creyese en
lo milagroso no acudiría a la iglesia.
Y sin
darme una oportunidad para responder, se despidió diciendo:
- He
disfrutado mucho de su compañía. Se lo agradezco. Quizás podamos volver a estos
temas si Ud. tiene interés en ellos. ¿Irá Ud. mañana a la iglesia?
- Con
seguridad, le dije. Si estoy vivo.
- Y si
Dios lo permite, agregó él muy seriamente.
Quedé
confundido. Esta última expresión me había molestado. Por momentos este hombre
parecía la sensatez misma, pero he aquí que sus paradojas y sus contradicciones
me mortificaron. De todos modos, me dije, al menos es honrado y no es un
baboso.
VOLVIMOS A caminar juntos al día siguiente.
Y al otro día también. Y así fué consolidándose entre nosotros una hermosa y
sincera amistad. Sus paradojas me llegaban sólo de tarde en tarde. Se
preocupaba de que me alimentase bien, de que disfrutase de un descanso
suficiente. Me persuadió hasta hacerme abandonar el trabajo extraordinario que
me privaba de sueño y reposo. Me ayudaba a hacer mis pronósticos y pronto tuve
varias libretitas llenas de apuntes. Pero lo que más parecía preocuparle era mi
pierna. Y un día, muy tímidamente, se aventuro a decirme:
- He discutido su caso con un cirujano amigo mío. Si Ud. puede
pagar las radiografías, él le operará gratuitamente. Los gastos de hospital,
anestesia, pabellón, etc., podrá Ud. pagarlos por mensualidades. ¿Le interesa?.
- ¡Naturalmente!, exclamé. No cabía en
mí de gozo.
Para esta fecha habíamos intimado un
poco mas y nos conocíamos mejor. Me atraía su manera franca y abierta de hacer
las cosas; especialmente la forma como lanzaba sus opiniones sin preocuparse de
las mías. Pero el tema religioso lo había descartado, lo que no dejó de
llamarme la atención.
Obtuve
de mis jefes el permiso necesario para ausentarme de la oficina, e incluso
ellos me proporcionaron un anticipo a cuenta de futuros sueldos, para que
pudiese completar las sumas que me faltaban. Esa memorable tarde mi amigo me
esperaba en la puerta de la iglesia.
-
Estamos retrasados- me dijo-. Vamos en un taxi.
Durante
el viaje no habló nada y yo tampoco, salvo:
- Es una
lástima que esta tarde no haya podido rezar. Me hubiese gustado dar las gracias
por todo esto.
-
Tranquilícese en ese sentido, me contestó él. Están dadas, recibidas y está Ud.
en paz con El.
No tuve
siquiera tiempo para sorprenderme porque en ese instante llegamos a la clínica
y él se anticipó a pagar al chofer.
Aquellas
cinco semanas pasaron tan veloces que casi no puedo recordar los detalles. El
me visitaba todos los días; se hizo cargo de algunos asuntos personales que yo
no podía atender, y cuando el médico me autorizó a levantarme y a que hiciese
la prueba de caminar, se mantuvo alejado.
Mis
primeros días sin bastón, aún en la clínica, fueron bastante desagradables.
Había adquirido el hábito de cojear y echaba de menos el bastón. Mi amigo me
dijo:
- Todo
hábito es una cosa adquirida y puede uno cambiarla. Haga este ensayo.
Y
poniendo en mi mano una caja de fósforos, me indicó:
-
Apriétala en la mano como si fuese el mango del bastón.
Al cabo
de algunos ensayos comencé a advertir que haciéndolo en esa forma me sentía mas
seguro y caminaba mejor. Pasó el tiempo y fui dado de alta. Ese día mi amigo
vino a buscarme y abandonamos la clínica juntos. Cuando agradecí al cirujano su
gentileza en no haberme cobrado por la operación, noté que se turbaba. Mucho
tiempo después me enteré de que esta turbación se debía a que mi amigo había
pagado todos los gastos. Nunca me dio una oportunidad para agradecerle este
gesto.
Cuando
dejamos la clínica y yo caminaba al lado suyo alegremente, hizo uno de sus
comentarios paradojales:
- Las
gentes creen que los hábitos se dejan cuando en realidad uno sólo puede
cambiarlos. La sabiduría del hombre se prueba justamente en qué hábitos cambia
y cuales adopta en lugar de los que cree que deja. Le digo esto con un doble
propósito: el principal es que aprenda Ud. a conocerse a sí mismo; el otro, es
indicarle un detalle por el cual puede tomar el hilo de este conocimiento que
algunos hombres muy sabios estiman indispensable para la felicidad humana. Por
ejemplo, ahora va Ud. apretando la caja de fósforos, y disimula este hábito
llevando la mano escondida en el bolsillo. Esto no es especialmente
perjudicial. Se lo digo únicamente para que aprenda a observarse a sí mismo.
Por ahora basta con que lo sepa. Podía Ud. haber seguido creyendo que ha dejado
atrás el hábito del bastón pero lo que ha dejado atrás es solamente el bastón y
no el hábito de apoyarse en algo para caminar. Ahora se apoya Ud. en una caja
de fósforos. No sé si me entiende lo que quiero decirle.
Saqué la
mano del bolsillo inmediatamente, algo avergonzado, pero él dijo:
- No, no
fué esa mi intención. No me ha comprendido Ud. Ya lo ve, podía haber cambiado
el hábito de caminar apoyado en algo por el hábito de reaccionar con un
exagerado amor propio y eso sí que sería realmente perjudicial. Lo sabio es
tener discernimiento en estas cosas, en estas nimiedades, porque de nimiedades
está hecho todo lo que es grande. Cuando queremos ser mejores y no sabemos
precisamente y por nosotros mismos lo que es mejor o lo que es peor, fácilmente
caemos en absurdos y nos esclavizamos a lo que otros determinan qué es mejor o
peor. En cada ser humano hay un Juez siempre dispuesto a orientarnos. Pero
debido a nuestra pésima educación y a las consecuencias de ella y de otras
cosas, o ignoramos a este Juez Interior o bien, cuando nos habla no le
prestamos la debida atención. Este Juez somos nosotros mismos en una forma
distinta, digamos invisible. Me atrevería a decirle que en el caso suyo fué
este Juez quien lo hizo ir a la iglesia y quien lo ha orientado en muchas de
sus tribulaciones. Recordar a este Juez, practicar su presencia en sí mismo, es
cosa muy importante. Y como quiera que se trata de un aspecto, digamos, superior
de nosotros mismos, a este Juez podemos llamarle YO. Pero no ese ‘yo’ ordinario
que conocemos. Esforzándonos por sentirle en cada uno de nuestros actos, de
nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos, le nutrimos. Eventualmente
podemos llegar a advertirlo como algo sumamente extraordinario, sumamente
inteligente y comprensivo. Es una sensación y un sentimiento muy diferentes a
lo que estamos acostumbrados a considerar como YO. No aparece de la noche a la
mañana, sino que hay que ir forjándolo pacientemente. Pero basta por ahora.
Piense en ello, se lo ruego. ¿Le gusta andar en bicicleta?
Conteste
que sí.
-
Magnífico, dijo él. Si Ud. lo quiere, cuando regrese de un viaje que debo hacer
ahora, podemos emprender una serie de paseos juntos. Afortunadamente dispongo
de dos, una es de un hermano que murió. ¿Le gustarían esos paseos?
- Ya lo
creo, le dije.
Y en
realidad, libre de mi cojera, sentía que el mundo era una cosa maravillosa. Me
despedí de mi amigo. Al día siguiente acudí a la iglesia mucho más temprano que
de costumbre. Expresé mi gratitud a Jesús y cuando estaba murmurando mi
improvisado discurso, recordé las palabras de mi amigo en nuestra primera
charla:
- Si no
creyese Ud. en lo milagroso no acudiría a la iglesia.
Me di
cuenta de que en todo cuanto acababa de vivir se había producido un milagro,
pero no estaba del todo convencido. Todo había ocurrido demasiado casualmente,
y además yo estaba acostumbrado a pensar que los milagros, para que fuesen
reales, debían ocurrir en unos pocos segundos. El mío había demorado cerca de
un año y esto no era, para mí, un milagro. Quizás quien lea esto pueda explicar
la razón por qué en mí había una voz, una idea, un algo que insistía en que se
había producido el milagro, pero yo no acierto a dar con ninguna que me
satisfaga por completo, a pesar de que mi amigo me habló a menudo sobre “la
ilusión del tiempo” En lo que me pidió que publique hay una mención del tiempo
y del amor que yo, francamente, no entiendo. Me he limitado a copiar a máquina
las cuartillas que él me entregó.
Pero
volvamos a él.
COMO YA lo he mencionado, nunca supe su nombre, su
verdadero nombre. A veces decía que los nombres carecen de importancia, que lo
verdaderamente importante está más cerca de nosotros que nuestro propio nombre,
que es más real que nuestro nombre. Decía que los nombres son únicamente una
conveniencia social, un medio de identificarse. A veces decía que se sentía
identificado con ciertas y extrañas abejas de Yucatán, a veces con un Príncipe
Canek que había sido amado por una Princesa Sac-Nicté; otras veces solía decir
que su amor por el Sol le urgía sentirse del mismo espíritu que cierto Inca
llamado Yahuar Huakak cuyas inquietudes él había compartido un tiempo pese a
que entre ambos mediase la friolera de unos cuantos siglos. Otras veces me
confiaba que estaba enamorado de la sabiduría de Ioanes y de algunas de las
cosas de Melchisedec.
Muy a menudo le oí comentar:
- Lo único que verdaderamente importa, es ser. Cuando el
hombre es, lo demás lo tiene por añadidura.
En mis
apuntes de aquella época encuentro registradas algunas de sus palabras: "El tiempo,
el desarrollo de la vida y de los acontecimientos del hombre es cosa que muy
pocos toman en cuenta y que un número aún más reducido es capaz de entender. La
vida es un milagro en sí misma, pero nosotros raramente ponderamos sobre ella.
Damos por sentadas muchas cosas que no son verdad, que dejarían de ser ciertas
si les aplicásemos una interrogante, un ¿por qué? No sabemos quiénes somos
verdaderamente, ni qué es lo que verdaderamente somos, qué inclinaciones son
las que realmente nos animan. Pocos son los que se convencen de esto. La
mayoría cree que con el nombre, la profesión, y algunas otras cosas
circunstanciales, ya lo saben todo. Nuestra manera de pensar es todavía muy
ingenua. Mucho de lo que los hombres atribuyen a la educación moderna ha de
buscarse en las profundidades de la psicología más pura que es algo que se ha
perdido. Pero también ocurre que hay muchos psicólogos que no entienden ni
siquiera las cosas que ellos mismos dicen. De otro modo ya hace tiempo que
hubiesen descartado el psicoanálisis. La ciencia ordinaria no cree ni acepta lo
milagroso porque no es verdaderamente científica. Hay hombres de ciencia que
ocasionalmente y por razones morales, suelen hablar de lo espiritual, pero ni
siquiera se detienen a ponderar en lo que es la materia en sí. Hay hombres
supuestamente espirituales que no advierten la trascendencia de lo que
Jesucristo dijo a Nicodemo, y que el Evangelio registra con estas palabras: “Si
os he dicho cosas terrenas y no creéis,¿ cómo creeréis si os dijere las
celestiales?” Y es que la ciencia no quiere advertir que en las palabras,
las parábolas, los milagros y todos lo hechos conocidos de Jesucristo hay mucha
más ciencia que la que ordinariamente podemos imaginar. Debido a esto, la
filosofía que conocemos se basa en ingenuidades anti-científicas, así como la
religión cristiana que conocemos está reñida con las principales verdades que
enseñó Cristo. Pero no debemos desesperar. Hay quienes tienen las llaves de la
verdadera ciencia y sus conocimientos son exactos y precisos, y no puede uno
equivocarse con respecto a ellos. La única dificultad estriba en que a esta
ciencia y a estos conocimientos nadie llega por casualidad. Debe buscarlos con
afán y prepararse a sí mismo durante mucho tiempo. Pero todos podemos ponernos
en contacto con estos hombres, podemos tomar contacto a través de sus
ideas y, sobre todo, mediante el esfuerzo que hagamos por comprenderlas. Es el
esfuerzo sincero lo que vale. Hay mucho de esto, especialmente en literatura.
Pocos sospechan que un librito que cuesta sólo unos cuantos centavos contiene
las enseñanzas más maravillosas que pueda uno desear. Como digo, pensamos muy
ingenuamente, mejor dicho, no sabemos cómo pensar. La ciencia y la filosofía
por ejemplo, utilizan medios que, si ponderasen sobre ellos, los convertirían
en finalidades. Uno de estos medios se conoce con el nombre de ‘intuición’. La
ciencia ignora cuánto debe a la intuición; igual cosa ocurre con la filosofía.
Se trata de una gradación o velocidad distinta de la función de la inteligencia
humana. Lo mismo podemos decir del arte y de la religión. Las revelaciones en
que se basa el dogma religioso son algo que todos los teólogos quieren elaborar
sin percatarse de que a la velocidad a que trabaja la razón ordinaria es
material imposible de elaborar”.
- ¿Qué
librito es ese que cuesta pocos centavos?, pregunté.
- El
Sermón de la montaña. Es la suma de los capítulos cinco, seis y siete del
Evangelio de San Mateo.
- ¿Por
qué la religión nada dice acerca de esto?
Mi amigo
me miró y sonrió.
- La
religión no advierte que su error estriba justamente en el concepto que tiene
de ‘religión’. Sin embargo, para poder entender la verdad de este concepto es
preciso descartar el concepto ordinario.
Quedé
pasmado ante semejante galimatías.
- Pero
Ud. es obviamente un hombre religioso. ¿Cómo puede decir eso?
- Ya lo
ve, me contestó. Ud. no puede salir del ataúd en que lo ha metido su educación,
su concepto de la moral religiosa, etcétera. Muchos hombres suelen advertir la
posibilidad de salir del ataúd, y entienda Ud. la palabra ataúd literalmente;
asoman la cabeza por encima de los bordes, pero la idea de la libertad que ven
los asusta y pronto se vuelven a meter en su ataúd y hasta cierran la tapa con
pernos para que nada perturbe su sueño.
- ¿Pero
porqué me dice Ud. que la religión es un concepto errado?
- Religión
significa re-ligar y nada hay que religar porque nada hay en el Universo que
esté desligado de algo. Sin embargo debemos representarnos las cosas como si
estuviesen desligadas debido a las limitaciones de nuestros sentidos y del
entendimiento que derivamos de esta limitación. ¿Cómo podría conciliarse el
concepto de religar con lo que afirma lo más elemental del catecismo, por
ejemplo, de que Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar? O aquella
otra afirmación de uno de los padres de la iglesia, el Apóstol Pablo, quien
dijo: “En Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”.
-
Entonces ¿qué es lo hay que hacer?
- Darse
cuenta de lo que significa la palabra Universo; esforzarse por elevar la
inteligencia a aquellos estados de agudeza en que estas ideas son cosa viva.
Nuevamente podemos recurrir a la entrevista de Nicodemo con Jesús, porque en el
mismo tema Jesús dio la llave del entendimiento de estas cosas al decir:
“ Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del
hombre que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto,
así es necesario que el hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que
en él creyere no se pierda, sino que tenga vida eterna”.
- Esto
es sumamente difícil de entender.
- Todo
depende del esfuerzo que se haga por entenderlo. El esfuerzo por entender estas
afirmaciones que parecen tan obscuras es justamente la llave que nos puede
abrir las puertas del cielo; pero sucede que la mayoría se conforma con la
primera interpretación que encuentra, olvida el esfuerzo y así comienza a caer,
comienza el pecado original. Porque significa detener el desarrollo de la
inteligencia. Cuando se detiene este desarrollo, cuando el hombre se da por
satisfecho con la comprensión de hoy y no trata de ampliarla al máximo de
intensidad de que es capaz, pierde su capacidad, pierde su comprensión y eventualmente
pierde su alma; mejor dicho, mutila, entorpece su crecimiento de tal forma que
el alma enferma y hasta puede morir del todo. Esto es algo de lo que Jesús
trató de explicar en la parábola de los talentos, en la del traje de bodas y,
sobre todo, en esas dos palabras con que uno se encuentra a cada instante en
los Evangelios: “Velad y orad”.
Con el
tiempo hasta llegué a acostumbrarme a este lenguaje tan especial de mi amigo.
Lo presenté a algunos de mis compañeros, y cuando éstos me preguntaron quién
era él, no sabía que responder de modo que decidí hacerlo pasar por un
pariente, algo excéntrico, pero una buena persona en el fondo.
Cuando
le informé de esto con la secreta esperanza de que me dijese la verdad sobre sí
mismo, comentó:
-
Nuestro verdadero parentesco es mucho más real de lo que Ud. mismo se imagina.
Ya se enterará de esto algún día.
- ¿No
cree Ud. que exagera un poco este misterio?, le dije.
- La
verdad siempre parece una exageración a quienes no la advierten.
- Es un
poco difícil de llevar.
- No lo
dudo. Pero es que Ud. todavía no se da cuenta de que hablamos idiomas
diferentes, porque tenemos un entendimiento diferente.
-
Entonces, ¿por qué no hablamos el mío?
- Porque
aun cuando no lo sepa bien, Ud. quiere aprender el mío. Si me guiase por sus
palabras hace tiempo que hubiésemos dejado de vernos y de charlar. No hablo con
lo que Ud. aparenta con sus palabras, sino con lo que Ud. puede ser.
- Esto
sí que es un galimatías. ¿Es todo cuanto me tiene que decir?
- Lo que
yo le diga dependerá siempre de lo que Ud. quiera preguntarme.
Pese a
que estas entrevistas siempre me dejaron molesto, al advertir como él siempre
manejaba mi pensamiento y desviaba mis propósitos, no pude evitar que mi cariño
hacia él aumentase. Era algo muy contradictorio lo que ocurría en mí mismo.
Así paso
el tiempo. Yo continuaba apoyándome en cajas de fósforos que llevaba siempre en
el bolsillo, y no podía olvidar la guerra. Sobre todo, no podía olvidar la
sensación de repugnancia que sentía hacia mí mismo cada vez que volvía a mi
memoria el recuerdo de cierto hombre a quien había muerto clavándole una
bayoneta en el vientre. Tan horrorosa era la agonía que le había visto padecer,
que por instantes deseaba haber sido yo el muerto. Estas escenas volvían con
frecuencia ahora que los despachos de guerra daban cuenta del número de bajas
ocurridas en los distintos frentes. No podía tomar estas cifras como si fueran
cifras solamente; para mí representaban padecimientos humanos que no afectaban
únicamente a las tropas, sino que cada soldado y cada hombre se convertía en el
centro de una tragedia para toda una familia, para todo un círculo de amistades
y quizá para la misma tierra. No podía explicarme de dónde ni cómo me venían
estos pensamientos, pero sentía un gran malestar interior que a veces se
convertía en algo doloroso. De manera que hacía todo lo posible por huir de
ellos en estos momentos y hasta llegué a sentir envidia de la frialdad con que
mis compañeros barajaban estas cifras. También me causaba asombro cada vez que
en los diarios veía los titulares registrándolas como si se tratase de
acontecimientos sin precedentes en la historia del mundo, y como hechos
verdaderamente gloriosos. Los diarios pagaban elevadísimas sumas por tener
estas noticias; a su vez, las gentes pagaban sus monedas con gusto por leerlas.
La
guerra se había convertido en un fantasma que acosaba mi conciencia. De cada
diez despachos que llegaban a mis manos para ser redactados, nueve trataban
directamente de la guerra y el décimo indirectamente. Así paso el tiempo de
Etiopía, el tiempo de España y un buen día llego el de Polonia y finalmente la
guerra se extendió por todo el mundo. Tan abrumador era este hecho que por la
fuerza de su número los despachos comenzaron a cegarme. Poco a poco fui encalleciéndome
con tanta reproducción de cifras sobre muertos, heridos y desaparecidos. Cierto
día advertí que estaba interesado y que gozaba con la descripción del bombardeo
de una ciudad en la que habían perecido miles y miles de mujeres, niños y ancianos,
todos ellos completamente indefensos ante el fuego que llovía sobre ellos desde
arriba. Y dio la casualidad que aquel mismo día había traducido un despacho que
contenía ciertas declaraciones hechas por un importante jefe de la Cruz Roja
Internacional. Trataba de los cinco puntos sobre la ayuda y protección de los
niños y yo había decidido conservar una copia para mí. Lo había dejado encima
de mi mesa de trabajo y cuando quise hallarlo para llevármelo, los demás
despachos sobre muertos, heridos, bombardeos y encuentros navales lo habían
cubierto del todo. Pensé un instante en este hecho aparentemente casual y me di
cuenta de que así como había ocurrido con el despacho de la Cruz Roja, así
estaba ocurriendo con mis propios sentimientos, y en ese instante recordé los
suplicantes ojos de aquel muchacho a quien había herido con la bayoneta y creí
ver en ellos un reproche que me decía: “¿Tan pronto has olvidado?”.
Cada
despacho de guerra repetía esta escena en mi memoria y junto con ella me
asaltaban pensamientos de esperanza; quería creer que el alma de ese muchacho
hubiese hallado alguna compensación en otra vida.
Un miedo
muy sutil y muy poderoso comenzó a apoderarse de mí cuando me di cuenta de que
también me estaba encalleciendo. Mis compañeros me hacían bromas acerca de
estos escrúpulos y algunos hasta argumentaban que las guerras, especialmente
esta gran guerra, traería un gran progreso científico, de suerte que podíamos
alentar la esperanza de un mundo y una vida mejor. La incongruencia de este
argumento terminó por asquearme. La historia era el mejor testigo de que las
guerras solamente producen nuevas y más sangrientas guerras. Ahí estaban estos
despachos indicándome como se escribiría la historia de esta época.
Comparándolos con los de la guerra anterior, la crueldad humana había
aumentado, los odios se habían intensificado. ¿Y puede esperarse un mundo mejor
a base de una mayor crueldad? ¿O una vida mejor a base de un odio más intenso
que lo consumía todo bajo la leyenda de la guerra total ’ ? En esos días
recordé una frase de Lincoln: “El progreso humano está en el corazón del
hombre”. ¿Y no era yo mismo testigo de que mi propio corazón estaba enamorado
de esa crueldad y de esos odios?
Este
singular temor, un temor frío, como si la muerte me acechase en cada
pensamiento, creció velozmente. Cuando volví a encontrarme con mi amigo se lo
comuniqué junto con muchas otras reflexiones que me había hecho.
- Sí, me
dijo. Es natural. El alma siempre sabe lo que quiere, y en cuanto empieza el
despertar, comienza a pedir lo suyo. Hay algo en todos los hombres que rehusan
engañarse con la primera explicación que llega a los sentidos. Algunos
prestan oídos a esta silente voz, otros no. Es muy doloroso y desagradable al
comienzo. Es el primer umbral. Cuando en el hombre hay un comienzo de vida
genuina se fortifica también el poder de todo cuanto le conduce al sueño. Este
es un periodo peligroso porque todo despertar aporta nuevas energías. Y todo
cuanto hay de falso en nuestra personalidad se aprovecha de ellas y aumenta
nuestra esclavitud. Puede decirse sin errar mucho que así se mata el alma. Así
tenemos que en el mundo hay muchas almas cuya vida se ha detenido y poco a poco
van perdiendo las posibilidades de crecimiento y perfección que son un derecho
que el hombre no utiliza. Hay almas que están decididamente muertas. El ser
humano es algo más que el cuerpo y los sentidos, pero no lo sabe, no lo
comprende.
- ¿Me
quieres decir que el alma no es inmortal?, pregunté.
- Eso
depende de la persona de quien se trate, me dijo.
- Pero
ahí están los principios religiosos, los escritos de Platón y las afirmaciones
de muchos hombres reconocidamente inteligentes que nos aseguran que tenemos un
alma inmortal.
-
Todavía duermes.
- ¿Vas a
contradecir a Platón?
- Podría
aclararte muchos puntos para que puedas entender a Platón, pero no estás
preparado todavía.
- No te
entiendo.
- Estás
obcecado por tus propias ideas, y mientras estés en semejante condición no
podrás entender nada. Observa un hecho: si el alma fuese una cosa que tenemos
asegurada naturalmente, los escritos religiosos no insistirían en aquello de
que debemos esforzarnos por salvarla. Ni habría necesidad de filosofía o
religiones. Lo sabríamos naturalmente y nadie temería la muerte como la teme.
Escúchame: El alma la formamos en esta vida en base a lo que nos anima. Si
los motivos, los ideales, las ambiciones de nuestra vida son transitorias, son
cosas del momento inmediato, nuestra alma será también transitoria,
impermanente, sujeta a lo que queremos. Algún día podrás reflexionar
serenamente sobre estas cosas y comprenderás a ese muchacho cuya muerte te
obsesiona. Observa bien: tú no lo mataste de ti mismo porque de ti mismo nada
puedes hacer. O sea que algo que no eres tú mismo, una sociedad, te entrenó, te
enseñó a matar. ¿Recuerdas tu exclamación de aquel día en la iglesia? Pues es
lo mismo. Tu exclamación y el bayonetazo fueron involuntarios. Si antes de
lanzar esa exclamación hubieses podido darte cuenta del hecho, no la hubieras
lanzado; igual cosa con el bayonetazo. Un poco de reflexión y no lo hubieses
hecho. Pero en esos momentos no hay tiempo para reflexionar. Fíjate bien en lo
que digo: no hay tiempo. De modo que para poder obrar de corazón, es
preciso sobreponerse al tiempo y esto demanda un tipo de voluntad que tú no
conoces todavía. Alcanzar esta voluntad requiere grandes trabajos, gran
obediencia a algo superior. ¿Has observado y ponderado sobre la filantropía, la
caridad? Un hombre que durante años se haya sometido a este entrenamiento de
que te hablo no podrá evitar hacer el bien; hacerlo será una función poco menos
que instintiva en él. Lo hará naturalmente. Pero la mayoría de la gente piensa
que con hacer el bien ya ha conseguido lo que únicamente se puede conseguir
trabajando intencionalmente, yendo contra la corriente en sí mismo. En cuanto a
la inmortalidad del alma, no cabe duda que existe, pero que sea inmortal, ya es
cuento aparte. Procura entender que hablo acerca del hombre individual.
- ¡Santo
Señor! ¡Ahora sí que creo que estás loco!, exclamé.
- Como
gustes, me dijo sonriendo.
- ¿Me
quieres decir que estamos todos equivocados?
- ¿Por qué
no?
- No es
posible.
- Eres muy
ingenuo. Tienes el ejemplo vivo en ti mismo y a pesar de ellos discutes con
vehemencia. Pero no importa. ¿Ves cuán errado sería que me guiase únicamente
por tus palabras? Tú sabes y sientes que la guerra es horrible, que es una cosa
bárbara, la culminación de cuanto hay de salvajismo en el hombre. Sabes que tus
compañeros están errados con respecto a esas cifras de bajas; para ti, en
cambio, cada cifra es la representación de un ser humano y eso te hace sufrir.
Aquellos que no sienten lo que piensan estarán siempre errados. Y fíjate que
todo este horror esta produciéndose en lo que llamamos el mundo cristiano y uno
de los principales preceptos de la cultura cristiana dice: ¡No matarás! Pero el
hombre comienza a matar en el corazón antes de comenzar a matar de hecho. La
muerte que ves por doquier comenzó con el odio. Y la sociedad lo justifica de
muchas maneras para acallar la voz de la conciencia si es que alguna vez
le presta atención. ¿Cuál de las muchas iglesias cristianas ha adoptado una
actitud vigorosa, inequívoca frente a esta guerra? Sólo unos cuantos hombres
aislados se han opuesto a ella y han preferido sacrificar sus vidas en
experimentos de laboratorio. Volvamos a la entrevista del viejo Nicodemo con
Jesucristo. Esa entrevista ocurrió en tiempos tan agitados como el actual,
cuando se derrumbaba una forma de cultura mientras se gestaba otra. Y
Jesucristo dijo a Nicodemo que era preciso nacer de nuevo, nacer de agua y
espíritu, para poder disfrutar de los atributos que corresponden a un alma de
verdad.
- Pero
muchos de los que mueren, mueren convencidos de que su alma va a sobrevivir.
- No lo
dudo. El ser humano está convencido de muchas cosas. Hubo un tiempo en que
estuvo convencido de que la tierra era plana. Si escudriñas los Evangelios,
verás que se dice en ellos bien claramente: “ ¿De qué te valdrá ganar el mundo
si vas a perder el alma?”
Me
resultaba imposible discutir con él. Mi interés por las sagradas escrituras era
el mínimo. No las había leído y tampoco estudiado. Sin embargo, algo me decía
íntimamente que mi amigo estaba en lo justo aun cuando yo nada comprendía. Tras
un breve silencio, le dije:
- ¿No basta
entonces cumplir con lo que manda la religión?
-
Cumplir fielmente y de corazón con los preceptos ordinarios de la religión es
el primer paso, un paso indispensable. Todo está enlazado, todo está unido. Las
formas religiosas son la apariencia externa de lo que se puede llamar la
Iglesia Interior. Y ésta es inmortal en verdad. A eso se refiere el Credo
cuando habla de la “Comunión de los Santos”.
Entonces
aproveché la oportunidad para pedirle que me explicase la verdadera forma de
rezar.
- Has
estado rezando muy intensamente, pero sin darte cuenta.
Respondí contándole mis experiencias de
estudiante.
- Ya lo
ves- me dijo-. La ignorancia estuvo a punto de cegarte por completo. Y ahora
eres tú quien niega el alimento que precisa tu alma. No creas que ahora vas a
poder culpar de ello a tus profesores, a tus confesores o a tus padres. Podías
haberlo hecho hasta hace poco; ahora ya eso te está vedado. Si tienes interés
en saber algo más acerca del Padre Nuestro, por ejemplo, comienza a desentrañar
lo que verdaderamente significa perdonar a nuestros deudores. Te digo estas
cosas porque la ignorancia sincera es perdonable, pero no la hipocresía, ni la
mentira, ni la holgazanería.
- ¿Y
cómo haré eso?
- De la
misma manera que has hecho lo demás. Por ejemplo, aquel verso que dice
“líbranos de todo mal” lo has vivido a tu modo. Y vivir una súplica es más
importante que formularla. Fuiste a la iglesia a pedir más inteligencia, según
me has contado. La inteligencia es justamente un atributo del reino de
los cielos. Te fué dado cierto entendimiento. El otro verso: “no nos dejes caer
en tentación” lo has experimentado en tu vivencia de horror ante el hecho de
que estabas encalleciéndote.
- Pero
este es un modo muy extraño de orar-, le dije asombrado.
- Es el
único modo del corazón. Para entender las oraciones es preciso tener una idea
aunque sea aproximada de la Comunión de los Santos. Cada una de las oraciones
que conocemos es un tratado sintético de conocimientos de gran envergadura. Son
psicología que los psicólogos corrientes ignoran. El Padre Nuestro, por
ejemplo, puede ser para el individuo una escala de Jacob con que llegar al
cielo, si el individuo lo vive. Para un físico puede ser el medio de explicarse
la naturaleza del Universo. Y conozco a un hombre dedicado a la astronomía que
lo ha entendido para beneficio de sus estudios. Estas oraciones son la obra de
la Comunión de los Santos. Ahora que la Comunión de los Santos tiene muchos
nombres, según sea el Credo que cada raza practica. No es una organización estatuida,
sino un pálpito de vida universal. Son los guardianes de la cultura y de la
civilización, Los ayudantes de Dios.
- A
menudo me hablas acerca del alimento del alma. ¿A qué te refieres?
- A un
alimento tan real como el que necesita el cuerpo. Esto se desprende de las
palabras de Jesús: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de
Dios”. El alimento físico contiene energías que nutren el alma. Es necesario
para el crecimiento. Y por crecimiento me refiero al crecimiento interior.
Cuando el hombre come, bebe y respira con el propósito fijo de alimentar su
alma, extrae de los alimentos, del aire, de las bebidas, ciertas substancias
especialmente nutritivas. Pero hay un alimento superior a éste y es el que nos
impresiona íntimamente. Todos sabemos que los disgustos entorpecen la
digestión. Un disgusto es una impresión. Los trastornos hepáticos producen un
carácter agrio. De modo que alimentándose adecuadamente de impresiones,
ya sean internas o externas, podemos nutrirnos mejor o peor. Pero esto requiere
estudios y esfuerzos. Por ejemplo, hay quienes rezan antes de comer, invocando
la bendición del Altísimo, pero durante la comida parlotean, discuten o tienen
altercados. Durante el proceso digestivo los hay quienes hasta lanzan
maldiciones. O sea que no tienen una continuidad en sus propósitos. Mediante la
continuidad de propósitos se forma en el hombre un órgano nuevo. Pero es
preciso que este órgano exista potencialmente y sea capaz de crecer.
- ¿Qué
órgano es ese?
- Ahora
no lo entenderías porque estás convencido de que ya lo tienes. Todo el mundo
está convencido de lo mismo, como están convencidos de la continuidad de sus
propósitos. Te diré únicamente que se forma de una manera y no de dos:
sufriendo deliberadamente y esforzándose por seguir la voz de la Conciencia.
- Pero
todo el mundo sufre.
- No. Los
sufrimientos les llegan como les llegan los placeres. Sufrir deliberadamente
presupone cierto grado de voluntad. De voluntad propia. Todos sabemos que el
odio es malo y que el amor es bueno. Sabemos que debemos amar a nuestros
enemigos. Sabemos estas cosas de memoria, pero no podemos aplicarlas porque
sencillamente no tenemos el grado de voluntad suficiente para llevarlo a la
práctica. De modo que la sociedad en que vivimos transa con lo que llama la
debilidad humana y olvida el principio. Para poder sufrir deliberadamente es
necesario tener la fuerza de sobreponerse al sufrimiento accidental. Y esto no
significa huir hacia los goces, porque quien sufre accidentalmente también goza
accidentalmente. Es preciso sobreponerse a lo accidental. Y esto sólo es
posible mediante una continuidad en los propósitos, en un claro entendimiento
de muchas cosas, la mayoría de las cuales la educación moderna ignora o
desprecia.
Pocas
veces habíamos tenido una charla tan larga. Hubiese gustado continuarla, pero
él pronto desvío la conversación y planeamos nuevos paseos en bicicleta.
PASÓ MUCHO tiempo antes de que volviésemos a
tratar estos asuntos. Durante ese tiempo quise comprender sus palabras y revisé
a menudo mis apuntes. Pero no entendí gran cosa. Las pocas veces que orillamos
el tema, él evitó ahondarlo y, por mi parte, dejé de hacer las anotaciones de
modo que ahora me sería imposible reconstruir las frases sueltas y las
explicaciones que él me dió sobre muchos puntos.
Me interesaba especialmente lo del
alimento del alma; pero él insistía en que era preciso, primero, despertar.
- ¿Qué me quieres decir con eso de
despertar?-, le pregunté un día.
-
¿Todavía no te das cuenta?
-
El despertar o la vigilia de que hablo
es difícil, pero no imposible. Es un continuo esfuerzo, un permanente andar a
ciegas durante mucho tiempo hasta que logramos comprender nuestras falacias.
Pero llega el gran momento a quien mantiene vivo el esfuerzo. Entonces se
advierten las posibilidades latentes en el hombre. Es algo que uno sabe por sí
mismo, no necesita que se lo diga o interprete nadie. Se descubren en el cuerpo
distintas clases de vidas, distintos niveles. Entonces uno ya no anda a ciegas.
Sabe hacia donde va y sabe por qué hace todo cuanto hace. Los Evangelios se
convierten en un guía muy valioso. Ya lo ves, ni tú ni yo podemos decir que
somos discípulos de un ser tan magnífico y glorioso como Jesucristo, y creemos
estar despiertos. En el huerto de Gethsemaní los apóstoles, los
discípulos, se quedaron dormidos...
Mi amigo
dijo estas ultimas palabras con un tono tan reverente que me impresionó; sus
ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y él las dejó correr por sus mejillas
sin avergonzarse por ello. Lo que sigue lo dijo con voz entrecortada por una
emoción tan poderosa que, por instantes, me sacudió a mí también. Yo quedé
perplejo. El siguió diciendo:
-Un
apóstol es de por sí un hombre superior y Jesús fué una inteligencia como muy
contadas veces ha visto la tierra. Sin embargo, hay quienes piensan que se
rodeó de bobalicones y necios. Los apóstoles tenían una voluntad a prueba de
muchas cosas; de otro modo no hubiesen podido vivir cerca de Jesús. Sin
embargo, todos le fallaron en sus últimos días. Y esa es la historia del crecimiento
interior del hombre. Alzas y bajas.
Ambos
guardamos silencio. Yo no quise continuar interrogándole por miedo de
producirle nuevos trastornos. El advirtió mi actitud y dijo:
- No
interpretes mal esta emoción; no es debilidad, es fuerza. Es el medio como se
obtiene un singular entendimiento.
Me había
llamado poderosamente la atención su referencia a la inteligencia de Jesús, y
la de sus discípulos. Por alguna razón pensé que Judas debía haber sido lo
mismo que los otros, y se lo dije.
- En primer
lugar- dijo él-, es preciso que insista sobre un hecho. Para ser discípulo de
una figura como Jesucristo es preciso haber visto algo, haber comprendido algo;
es necesario conocer algo verdaderamente real. Ahora bien; se dice que los
discípulos eran pescadores. Jesús les dice que los hará ‘pescadores de
hombres’. Esto significa que los doce discípulos ya tenían alguna preparación
espiritual cuando tomaron contacto con El Maestro. Si no hubiesen sabido algo
verdaderamente real, no hubiesen podido reconocer al Cristo en Jesús, no
habrían podido valorizar debidamente su enseñanza. Allegarse a Cristo
presupone ya una inteligencia de cierto desarrollo, cierto grado de voluntad y
un sentimiento más o menos profundo de la verdad. Naturalmente que después de
la crucifixión cambió todo, pero esto es otra cosa. En segundo lugar, suponer
que Judas pudo engañar a Jesús es poco menos que blasfemar. La relación entre
Cristo y sus discípulos es una relación que no puede concebir el hombre en
términos de una vida ordinaria basada en las comprensiones que aportan los
sentidos. Es necesario ir tras los sentidos. O sea formarse ojos para ver y
oídos para oír; ver y oír significados más que hechos aislados, es ver y oír en
un plano de relaciones. Se dice que Judas traicionó a Jesús, pero cuando se
capta el significado de los hechos bien pronto se advierte que la conducta de
Judas no fué obra de su propia voluntad; fué obligado a vender a Jesús. Lo que
‘vender’ significa en el lenguaje evangélico está relacionado con la pobreza o
riqueza en espíritu. Solamente recuerda que se dice el reino de los cielos como
algo muy precioso que un buen mercader encuentra, y que enseguida ‘vende’ todo
cuanto tiene para poder hacerse de esa preciosidad. Invierte el proceso para
acercarte a un entendimiento. El misterio de Judas es uno de los misterios que
más nos confunden. Jesús sabía que iba a morir. Es más, sabía cómo iba a morir.
Su muerte estaba ya predeterminada, de modo que no cabía traición alguna,
porque cualquier traición requiere el elemento de una confianza basada en una
ignorancia. Piénsalo un poco. Porque Jesús insiste en que él escogió a los doce
y que uno de ellos era el diablo. Mirando los hechos retrospectivamente resulta
muy fácil juzgar y condenar a Judas en base a lo que otros interpretan. Pero
desentrañar el misterio por sí mismo llevado sólo por el ansia de conocer la
verdad, ya es otra cosa. Todos llevamos un Judas dentro de nosotros, como
llevamos a un Bautista, a un Pedro, un Juan y a casi todos los personajes que
figuran en los Evangelios. Si se entiende que estos escritos tratan
principalmente del desarrollo interior del hombre, se comienza a ver la legión
de personajes en sí mismo y también los hechos y acontecimientos que los
relacionan.
Otro
punto que me interesaba era sobre el amor y las relaciones sexuales. Cuando
abordé este asunto, unos días después del caso anterior, me dijo:
- El amor
es la llave de todo, porque es la fuerza que lo conserva y mantiene todo. La
fórmula: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”
requiere una consideración muy profunda. Nadie puede amar al prójimo más que a
sí mismo, pero amarse a sí mismo requiere cierto tipo de impresiones un poco
difícil de explicar. Si vemos y consideramos el amor desde el punto de vista de
las impresiones, veremos que quienes están enamorados lo ven todo color de
rosa. Ese es un alimento muy especial. Pero cuando se ama a sabiendas, cuando
se ama conscientemente, con pleno conocimiento, con plena comprensión, las
delicias de un enamorado no son nada comparadas con las delicias del amor que
sólo brota del espíritu. Amarse bien a sí mismo es anhelar el crecimiento
interior y esto requiere normalidad. No puede amarse quien sufre una inhibición
o una frustración. De modo que amarse sí mismo implica necesariamente el
equilibrio normal de todas las funciones, incluso la sexual. Pero esto es
difícil de entender a menos que se entienda el adulterio en el amor. El
adulterio en el amor, desde este punto de vista, es tener una relación amorosa
o sexual con quien no se ama íntegramente; y el amor ha de ser mutuo. Sólo el
amor consciente puede producir un verdadero amor. Hay una diferencia muy grande
entre amar y estar enamorado; lo primero presupone conocimiento de sí mismo
hasta cierto punto y entendimiento de ciertas leyes. Lo segundo es una cosa
predeterminada por la vida de la naturaleza para los fines de la creación y
mantención de la vida. Para una evolución consciente es preciso el equilibrio,
la normalidad. Esto lo determina la propia comprensión. Al abordar este asunto,
los Evangelios utilizan la expresión ‘eunuco’. Pero antes de indicar esto, se
indica que el mandato viene por la palabra interior. Y esto es la comprensión.
Pocos
días después, mi amigo me obsequió un escrito, un poema, cuyo contraste con la
aridez de sus palabras explicativas, que he citado, me llamó mucho la atención.
El poema dice así:
"Dios
dió al Sol por esposa a la Tierra y
bendijo ese amor cuando creó la Luna.
Así
también te creó a ti, mujer, para volcar su vida en el amor humano.
Y para
que en el placer de amar encuentre el alma la senda del
retorno a donde siempre es hoy, donde no hay devenir.
Porque
así como la vida va a la muerte por amor, así el amor
resurge de la muerte donde hay un corazón despierto que sepa contenerlo
en su amar y en su morir.
Con cada
beso muere un poco el alma al
olvidar que es vida en el amor.
Y, por
lo mismo, con cada beso puede revivir el alma de quien
sepa morir.
¡Oh
Paradoja de la Creación!
En cada
aliento de amor hay un suspiro que es eternidad.
Y en
cada caricia también arde el fuego de la muerte y la resurrección.
¡Elevad
el amor simple y sencillo a las cimas más altas!
Y que el
amar y el besar sean una oración de vida al más íntimo
ser que es
la verdad y es
Dios.
Porque
no sois vosotros los que amáis, sino el amor del
Padre que se agita en vosotros.
Vuestra
será su más poderosa bendición si en
cada beso que dais y recibís santificáis su nombre, guardando
su presencia en vuestros más íntimos anhelos.
Y en
vuestro amor, buscad también primero el Reino de Dios y su
Justicia, que todo lo demás, aún la dicha de ser, os será dada por
añadidura.
Y no
temáis amar; antes temed a quien pueda convertir vuestro amor en
prejuicio o maldad.
Haced de
vuestra unión un camino sereno hacia los cielos.
En tanto
que llevéis su presencia en vuestros corazones, estaréis en verdad amando a
Dios por
sobre todas las cosas a la vez que os amáis los unos a los otros.
Y en el
instante de vuestra suprema dicha, seréis uno con El y con su
Creación".
No volví
a verlo durante algún tiempo, pues debió hacer un viaje prolongado. Cambiamos
algunas cartas. Recuerdo que en una de ellas yo le pregunté como podía uno
hacer para alcanzar semejante entendimiento de la vida y del amor. Su respuesta
llegó en la forma de esta paradójica poesía:
"No
dudes de la duda, y duda.
Pero
duda con fe, y aun duda de la fe.
¿Pues no
es la duda inercia en la pendiente de la fe
hacia la obscuridad,
y fuerza
en el impulso para alcanzar la comprensión?
No
dudes, y sin embargo, duda
de todo
cuanto creas verdadero
porque
la duda también es verdadera,
en sí y
por sí.
Dudando
de la duda,
y
dudando con fe y de la fe,
veras lo
ilusorio de la duda y la fe
derrumbarse
a tus pies...
y
alzarse majestuosa ante tus ojos
la duda
hecha Verdad".
VOLVIMOS a reunirnos a comienzos del siguiente otoño. Noté
ciertos cambios en él, mas no podría explicarlos. Evitó los temas en torno a
los Evangelios. Únicamente una vez, cuando le dije que no podía comprender cómo
era tan devoto de Jesucristo y a la vez tan dado a la lectura de las obras
Mayas, Incaicas, Guaraníes, Hindúes y Chinas, me hizo esta observación:
-Cada pueblo,
cada raza, cada nación, cada época, ha tenido mensajeros que han dado
testimonio de la misma y única verdad aun cuando han empleado palabras
diferentes, símbolos diferentes y diferentes alegorías. Palabras, símbolos y
alegorías no tienen un valor permanente en sí mismas; son únicamente medios que
hay que ir descartando poco a poco a medida que crece el entendimiento y la
vivencia de la realidad. Pero durante mucho tiempo en nuestras vidas no podemos
sino ver palabras en las palabras y símbolos en los símbolos. Cuando advertimos
que dos símbolos no son iguales, poco nos preocupamos de averiguar si estamos o
no en lo cierto; creemos durante mucho tiempo que las diferencias externas
tienen la misma diferencia interior. Pero cada símbolo es una palabra y cada
palabra es un símbolo, ¿Cuántos saben verdaderamente lo que están diciendo
cuando dicen ‘yo’?
A esta explicación siguió algo sobre las
dimensiones del tiempo y las dimensiones del espacio. Como he indicado, yo
apuntaba la mayoría de las cosas que él decía. Pero en esta oportunidad no lo
hice y vagamente recuerdo algo así como que el espacio es tiempo, que hay tres
dimensiones del espacio y tres dimensiones del tiempo, que el símbolo hebreo de
la estrella de seis puntas era un símbolo indicativo de que espacio y tiempo
eran una sola cosa o ser. Si mal no recuerdo, en cierta oportunidad también
dijo que las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”,
podían tomarse en física como las tres dimensiones del tiempo además de
constituir un proceso de orden cósmico que junto con otros cinco procesos
basados en la trinidad constituían todos los procesos universales, en todos los
grados de ser. Pero, como ya lo he dicho, sobre esto no conservo apuntes de sus
palabras aunque colijo que hay escritos sobre ello en alguna parte. Muchas
otras cosas que me dijo entraron por un oído y salieron por el otro.
En esa
fecha estaba interesado en muchas cosas aparte de mi amistad con él. Pero
nuestra amistad se mantenía firme. No era un hombre ostentoso. Vestía bien,
pero sin lujo. Con un poco más de aliño hubiese sido un hombre elegante. Por
alguna razón trataba de vestir muy discretamente y parecía no querer llamar la
atención; pero, según yo veía las cosas, la llamaba aun cuando no quisiera
hacerlo.
Muchas
veces me hice el propósito de ponderar las cosas que él decía. Envidiaba su
calma, su serenidad. Yo, en cambio, era un polvorín un día y al siguiente un
mar de ternuras. Cuando sufría alguna contrariedad no podía menos que recordar
sus palabras. Ambos seguimos concurriendo a la misma iglesia todas las tardes.
Pero a consecuencia de la guerra mi vida comenzó a cambiar velozmente, y el
tiempo se me fué haciendo más breve. De visitas rápidas y cada vez mas aisladas
a la iglesia, pasé primero a varios días de ausencia; estos se convirtieron en
semanas y de pronto me di cuenta de que ya había dejado de rezar y también de
que había dejado de tener esas charlas con mi amigo a quien no veía sino cuando
él, sin previo aviso, se presentaba en mi oficina.
Mi
situación había mejorado muchísimo. Era un hombre próspero. Tenía un cargo
importante y como todos los hombres ‘importantes’ carecía de tiempo para muchas
cosas, como, por ejemplo, para cumplir con la promesa que yo mismo había hecho
de no faltar ningún día al templo. Me justificaba culpando a la guerra. Mi
importancia estribaba en el hecho de que todo el mundo se interesaba por estar
prontamente informado de los acontecimientos. Diplomáticos y políticos sabían
que sobre mi mesa encontrarían siempre la noticia de ultima hora. Mi teléfono
funcionaba sin descanso. Fue preciso instalar uno de número reservado. Todos
los días me visitaban o me llamaban funcionarios del gobierno, de las
embajadas, de grandes firmas comerciales, etc. Y, como era natural que
ocurriese, estos contactos profesionales pronto se convirtieron en amistades
personales. Mi círculo se amplió. Comenzaron a llegar las inevitables
invitaciones a fiestas, vinos de honor y reuniones íntimas que organizaba uno u
otro grupo. Y yo, que no encontraba tiempo para ir a la iglesia durante media
hora en las tardes, me encontré con que podía acudir a todas estas funciones
sociales. Por cierto que siempre recurría a aquella excusa: “Se trata de la
guerra y yo me debo al público que paga mis servicios”.
Cuando
un día di una explicación por el estilo a mi amigo, él me miró con una
expresión compasiva, y tomando una cuartilla en blanco de sobre mi mesa,
escribió:
“Nunca
te sientas tan perfecto que bajes la guardia o aligeres la vigilancia.
Quiérete
bien, pero no
te prostituyas a ti mismo”.
-
Consérvala donde puedas verla a menudo, me dijo al entregármela.
Luego,
se puso de pie y se marchó.
Pasaron
varios meses sin que lo viese. A menudo lo recordaba. Sus extrañas
observaciones, su oportuno consejo sobre problemas en los que le suponía
totalmente ignorante, todo esto y mi propia conciencia me producían una rara
inquietud cada vez que pensaba en él y leía sus palabras.
Por
aquella fecha comenzó el furor de la “buena vecindad”. Comenzó el furor
panamericanista. Las intrigas internacionales, a cual más mezquina, florecían
por todos lados. Pude darme cuenta de que varias potencias europeas,
supuestamente amigas de los Estados Unidos, combatían solapadamente la idea de
la buena vecindad. Todos querían sacar una tajada en las ganancias que
producían los buenos negocios de guerra. Ni los industriales, ni los mineros,
ni los políticos, diplomáticos o periodistas, estaban libres de esta tentación.
Y yo también caí en ella y caí con mucho gusto a través de un amigo que
especulaba fuertemente en la Bolsa de Valores y que precisaba estar bien
informado y oportunamente, acerca de los acontecimientos de la guerra. Así
comencé a enriquecerme.
Por otro
lado ciertas organizaciones de propaganda comenzaron a pedirme colaboraciones
en la forma de artículos. Y los pagaban tanto mejor mientras más altisonantes y
estúpidos fuesen. Acepté y gané más dinero.
Cierta
vez recordé algunas observaciones que mi amigo había hecho cuando se iniciaron
los primeros sondeos acerca de la Buena Vecindad de los Estados Unidos.
- Buen
vecino únicamente puede ser quien paga al contado. Hoy en día nadie está en
situación de hacerlo, mucho menos los países sudamericanos. Pero como el hombre
vive de palabras lindas, y mientras más lindas más necias, encuentran que el
concepto es sonoro, lo aplauden y no saben en lo que se están metiendo. Es un
concepto nacido de la parábola del Buen Samaritano. Pero en Estados Unidos
alguien lo ha distorsionado y los demás países lo han distorsionado aún
más. Pero las idea es bonita y como en Estados Unidos hay dólares en
abundancia, ahí va la comparsa panamericana que no es sino una serpiente de
veinte bocas y una cabeza.
- Esto
es demasiado cáustico-, le dije.
- La
verdad siempre es cáustica, especialmente para los hipócritas. No te
identifiques tanto con la propaganda que escribes y quizás podrás ver algo de
la realidad.
- Pero
la buena vecindad al menos significa una buena intención.
- Satanás
tiene las mejores intenciones para con el hombre, por eso lo idiotiza.
- Tu lo
ves todo tan fríamente; El panamericanismo es una buena intención.
- Aún
duermes. Si comprendieses que el hombre no puede tener una continuidad en sus
propósitos, pronto comprenderías que la intención no basta. Si el hombre
pudiese mantener una continuidad en su pensamiento, sentimiento y acción, sus
buenas intenciones darían frutos generosos. Así como el individuo tiene muy
buenas intenciones un día, y al siguiente cualquier cosa lo desvía de ellas,
así ocurre también en política. La idea democrática es más vieja que andar a
pie, pero es un imposible porque requiere una discriminación que pocos tienen.
Entre
mis apuntes de esta época encuentro una página de una carta que él me escribió
respecto de la política internacional de entonces, durante uno de sus viajes.
Dice
así:
"...El
señor Roosevelt es, sin duda, un hombre muy bien intencionado, pero ocurre que
el único buen vecino que tiene es su cigarrillo. Así como el único verdadero
aliado del señor Churchill es su cigarro puro y el único camarada del señor
Stalin es su cachimba. Observa que ni Hitler ni Mussolini fuman. Son
demasiado virtuosos y como todo fanático de la virtud, sólo ven la paja en el
ojo ajeno. Cuando termine esta guerra es probable que haya otra y con ella
quizás la ciencia progrese al extremo de que se dé el gusto y disfrute de la
gloria de haber destruido la civilización. Nada es más fácil que profetizar una
guerra. Pero la guerra también incluye la desazón en la vida de los pueblos y
del individuo mismo. Si esta desazón interior la utilizase el individuo para su
desarrollo, y si siquiera tratase de averiguar de donde viene y por qué ocurre,
creo que se daría un paso hacia la paz. Pero no es cosa fácil conseguir que el
hombre comprenda que frente a los fenómenos celestes es menos que un átomo. La
paz es una conquista individual; jamás ha sido obra de masas. Y mucho menos
obra de los ejércitos. El hombre aún no ha aprendido a aprovechar lo que enseña
la historia, lo que indica la experiencia. La Liga de las
Naciones fue durante muchos años una ilusión de paz, la verdad es que fué un
foco de intrigas. Mussolini la destruyó de una plumada. Tras esta guerra posiblemente
surja algo parecido pero con algún otro nombre. El hombre goza poniéndole o
cambiándoles nombres a las cosas más viejas de la historia. La Liga de las
Naciones nació muerta. Ya había muerto en Grecia hace mas de dos mil años, con
la Anfictionía. No se trata de organizaciones. No hay que cambiar de nombres,
sino que hay que cambiar al hombre. No me pidas que tome la buena vecindad en
serio porque todo no suma sino un montón de mentiras. Lo trágico es que nadie
miente intencionadamente; nadie se da cuenta de la Gran Mentira. Obsérvalo en
ti mismo, observa como ya has comenzado a creer en cuanta mentira estás
escribiendo".
De todo
esto, lo que me interesó fue la idea de que un buen vecino puede ser sólo quien
pague al contado. Decidí utilizar la idea para un artículo y cuando lo publiqué
mi vida sufrió una nueva transformación conectada, en cierto modo, con este
singular amigo.
Me vi
lanzado de lleno a las intrigas del espionaje político.
A los
pocos días de haber elaborado esta idea en una serie de artículos, me vi en
contacto con ciertos vendedores de una maquinaria que no podía fabricarse en
parte alguna. Los conocí mediante algunos amigos diplomáticos. Y desde entonces
aumentó mi importancia. De pronto vi que hasta mis opiniones eran ‘importantes’.
Hasta las burradas más acabadas que solía decir, cuando tenía un poco más de
alcohol en el cuerpo, comenzaron a tener ‘importancia’. La importancia y la
consideración que me atribuían no estribaba ni en mi inteligencia, ni en mi
juicio crítico, pues hacia tiempo que no utilizaba ninguna de estas dos
funciones. Estribaba lisa y llanamente en el cargo que desempeñaba y que
continuaría desempeñando siempre que obedeciese a la vaciedad de mi
‘importancia’.
No vale
la pena que relate mi historia en medio de todas las intrigas de entonces. Cito
únicamente los hechos que tienen relación con mi amigo y sus ideas. Pero lo que
pude observar en los políticos, diplomáticos y espías con quienes alternaba,
daría lugar a una hermosa comedia humorística si no fuese por las trágicas
consecuencias que trae consigo la actividad de esta fauna y flora de nuestra
cultura. Observo que estoy escribiendo con cierto rencor, y no lo oculto. Y si
mi amigo pudiese leer esto ahora, seguramente diría algo más o menos así:
- No has
aprendido a perdonar. Aún duermes. Tu flora y tu fauna no pueden detener ni
mutilar la vida.
Al
escribir esto advierto cuánta nostalgia siento por él, cuánto me apena el no
estar a su lado ahora. Pero volvamos al relato.
Una
noche me invitó a cenar con él. Mi confianza no había disminuido. Charlamos
largamente y con gran jovialidad. Le conté mis observaciones y él sonrió
cariñosa y comprensivamente como significando: “los pobrecitos no tienen la
culpa”. Después de cenar fuimos juntos a mi departamento que contrastaba mucho
con aquella sencilla pieza de pensión en la que había vivido tantos años antes
de llegar a ser ‘importante’. Lo miró todo en silencio. Recordando esa noche,
veo cuán insulsa fué mi conducta. Comencé por mostrarle orgullosamente todas mis
posesiones; los títulos de las acciones, la ropa, un simpático bar en
miniatura, mi rincón deportivo con su saco de arena, el punching-ball, los
guantes de box y las palanquetas de fierro, mi hermosa bicicleta italiana.
Cuando hube terminado mi exhibición, le dije con tono ufano:
- ¿Qué
te parece?.
- Perfecto-
me dijo-. Poco te falta para ser un cretino completo. No me refiero a esto, a
la comodidad, sino a tu actitud hacia todo este bienestar y el daño que tú
mismo te estás haciendo.
- No te
entiendo- le dije-. Gano bastante dinero, vivo bien y disfruto de la vida.
- ¿A qué
precio?
- No lo
encuentro tan terrible- protesté-. No seas mojigato. Sólo te falta censurar las
huellas de mujer que has encontrado.
- Quizás
sean las huellas delo único decente que
te va quedando. Pero es tu vida. Vívela como te dé la gana .
Sentí un
vago temor al oírle estas palabras. Guardamos silencio un rato. Luego, sentí un
deseo vehemente de confesarle todo cuanto me torturaba.
-
Necesito tu ayuda-, le dije.
- Te
escucho.
Le
expliqué todas las cosas que se habían convertido en un pavoroso dilema en mí
mismo, aquel infernal círculo de mentiras en que había caído. Escuchó con gran
atención, me hizo algunas preguntas para que aclarase ciertos puntos que no
quería exponer abiertamente.
Reflexionó
un instante cuando hube terminando.
- ¿Qué
me dices?-, le pregunté.
- ¿Qué
quieres que te diga?
- Lo que
debo hacer.
- Corta de
raíz, rompe con todo. Deja todo esto y comienza de nuevo.
- Pero
¿estás loco?
- No; el
loco eres tú. Mira a lo que has llegado.
Y
dirigiéndose al cuarto de baño, saco del closet un frasco que contenía tabletas
de un estimulante con el que debía activar diariamente mi sistema nervioso para
poder sobrellevar semejante tren de vida.
Cuando
le vi con el frasco en la mano me di cuenta de muchas cosas, de su enorme poder
de observación, de su real bondad y del cariño que me profesaba. Pero yo sentía
que las cosas habían ido demasiado lejos para cambiar. Baje la cabeza en
silencio.
- Menos
mal que te queda un poco de vergüenza-, me dijo-. Aprovéchala y retoma el hilo
de tu vida antes de que termine del todo. Dentro de poco pasarás de este
estimulante a las drogas. Y cuando sientas la necesidad de huir de la basura en
que vives, el saco de arena y tus guantes de box desaparecerán y pondrás
cuadros pornográficos en su lugar. Ahora te puede ayudar ese amor que hay en tu
vida, pero si no lo comprendes, si no te aferras a él con todas tus fuerzas, si
sigues cediendo a la tentación en esta forma, perderás el amor y buscarás la
orgía.
- Bien
sabes que no puedo dejar mi trabajo. Sabes de qué se trata. Sabes lo que es la
guerra.
- Allá tú.
Me preguntaste qué debías hacer y te he contestado. No tengo nada más que
decirte.
Entonces
fué cuando cometí un lamentable error:
- Escucha-
le dije-. Tú eres más inteligente que yo. Te daré la mitad de todo lo que tengo
y de todo cuanto gano, si me ayudas a salir de esto.
Me miró
en silencio, sin decir una sola palabra. Me di cuenta demasiado tarde de la
forma en que lo había herido. Vi como a sus ojos asomaron las lágrimas. Se
alejó abrumado por una singular tristeza y cuando estaba ya en la puerta, dijo:
- Treinta
monedas de plata...
Sentí
deseos de pedirle perdón, pero algo me contuvo. Me acerqué al bar y mientras me
servía un vaso de whisky, recordé aquella otra escena silenciosa que parecía
haber ocurrido en un pasado ya demasiado lejano, aquella vez que, en la
iglesia, yo había exclamado ‘mierda’ y él había contestado ‘amén’. Bebí el
whisky de una sola vez, miré las tabletas de estimulante que él había dejado
sobre el mesón del bar, y me dije en voz alta:
- ¡Que
se vaya al demonio!
Bebí
whisky hasta embriagarme.
8
PASÓ EL tiempo.
De pronto, la
máquina en la que yo estaba metido comenzó a funcionar de otra manera, más
intensamente. Nos acercábamos al final de la guerra. Todo era más desesperado.
Cambié de cuidad, me fui a otro país y ahí debí continuar lo que había
comenzado y de lo que ya no podía evadirme. Recordaba a mi amigo sólo de tarde
en tarde.
Cada día me causaba más asombro la
facilidad con que mentía y engañaba, y la facilidad con que todos parecían
creer en mis mentiras y en mis engaños.
Una noche en que había bebido más de lo
necesario para olvidar mi emporcamiento, encontré a mi amigo.
Me miró en silencio y sin darme tiempo
para expresar mi alegría, me dijo:
-Reflexiona un poco. No te busques sufrimientos que
no necesitas.
Sabía
que a él no podía mentirle. Le pedí que no me dejase y él me anunció que iba a
permanecer un tiempo en esa ciudad y que probablemente nos veríamos a menudo.
Fué muy
poco lo que conversamos esa noche. No dejó de intrigarme aquello de que yo
estaba buscándome sufrimientos que no necesitaba. Pero, como de costumbre,
pensé que sería una nueva extravagancia de su parte. En cambio, me hubiese
gustado sobremanera haberle demostrado una mayor hospitalidad y en general
corresponder a su devoción de amigo de una manera más tangible. Cuando le
ofrecí alojamiento en mi casa rehusó cortésmente informándome que su viaje
había sido arreglado por otros amigos con quienes se había comprometido a
alojar, pero que nos veríamos a menudo.
En
nuestra próxima entrevista le pregunté si había leído mis crónicas y él
respondió que sí y que había recortado alguna para conservarla. Esto me llamó
poderosamente la atención. Esperaba que me hubiese dicho algo así como:
"No leo propaganda política", etc. Pero el que hubiese recortado una
de mis crónicas fué, por cierto, una verdadera novedad. Le pregunté cuál
crónica era. La sacó de su billetera.
Yo había
esperado que hubiese sido alguna de esas especulaciones llenas de complejidades
que trataba de presentar un cuadro internacional, citando a magnates de la
banca y a líderes obreros, etc. Pero lo que mi amigo había recortado era algo
muy distinto: un comentario sobre ciertas canciones guaraníes en el que
registraba mis propias impresiones.
-Es muy interesante lo que has observado en esta
música- me dijo-. Corresponde fielmente a un tesoro de sabiduría que el guaraní
aún siente pero que ya ha dejado de comprender, abrumado por la cultura
occidental. Encuentro en ella lo mismo que en todo el folklore del continente:
un hilo escondido en el tiempo. Lee esta obrita yucateca y verás el mismo
contenido aunque en forma distinta.
Y me
obsequió un librito que aún conservo.
Me dijo
que esa crónica era lo que le había inducido a buscarme nuevamente y agregó:
-No te imaginas el bien que tú mismo te hiciste al
escuchar esa música con tanta atención. Vibrará siempre en ti.
Yo
sonreí con no poca suficiencia, y a mi vez contesté:
-Hombre… si quieres música guaraní, en casa la
tengo en abundancia. También tengo dos hermosas canciones mayas, y abundantes
discos de música incaica.
Le
relaté en detalle como había ido formando esta colección y hasta mencioné las
cifras que había gastado en ello. Me escuchó complacido.
-El guaraní tiene una riquísima expresión que
significa que todo cuanto el hombre dice en palabras, en lenguaje humano, es
una porción de la substancia del alma; advertirás que este concepto es similar
a una de las santas verdades del cristianismo cuando afirma que de la riqueza
del corazón habla la boca. Y hay quienes también han dicho que el hombre sólo
puede expresar lo que es. En fin…
A la
noche siguiente cenamos en mi casa y nos hartamos de música guaraní. Pero yo
estaba agitado y nervioso debido a los acontecimientos del día y hubiese
preferido discutir con él mis problemas personales. Escuchó la música con
deleite. Yo bebía whisky. La música era por cierto atrayente, pero yo tenía la
cabeza llena de muchas preocupaciones a consecuencia de mi vida en medio de
tanta intriga. Ya mi situación se hacia demasiado densa y parecía no tener una
sola rendija por donde huir. En ese instante envidié el solaz de mi amigo, la
incalculable paz que había en él y, sobre todo, su seguridad, su aplomo.
Cuando
se puso de pie, poco antes de marcharse, me dijo:
-El guaraní ha hecho más o menos lo mismo que estás
haciendo tú con ese vaso de whisky; ellos beben caña. No es del todo
desagradable, pero beberla para huir de sí mismo es lo más necio que puede
hacer un hombre. Los guaraníes han caído en la misma red de somnolencia en que
has caído tú. Esa música que acabamos de oír es la voz de su alma captada por
un hombre que aún quiere despertar a los suyos. La Voz de la Vida todavía vibra
en ellos, pero ellos se han dejado hipnotizar no sólo por el alcohol sino por
el enciclopedismo occidental que es el veneno que consume a nuestros pueblos.
-No creo
que haya muerto nada en el guaraní-, le dije-. Su virilidad es cosa bastante
clara. Creo que el guaraní es el hombre más valiente que he conocido; lo vi en
la guerra. Y a propósito, fué durante la guerra que conocí su música y la
encuentro tan bella y decidora como la música del altiplano.
-Sí; ambas son genuinos llamados del alma de estas
tierras, pero las formas son diferentes porque corresponden a distintas
latitudes. Ambas son música esencialmente mística. La de origen incaico sigue
el ritmo del movimiento de los cuerpos celestes y no puede ser de otra manera;
es música que abarca, en su compás y en su melodía, todo cuanto nuestra alma ya
sabe acerca del sistema solar y de las incógnitas que presenta la Vía Láctea y
las Pléyades. A más de tres mil metros de altura, teniendo un firmamento
estrellado por todo panorama, el hombre de los Andes tiene forzosamente que
sentir en términos grandiosos. Si su pensamiento estuviese a la misma altura
que su sentimiento, la raza no habría degenerado. Esta degeneración comenzó
muchísimo antes de la conquista; aun así, su degeneración es proporcionalmente
menor que la occidental con relación al cristianismo. Esto se puede observar en
los escritos que sobrevivieron a la catolización del Imperio. El alma de estas
razas aún conserva la suficiente fuerza espiritual; pero, por desgracia, no
sabe actualizarla y la ha escondido en lo profundo de las prácticas católicas.
En cuanto a lo guaraní, la naturaleza semi-tropical en que vive le da otro
ritmo, otra forma, otro sentimiento; pero en esencia dice lo mismo en cuanto a
espiritualidad. Ocurre que muy pocos hombres entienden la realidad de la vida a
través de los sentimientos, de las emociones, y eso ha producido una
civilización de esquizofrénicos. Lo que se ha dado en llamar el subconsciente,
no son sino funciones correlativas que pueden operar armónicamente con la
mente, con el pensamiento. Por eso te digo que si todo este tesoro artístico,
si esta expresión emocional fuese comprendida intelectualmente, las razas de
nuestro continente comprenderían su verdadero destino. Pero ya hay quienes
trabajan para dar luz en este sentido. Por el momento estos hombres son como
Juan Bautista -una voz que clama en el desierto.
-Por lo
que me dices, parecería conveniente revivir las religiones y los mitos de las
razas autóctonas-, le dije.
-No; eso sería necio. En ese sentido nada hay que
revivir porque nada ha muerto. No podemos volver a las formas del pasado; sólo
podemos comprender el principio eterno que anima todas las formas. Hay que
comprender, no hay que disgregar ni dividir. Y esta es una tarea para cada
individuo.
-Se
calcula que en Sud América hay diez millones de indios. Un hombre audaz que
conociese sus idiomas podría organizarlos y sublevarlos. Sería interesante.
Me miró
compasivamente.
-Ya lo ves- dijo-. Ahí, en ti mismo, tienes la
esquizofrenia occidental. Te has saturado de violencia a tal extremo que no
puedes medir la vida sino en términos de destrucción y de muerte.
Pasaron
varios días sin que volviésemos a encontrarnos. Por esa fecha los asuntos de mi
vida estaban complicándose de una manera increíble. La máquina me atrapaba
implacablemente y yo me sentía como un pajarito hipnotizado por una serpiente,
sabiendo que va a morir, que tiene que huir pero que no puede hacerlo. Cuando
volví a ver a mi amigo, le confié los hechos.
-Ya es demasiado tarde- me dijo-. Ahora tienes que
seguir el movimiento de la máquina hasta donde te lleve. No puedes huir; mira.
Y
conduciéndome a una ventana que daba hacia la calle, me indicó a dos hombres
que trataban de disimular su presencia.
-¿Quiénes
son?-, pregunté.
-Estás tan ensoberbecido con tu éxito que no te has
dado cuenta de las cosas. La mentira te tiene atrapado. Son policías que te
siguen desde hace varios días.
Sentí un
golpe en el corazón. No me acobardo fácilmente, y si bien conozco el miedo,
también sé que el valor es justamente dominarlo por muy intensamente que nos
acose. Pero algo en mí temblaba horrorizado ante el crudo hecho de que llegaba
a su fin. Miré a mi amigo, esperando que dijese algo, pero sólo comento:
-Deberías sentirte íntimamente agradecido que se te
presente esta salida. Por lo general para el tipo de intrigas en que tú te has
embarcado, la salida es el suicidio o… un accidente en la calle.
No hizo
mayores comentarios. Me conocía lo suficientemente bien como para saber que no
iba a suicidarme. Y en cuanto al accidente callejero me dejaba frío. Sabía bien
que yo constituía un peligro para muchos y que muchos verían con agrado mi
desaparición. Pero yo había anticipado esta posibilidad y había hecho saber a
todos ellos que llevaba un diario en el que había anotado cosas que el mundo
político y diplomático llama "muy interesantes". Habían varias copias
de ese diario, algunas de ellas en el extranjero, y otras en un banco.
Le conté
estas cosas a mi amigo.
-Una rata acorralada siempre tiene talento-, me
dijo.
Me volví
hacia él con violencia y tenía el puño en alto para golpearle, pero su mirada
me paralizó. Aún ahora no podría explicarme como ocurrió eso. No movió un dedo,
no hizo un solo gesto. Únicamente me miró y yo quedé desarmado por dentro y por
fuera.
-Estás tan podrido que has perdido tu entereza- me
dijo-. ¡Cómo has cambiado! Cierta vez me revelaste la forma como rezabas tus
oraciones en la iglesia. ¿Lo recuerdas? Por necias y pueriles que hayan sido
esas palabras, al menos tu integridad y tu honradez eran de valor. Ahora…
mírate.
9
EL RECUERDO de aquellos días tan remotos en mi
memoria, el verlos surgir ante mí en esa situación, en esas condiciones, me
sacudió. Sin poderlo evitar comencé a llorar como un niño. En ese momento me di
cuenta de cuánto
amaba a mi amigo, de cuánto él representaba para mí. Se alejó a
otra habitación mientras yo dejaba correr mi llanto en un rincón. Cuando me
hube repuesto fuí a buscarlo y lo encontré de rodillas, con los brazos en cruz,
y mirando hacia el firmamento por la ventana abierta.
Sin mostrar el menor apuro, se puso de
pie y, mirándome, me dijo:
-El llanto es un buen purgante, purifica la sangre.
Se
dirigió al cuarto de baño y le vi lavarse la cara con agua fría.
El también había
llorado.
Durante
ese invierno la situación del país se encrespó sobremanera. Estaba demasiado
estrechamente ligada a la guerra. Pero fué en la primavera cuando los
acontecimientos asumieron proporciones sangrientas y ocurrieron una serie de
cosas que determinaron el que yo, finalmente, fuera detenido por la policía y
llevado a la cárcel.
Conveniente
sería registrar algunas de las observaciones hechas por mi amigo y que tienen
relación con los hechos de ese entonces, a pesar de que afirmaba que ningunas
de las cosas que ocurrían eran nuevas.
Yo me
había dado cuenta claramente de la creciente fuerza que iba ganando el presunto
dictador de ese país; estaba haciendo una comedia para explotar los
sentimientos de las masas que le seguían ciegamente en virtud de unos cuantos
beneficios circunstanciales que habían recibido. Mis crónicas destacaban estos
hechos, pero mis jefes protestaban y me acusaban de ser partidario del hombre.
Hubo violencias. Querían una oposición más activa en mis escritos y no parecían
capaces de comprender la necesidad de decir la verdad y encarar la realidad
obvia que estábamos presenciando. Cuando comenté estos hechos con mi amigo, me
dijo:
-Lo único que realmente tiene importancia en
todo este enredo es que la Serpiente Emplumada ya quiere volar, pero tiene las
patas engrilladas a la tierra.
-Por
favor, no me contestes con enigmas.
-No hay enigma alguno en esto. Si en vez de perder
tu tiempo en puerilidades hubieses tomado el hilo de algunas indicaciones que
te he hecho de vez en vez, habrías estudiado algo trascendental, y
comprenderías el enorme significado que para ti tiene la Serpiente Emplumada.
-Todo
eso está muy bien- le dije-. Pero no explica la razón porqué mis jefes son tan
obtusos que no quieren ver la realidad de la situación en este país.
-Es que ellos son serpientes sin alas y sin plumas.
-Seguramente
podría decirme las cosas en formas más clara.
-No quiero decírtelo en forma más clara. La verdad
es siempre amarga para el dormido, porque le saca de su modorra.
-Hace
años que vienes diciéndome lo mismo y aún no entiendo.
-Porque aún duermes.
A medida
que avanzó ese invierno, mis crónicas comenzaron a atraer a varios personajes
de otros países. La situación general parecía incierta. Otros países recibían
informaciones contradictorias. Pero un acontecimiento sobre el cual informé en
detalle determinó una nueva forma de relaciones con políticos y diplomáticos
que llegaban en pos de informes correctos. El acontecimiento fué que el
presunto dictador, siguiendo el atinado consejo de su jefe de policía, hizo una
redada de cuanto opositor destacado había, incluyendo médicos, directores de
grandes periódicos, abogados de renombre internacional, etc., todos los cuales
dirigían el movimiento de la libertad de pensamiento y otra serie de libertades
que mi amigo calificaba, resumiéndolas, en “la libertad de soñar despierto”.
Sobre los jefes políticos, mi amigo dijo que se trababa de una colección de
Pilatos que no podían ser otra cosa salvo en los casos cuando en la comedia
humana cambiaban de papel y eran Herodes que, en más de una oportunidad, se
habían visto obligados a halagar las vanidades de distintos tipos de Salomé, y
degollar a más de un honrado Bautista.
Los
hechos confirmaron más que suficientemente las palabras de mi amigo. Pero a fin
de equilibrar la situación citaré la opinión de mi amigo sobre el dictador y
los suyos:
-Esos son los que más y mejor duermen- decía-.
Sueñan que dominan a las masas y no tienen la suficiente perspicacia para
advertir que gritan ¡Hosana! con la misma facilidad con que gritan
¡Crucificadle!
Pero es
de todos conocido como el final de la guerra confirmó todo esto.
El hecho
fué que los líderes democráticos esperaron pacientemente en la cárcel a que las
masas saliesen a rescatarlos, pero nadie movió un dedo a su favor. Antes bien;
todos aplaudieron al dictador llenos de euforia por haberse atrevido a tocar a
los intocables. Este acontecimiento trastornó la comprensión política y
diplomática de todos.
Obvio
era que este dictador, como casi todos, conocía intuitivamente las pasiones de
las masas y las explotaba bien. La oposición quedó destruida. Pero aun así,
pocos se dieron cuenta de la verdad. Hubo muchos editoriales, muchas protestas,
pero fué bulla y nada más que bulla.
Mis
crónicas, que hasta cierto punto reflejaban las opiniones de mi amigo,
comenzaron a llamar la atención y atrajeron a los hombres que ya he indicado.
Un día llegó uno y le informé en detalle. Este enviado confidencial, sin
embargo, envió a su gobierno un informe de varias cuartillas para concluir
diciendo que era conveniente postergar una decisión, que todo era incierto
todavía. Cuando regresó, dos meses después, volvió a informar a los suyos que
aún había necesidad de postergar cualquier decisión.
Esto me
irritó.
-¿Porqué
engaña Ud. a su gobierno? -le dije.
El
hombre ni se sintió molesto, ni ofendido. Me miró muy complacido y me dijo:
-Yo
también veo la situación como la ve Ud. Pero ocurre que nosotros también
estamos en vísperas de elecciones y aún no se aclara nuestra situación y
todavía no sé qué postura voy a adoptar. Fulano de tal -y citó el nombre de un
gobernante- no tiene ninguna simpatía por Zutano -el nombre del dictador- y tiene, en cambio, muchas posibilidades de
ser el próximo presidente en mi país. Como él ocupa una situación destacada le
envío copia del informe a fin de que como presunto gobernante esté en
antecedentes de los hechos. Un informe terminante, como son sus crónicas,
únicamente serviría para que él olvide mis servicios. En cambio, con varios
informes preparo la posibilidad de que me asignen la embajada en este país. Ud.
amigo, sería un pésimo diplomático.
Este fué
un caso. Hubo otros. El directamente opuesto al anterior fué el del enviado de
un país cuya situación era similar a la que yo observaba. Se dió prisa en tomar
contacto con los hombres del dictador, no ocultó sus simpatías por él y ofreció
comprarme todo el material que yo había acumulado. Chupó como esponja cuanto le
dije. Y en base a eso emitió un informe, del cual me proporcionó una copia,
lleno de las afirmaciones más fantásticas que he leído en toda mi carrera. Yo
mismo había mentido descaradamente para halagar a "mis lectores".
Pero el informe de este diplomático sobrepasaba toda la fantasía y la realidad
juntas. Parecía un cuento de las Mil y Una Noches.
A
renglón seguido me hizo una serie de proposiciones de índole comercial. No era
la primera vez que me encontraba con personas que ocultaban los hechos para
especular con ellos.
-¿Piensa
Ud. que alguien de su gobierno creerá esto?-, le dije.
-No se
preocupe por eso, amigo- respondió. Era un hombre simpático, agradable,
sinvergüenza hasta la saciedad; pero no podía yo condenarlo. Ambos estábamos
atrapados en una máquina.
Mi
asombro fue grande cuando me di cuenta de que su gobierno había aceptado su informe
y estaba actuando en base él. No pude nunca explicarme cómo los hombres que
parecen ser hábiles en los asuntos del estado pueden tener las tragaderas tan
abiertas como cualquier ingenuo.
Este
enviado confidencial, antes de regresar a su patria, me obsequió una billetera
finísima llena de billetes y cuando yo quise, débilmente, rechazarlo, me dijo:
-De
ningún modo, querido amigo. Me ha ayudado Ud. en un magnífico negocio.
Más
tarde supe que el negocio era un fuerte contrabando de materias primas muy escasas
para la industria debido a la guerra.
Le
relaté todos estos hechos a mi amigo.
-Esa es la treta más vieja del mundo- dijo-. Ellos
no tienen la culpa. Son irresponsables. Pero tú, preocúpate de no seguir
engrillando a la Serpiente Emplumada. Recuerda que no puedes servir a dos amos.
Nuevamente
volví a ignorar su prudente consejo.
Los
acontecimientos tomaban velocidad. La policía me vigilaba cada vez más
estrechamente y con la esperanza de salvarme en alguna forma comencé a
participar en muchas conspiraciones contra el dictador.
10
AL MEDIAR la primavera,
con el buen tiempo, se desató una ola de violencias por todas partes, en todo
el país. Los estudiantes comenzaron a alborotar azuzados por los próceres
democráticos que la policía había humillado. Lanzaban uno tras otro manifiestos
escritos cómodamente en un club elegante. Un día hube de entrevistarme con
ellos, a raíz de ciertos acontecimientos en los que varios estudiantes habían
caído presos y heridos. Les informé de los hechos.
-¡Qué barbaridad!- exclamaron-. ¿A dónde
nos va a conducir este hombre?
-Lo saben perfectamente bien- les dije-.
Deben actuar ahora.
-Pero
¿qué podemos hacer?
-Si
tienen miedo de ir a la calle a enfrentarse con matones y policías, al menos no
inciten más a esos muchachos.
-Es que
en ellos el amor a la patria arde en la sangre-, dijo un banquero.
-¡Váyanse
a la mierda, maricones!
Exclamé
con toda la furia que me consumía esos días. Me fuí a casa y mi amigo me
esperaba. Le conté el incidente.
-La Serpiente Emplumada quiere volar- Fué toda
su respuesta.
No
estaba yo de ánimo para estas cosas. Le di la espalda y me fui a mi habitación.
Cuando me hube tranquilizado, lo encontré repasando el cuaderno en que yo
apuntaba sus comentarios y observaciones. Estaba corrigiendo algunas cosas.
-Eres un buen periodista y tienes buena memoria- me dijo-. Has cometido pocos errores.
De cada
cosa notable de mi amigo había no sólo apuntando sus palabras, sino que había
descrito la escena con lujo de detalles, nombres, lugares, fechas, etc. Me
pidió que destruyese toda referencia personal, todo lo que fuese un lugar, una
fecha, un nombre. Dejé solamente los hechos que podían retratarle a él, y de
esas notas sale este relato.
Muchos
de los espías y agentes secretos con quienes yo habían tenido contacto habían
huido a tiempo. Los enemigos de estos agentes, al servicio de otro país,
comenzaron también a vigilarme más estrechamente. No cabía ya duda que mi juego
estaba en descubierto. Un día supe que algunos espías que me conocían estaban presos.
Como de costumbre, confié todo a mi amigo y él me dijo:
-Los que están presos te han delatado; los que han
huido han hablado en otros países. Y estos otros te están usando.
-¿Qué
hacer?-, le dije.
-Recupera tu hombría. O entrégate abiertamente y
cuenta toda la verdad, o sigue hasta el fin y que venga lo que venga.
-Seguiré
hasta el fin-, dije con la esperanza de que algo ocurriese a mi favor.
Comenzaba
a sentir cierta repugnancia hacia mí mismo, y confié esto al amigo.
-Es natural- dijo- . El sueño se convierte en pesadilla porque ya se disipa el efecto de las
drogas psíquicas que has estado tomando durante todo este tiempo. Pero no
desesperes. Algún día descubrirás el enorme secreto de la confesión y su valor,
y entonces sabrás que la Serpiente Emplumada puede volar.
Fué en
esos días cuando descubrí que mi amigo era un actor consumado, que podía
modificar su apariencia casi a voluntad y que podía transformarse en quien
quisiera. El incidente que me permitió este nuevo hallazgo comenzó cierta noche
en que unos políticos con quienes estaba yo en estrecho contacto en la
conspiración me llamaron con grave urgencia. Nos dimos una cita lejos del
centro de la ciudad. Cuando yo salía de mi casa, agitado ante el tono de
urgencia con me habían llamado, encontré a mi amigo:
-Ocurre
algo grave. Fulano me ha llamado. Acompáñeme-, le dije.
El
problema era que uno de los conspiradores, director de un periódico de batalla
y que tenía en ese entonces una circulación bastante notable, había recibido
una advertencia confidencial. Esa misma noche le iban a detener y a encarcelar.
El no dudo de la veracidad del aviso. Se lo había dado un policía que iba a
tomar parte activa en el asunto. Este policía debía ciertos favores de
consideración al director y además estaba a sueldo del grupo conspirador. El
problema era ayudar a huir al director y pensábamos que su huída podía
utilizarse con fines de propaganda. Lo inmediato era, sin embargo, hacerle
desaparecer antes de que la policía lo capturase. Discutíamos varios planes
cuando mi amigo intervino:
-Puede apelar al derecho de asilo-, dijo.
Fue una
indicación valiosa. Yo corrí al teléfono y llamé a un amigo diplomático. Estaba
a punto de decirle nuestro propósito cuando mi amigo me tapó la boca con la
mano y me advirtió:
-Dile que vaya inmediatamente a su embajada, y que
deje la puerta abierta porque llegarás en automóvil.
Así lo
hice. Este diplomático era uno de los que se habían beneficiado con mis cosas,
de modo que accedió fácilmente.
Salimos
de la reunión el director, mi amigo y yo. Tomamos un taxi y cuando yo estaba a
punto de dar la dirección de la embajada, mi amigo dio una dirección
completamente opuesta. Viajamos durante media hora, en silencio. Nos detuvimos
en una pastelería nocturna. Sólo cuando estuvimos sentados a una mesa me di
cuenta del porqué de las precauciones de mi amigo. La policía nos había
seguido. Eran dos agentes que no podían disimular su condición. Vi cómo uno de
ellos telefoneaba. Mi amigo también lo vio y dijo:
-No se atreven a obrar solos. Están pidiendo ayuda.
Ahora utilizaremos una treta muy vieja.
Diciendo
esto se puso de pie y partió al reservado. Nosotros le seguimos. En un W.C.
cambió de ropas con el director. Ambos eran de más o menos la misma hechura.
Hicimos luego una salida deliberadamente sospechosa, uno por uno, en tanto los
agentes de policía nos miraban. Nos reunimos los tres en la esquina y vimos a
los dos agentes acercarse a nosotros con un pésimo disimulo. Cuando estuvieron
relativamente cerca, mi amigo inició una comedia en forma tan natural, que yo
casi me fuí de espaldas. Hizo una aparatosa despedida citándonos para el día
siguiente en tal parte y a tal hora.
Yo
estaba perplejo. Mi amigo había imitado a la perfección la voz y el acento del
director del diario. Hasta caminó de la misma manera. Se acercó a la vereda,
llamó a un taxi y partió. A los pocos minutos vimos como los agentes partían en
pos de él.
El
director del diario y yo estábamos asombrados. El dijo:
-Muy
noble el gesto de su amigo. ¿Quién es?
Yo no le
respondí. Al ver a la policía partir tras de él me invadió un temor muy
singular. Estaba bastante bien informado acerca de los métodos de la policía
como para ignorar la suerte que le esperaba si lograban atraparlo. Comencé
también a sentir una ira abrumadora contra este periodista que estaba ahora a
salvo y libre del peligro de ser torturado por la policía.
En cambio, a mi
amigo no sólo lo maltratarían confundiéndolo al comienzo con el director, sino
que terminarían dándose cuenta de la verdad de los hechos al día siguiente
cuando la embajada X notificase al gobierno acerca del director que había
asilado. Mientras pensaba en todas estas cosas, este hombre que estaba conmigo
parloteaba del modo más insoportable. Yo no le prestaba atención. Pero alcancé
a coger una frase con que terminó un discurso:
-La
lucha por la libertad de prensa por cierto que es amarga.
Esta
frase cayó sobre mí en tal forma que no pude menos que sentir un desprecio
indescriptible por todos los conspiradores de este tipo, hombres que siempre
utilizaban los sentimientos ajenos para salir bien librados y luego medrar con
el sacrificio ajeno.
-¡Maricón!-
le grité lleno de cólera.
-¿Cómo
dice?-, me preguntó él extrañado.
Le tomé
por las solapas, lo arrimé contra la pared y volcando sobre él todo el odio
contenido en mi mente, le dije:
-Le he
dicho que es Ud. maricón. Le digo ahora que Ud. y toda su colección de
maricones pueden irse a la misma mierda con toda su libertad de prensa. Mi
amigo nada tiene que ver con estas porquerías. El que yo me arriesgue no tiene
importancia porque estoy con Uds. únicamente por ver el modo de salvarme a mí
mismo. Yo soy tan sinvergüenza y tan hipócrita como Uds. Pero ya no me engaño.
Y si ahora le voy a ayudar es porque lo necesito para ayudarme a mí mismo. Lo
que debía hacer es romperle la cara y entregarlo a la policía para que ellos
terminen con Ud. Me preocupa mi amigo y no Uds. y sus imbecilidades. Vamos,
imbécil; allá en la embajada le espera café, coñac, cigarrillos y una cómoda
cama para que sueñe con toda la gloria que le voy a fabricar con la crónica que
escribiré sobre esto.
Lo
extraño era que, a la vez que cólera, sentía cierta compasión hacia este
hombre. Era uno de aquella legión de ilusos que en los primeros tiempos de la
revolución había considerado imposible que un aventurero se adueñase del poder.
Lo que más me irritaba era que se había encastillado en el sueño de que el
pueblo iba a defender lo que hasta entonces era tradicional en ese país y que
nadie había osado tocar. Pero ya los hechos lo habían sacudido. Y ahora se
hallaba poco menos que perdido, sin saber qué hacer fuera de pedir ayuda a
quien quisiera dársela, como mi amigo.
Cuando
estuvimos en un taxi, me cercioré de que nadie nos seguía. De todos modos, para
mayor seguridad, cambiamos de taxi varias veces. Durante estas maniobras
comenzó a dar señales de miedo y quiso entablar una conversación. Le dije
bruscamente:
-¡Cállese!
-Pero…
No le
dejé continuar. Tomamos el primer taxi que pasó, y partimos hacia la embajada
de X.
-¿Tiene dinero
consigo?-, pregunté al director.
Sacó su
billetera y me dijo:
-¿Cuánto
necesita?
-Todo
eso-, le dije y le arrebaté la billetera de la mano.
-Me voy
a quedar sin un céntimo.
-Pero
con el pellejo sin un rasguño y con una corona de laureles. Pague algo
siquiera. Ud. puede obtener dinero en cualquier parte. Este dinero irá a esos
muchachos que han perdido su libertad y quizás hasta la salud a causa suya.
-Ud.
está de parte del Fulano-, me dijo nombrando al dictador.
-Piense
lo que le dé la gana. Ya no me importa nada.
Le
entregué en la embajada. Consulté con los funcionarios hasta que punto podía
extenderme en mis escritos. Nos pusimos de acuerdo y la escribí ahí mismo. Me
alegré mucho cuando el embajador me dijo que conforme al derecho internacional
no podía hacer figurar una entrevista política con el asilado. Me sentí
agradecido por eso; al menos, disminuía el caudal de mentiras que escribiría
acerca de él; lo había pintado como un héroe, como un hombre audaz que había
logrado burlar a los esbirros del dictador.
El
embajador de X, uno de los pocos hombres sobrios y sensatos que había entonces
en la diplomacia en ese país, sonrió cuando le mostré mi crónica.
-¿Por
qué no se gana la vida escribiendo novelas policíacas?-, me dijo.
En ese
instante llegó el mozo con café, coñac, cigarrillos y sandwiches. Al poco rato
llegó el secretario del embajador con el asilado. Me miró en son de reproche y
me di cuenta de que estaba enterado del incidente y del dinero. Pidió una
palabra a solas con el embajador, pero yo me adelanté:
-Señor
Embajador- le dije-. Un amigo a quien quiero mucho está posiblemente ahora en
manos de la policía para que este hombre se salve. Este individuo es para mí
una noticia y nada más. En el taxi le arrebaté su dinero. Aquí está (y coloqué
la billetera sobre la mesa). No lo he contado, pero me voy a quedar con él, y
el uso que le dé es cosa mía. En esta crónica Ud. ha visto como digo que este
hombre, en un gesto final, entregó una fuerte suma para ayudar a la causa y a
los que luchan por la libertad. Pues voy a convertir esa aureola en una verdad
literal. Uds. son testigos de que este hombre ahora hace esta donación
voluntariamente.
El
embajador estaba incómodo y molesto. El secretario, sorprendido ante mi
audacia. El asilado me miraba con la boca abierta. Pero el más sorprendido de
todos era yo mismo. No quiero en forma alguna justificarme denigrando a esos
revolucionarios de salón, pero tampoco puedo dejar de mencionar que me
producían ya un asco insoportable. Y que este asco se extendía hacia mí mismo.
Me daba cuenta de que estaba pegándole a un hombre caído, a un hombre que había
confiado su vida y su libertad en mis manos. Mis sentimientos eran sumamente
contradictorios. Le miré amenazante y con un tono de voz que jamás hubiese sospechado
en mí, le dije:
-Bien…
¿qué dice Ud.?
Y él,
comenzando un poco torpemente, miró al embajador y me dijo:
-Comprendo
que lo inesperado de la decisión de su amigo lo haya alterado. Desde luego, le
disculpo la manera como me ha tratado. Es Ud. un ser noble que está tratando de
ocultar su nobleza. Disponga de ese dinero y permítame darle las gracias por
todo.
Me
extendió la mano. Yo sentí tal repugnancia que a duras penas alcance a darle la
mía. Me sentía sucio por dentro, sucio de corazón.
Y parece que
esto habló en mí:
-Le he
dicho que soy cualquier cosa menos noble y desinteresado. Soy tan mentiroso y
tan sinvergüenza como Ud. Al menos no seamos hipócritas.
El
embajador intervino en ese instante:
-Si no
le conociese, le pediría que se marche en este instante. Está Ud. alterado. No
beba más. En cuanto a su amigo, aun cuando el señor se entregase
voluntariamente a la policía, nadie puede ayudarlo. Yo por cierto que no puedo
hacerlo sin convertir a mi gobierno en un partícipe abierto de sus actos. Demos
por terminado este hecho. Oficialmente sólo sé que el señor ha venido a pedirme
asilo y se lo otorgo. Aparte de esto, no sé nada más.
Cambiamos
media docena de frases protocolarias. El asilado se marchó con el secretario.
El embajador cerró la puerta y quedamos a solas. Charlamos durante un largo
rato sobre cosas que nada atañen a este relato. Cuando nos despedimos, me dijo:
-Lo
único que le pido es que no me convierta la embajada en un hotel. Ya hemos
pasado por esto en España y estoy un poco viejo para estas cosas.
Esa
noche no pude dormir cavilando en la suerte de mi amigo. Traté de ubicar a un
espía que teníamos en el cuerpo de policía; no logré dar con él. Pero a la
mañana siguiente, a primera hora, mi amigo se presentó en mi casa. Yo estaba con
los ojos irritados por la falta de sueño, por el exceso de alcohol que había
bebido durante toda la noche. Su sonrisa me infundió ánimos, le eché encima los
brazos y estuve a punto de llorar de alegría. Pero él me serenó con su
tranquilo:
-No pierdas la cabeza.
Preparamos
café. Antes del desayuno me hizo tomar una revoltura efervescente y me
aconsejó:
-No te vendrá mal un baño turco. Será interesante
ver a ese gordito de la policía transpirar junto con nosotros.
Se
refería a un agente que me seguía los pasos.
Yo le
conté todo lo ocurrido la noche anterior, y esperaba que me reprochase, pero lo
único que me dijo fué:
-Ya has comenzado a darte cuenta de que la libertad
de que todos hablan es un mito fabricado por ellos mismos y para sí mismos. Has
comenzado a sincerarte contigo mismo. Lo que ahora sientes como reproche es
justamente el primer albor de la libertad.
-Pero le
he robado el dinero, he abusado de su condición. Yo tengo bastante dinero, y
además he dejado al embajador en una situación incómoda.
-A veces sabemos mucho de corazón, pero nuestra
ineptitud mental lo distorsiona todo. Pero no importa. Lo interesante es que no
te has ocultado tras alguna frase altisonante para justificar tu violencia. En
cuanto al embajador, no te inquietes. Te ha visto como te veo yo. Es uno de los
nuestros.
-¿Quiénes
son los nuestros? ¿De qué se trata?-, le dije.
-Ya los irás reconociendo con el tiempo.
Quien tiene ojos para ver reconoce siempre a los suyos. Por otro lado, ese
dinero te hará falta.
11
CREO QUE mi amigo podía
adivinar el porvenir. Ninguno de sus pronósticos había fallado hasta entonces.
Este tampoco. En cuanto se corrió la voz de lo que yo había hecho, esto de
haber ayudado a huir al director, mi vida sufrió otro vuelco inesperado. La
parte obscura de mi conducta, naturalmente, quedó en silencio. Los disturbios
en la ciudad aumentaban. Los estudiantes alborotaban con una huelga tras otra.
Un día llegaron dos a mi casa. Mi amigo me ayudó a hacerlos huir a un país
vecino. Tomó el dinero que yo le había arrebatado al director (que ya estaba
escribiendo sus heroicidades en el extranjero y su fantasía superaba en mucho a
la mía) y lo distribuyó entre ambos. Yo quedé con un palmo de narices al verle
hacerse cargo de toda la situación y al oírle decir que debía yo ahora
dedicarme a despistar a la policía para quedar él con las manos libres en esta
tarea.
Pronto debimos arrendar un departamento
en otra parte de la ciudad. Durante varias semanas jugamos ambos a Pimpinela
Escarlata. Mi dinero se agotó rápidamente. El combustible estaba racionado,
pero mi amigo se las arreglaba para obtener cupones. Utilizábamos automóviles
diplomáticos y fiscales para nuestra empresa. Cuando vi que el dinero se
agotaba comencé a obtenerlo mediante amenazas a los señores del aristocrático
club donde aún planeaban la manera de dar "apoyo moral" a estos
estudiantes. Los espías con quienes todavía mantenía relaciones se sumaron a
nuestra empresa y aún contribuyeron también con dinero. Mi amigo asumió la
dirección efectiva y real de todo el sistema que fué montándose velozmente.
Tenía un modo tan poco conspicuo de hacer las cosas, que nadie hubiese pensado
que todos los planes los elaboraba él.
Por mi parte, yo estaba con los nervios
deshechos. Mi amigo se limitaba a observarme. Aumenté la dosis de estimulantes
para mantenerme despierto y activo. De día tenía que desempeñar mi función de
periodista como si nada anormal ocurriese. De noche tenía que ayudar a mi
amigo. Aprendí muchas cosas llevado por la necesidad. Un día, en una hora
tranquila que tuvimos para charlar, le conté a mi amigo cuán mal me sentía por
dentro, cuánto asco me producía ya esta vida de engaños, mentiras y
sobresaltos. El se limitó a sonreír.
Pocos
días después llegó la hora de la desilusión.
Una
mañana, hacia fines del verano, llegó una partida policial a mi casa. Uno de
ellos -en tanto que los otros revisaban mis cajones, cortaban el teléfono y
cumplían con sus menesteres de aislarme- preparó desayuno para todos. Todos
fueron muy amables, muy gentiles. Tan sólo uno estaba sentado en un sofá con
una automática en la mano. Lo extraordinario es que ante todo esto, comencé a
sentirme tranquilo, sereno. Y dije a este policía armado:
-Amigo:
guarde su pistola. Le aseguro que estoy demasiado cansado para resistir o
siquiera tratar de huir.
Mi casa
quedó a cargo de la policía. Yo fui a parar a una comisaría donde me sometieron
a los interrogatorios más absurdos que darse pueda. A juzgar por la manera como
me hacían las preguntas, y a juzgar por las preguntas mismas, parecía que ellos
necesitaban construir un caso tan sensacional que sirviese de base a algo
igualmente sensacional. Estuvieron a punto de persuadirme que yo era el ser más
peligroso que darse pueda. Pero yo ya no tenía resistencia alguna, ni interna
ni externa. Falto del estimulante, mi sistema nervioso reposaba. Yo decía que
sí a todo, y no me daba la molestia de negar nada. Los cargos eran tan
fantásticos, que yo firmaba una declaración tras otra sin siquiera leerlas.
12
ASÍ TERMINO mi vida. Mi carrera también. Esperaba
verme envuelto en alguna de aquellas crónicas escandalosas similares a las que
yo mismo había escrito muchas veces. Y me reí. Pensé que sería justo servir de
tema alguna vez y no me preocupaba en absoluto lo que bien sabía que dirían de
mí los diarios, ni lo que pensarían mis compañeros. Nada me importaba un
comino. Sólo quería descansar.
Pero la policía se encargó de detener el
escándalo a tiempo. Por mi amigo, algún tiempo después, supe que había ordenado
que los diarios dijesen que yo no estaba detenido y que posiblemente estaba
veraneando en alguna parte. El verdadero motivo de esta decisión solamente lo
conocía yo, pero es asunto tan turbio que no corresponde a este relato y en
este asunto no intervino mi amigo para nada.
Durante los primeros días de aislamiento
en una celda, traté de recordar muchas de las cosas que me había dicho mi amigo
y que yo había apuntado. Pero no tenía mi libreta a mano. Comencé a ver la vida
y las cosas humanas de un modo muy curioso, como si estuviese aislado de ellas.
Esto se debió a que en un momento recordé algo que él me había dicho acerca de
la clave de El Sermón de la Montaña, de una clave que estaba oculta en las
primeras frases: “Y viendo las gentes,
subió al monte”.
Mis
desilusiones y todo lo que había contribuido a esto, ¿sería eso el ‘ver las
gentes’ de que habló mi amigo? ¿Y qué sería ‘subir al monte’? Pensé que el
monte sería algo así como la tranquilidad interior que me invadía al recordar a
mi amigo, una tranquilidad como si supiese que él me daría la respuesta a todas
las preguntas que comenzaba a formularme. Por cierto que en ese aislamiento
pude ver la revolución, mi carrera, mis años de juventud, de un modo bien
diferente. Me di cuenta de cuán necia, cuán inútil había sido mi agitada
existencia y que una vida así no podía conducir a parte alguna, que no tenía
sentido.
No me
pude explicar que había ocurrido con los sentimientos de aquellos estudiantes
que amedrentados ante el peligro policial habían llegado a mi casa en busca de
ayuda. No podía explicarme cómo era posible que ahora y voluntariamente
estuviesen declarando en mi contra en el sumario.
Eventualmente
fuí enviado a una cárcel y quedé en paz.
La
primera visita de mi amigo ocurrió en presencia del comisario interrogador. Le
pregunté por los amigos; y su respuesta fue típica:
-Aquí estoy-, me dijo.
-No me
refiero a ti, sino a fulano, a zutano, mengano, etc.
Me miró
compasivamente, y con un tono ficticio contestó:
-¿Esos? Esos son hombres libres. Están disfrutando
de una hermosa siesta.
-Imagino
que les va bien.
-Al único a quien le va verdaderamente bien es a
ti. Pero esto no lo entiendes todavía.
Y
dirigiéndose al interrogador policial, dijo:
-Este hombre necesita descanso. Sobre todo,
necesita reflexionar. ¿Podría Ud. ayudarlo? Ya que Ud. ha estudiado filosofía
quizá algunas palabras suyas le sirvan de algo.
Ignoro
qué conversaciones previas había tenido mi amigo con este policía. El caso es
que parecían ser amigos de confianza. El policía, aclarando la garganta y en el
tono de un conferenciante que va a dilucidar el misterio de la vida, comenzó a
hablar tal cúmulo de vaciedades que hube de disimular mi risa encendiendo un
cigarrillo. No me atreví a mirar a mi amigo a los ojos. El discurso terminó más
o menos de la siguiente manera:
-Nosotros
prestamos un servicio al estado para bien de la comunidad. La patria está por
sobre todo. Pero también somos humanos. Ud. ha confesado. Nos ha ahorrado
trabajo y dinero. En tanto que la superioridad dictamine sobre su caso, yo me
encargaré que lo pase bien. Los delitos políticos merecen nuestra consideración
de caballeros. Esto es como un match de box: Ud. ha perdido, nosotros hemos
ganado. Eso es todo.
Su
hipocresía era repugnante. Yo había visto algunos de los rostros de los
estudiantes que habían acudido en demanda de auxilio a mi casa. Y me di cuenta
de que mi amigo, de algún modo, había influido sobre este hombre para que se
convenciese de sus propias palabras.
El
policía sacó un juego de ajedrez. Pidió café para todos y comenzó la partida.
Duró varias horas y pude darme cuenta de que mi amigo hacía un juego de
comedia; simulaba esforzarse en ganar, pero perdió deliberadamente. Al final,
el policía le dijo:
-Es
preciso que juguemos otra vez. ¡Cuánto me ha costado vencerle!
El
hombre estaba radiante. Durante la partida lo había visto palidecer a menudo.
Al final, dijo muy amablemente:
-Hay que
festejar esta victoria. Le ruego que acepte mi invitación a una cena.
Mi amigo
me miró a mí antes de responder, pero el policía agregó:
-Iremos
con él también; pero sería bueno que empeñase su palabra de honor de que no
tratará de huir.
Mi amigo
dijo:
-Yo respondo por él.
La
comida del penal era odiosa, de modo que disfruté con la idea de una cena en un
buen restaurant. El policía sacó del cajón de su escritorio la pequeña
caja-fuerte de metal donde yo siempre tenía una buena suma en efectivo y que la
policía había secuestrado "para la investigación". Le ví echarse un
puñado de billetes al bolsillo.
Cenamos
bien y alegremente los tres. Mi amigo
era una persona completamente distinta. Parecía
admirar a este policía como un niño admira a su padre. La conversación se
entabló entre el policía y yo. Viéndole tan vanidoso, le dije:
-Mire
Ud. Mi carrera como periodista ha terminado gracias a Ud. Pero creo haber
descubierto una posibilidad para el futuro. Cuénteme Ud. sus pesquisas más
interesantes y juntando eso con los antecedentes que yo tengo del servicio
secreto, podría escribir un buen libro de aventuras. Este es un género poco cultivado
en nuestros países.
-Lo
pensaré-, me dijo gravemente. Después de un momento, agregó-: sí, creo que Ud.
lo podría hacer bien. He leído sus escritos y me agrada su estilo.
-Gracias-,
le dije.
-¿Cómo
me describiría Ud. a mí?
-Bueno…
sería primero necesario desfigurar su nombre, ¿verdad? Pero hacerlo de tal
forma que se supiese de quien se trata. Luego habría que modificar la
descripción de su físico. Esos son detalles importantes. Creo que sería mejor
que el personaje lo describiese Ud. que tiene más experiencia en la psicología
del contra-espionaje. Yo sólo conozco la del espía y no es muy buena que
digamos puesto que estoy preso.
-Me
parece una buena idea. ¿Qué piensa Ud.?, le preguntó a mi amigo.
Yo me
puse a temblar. Cualquier expresión cáustica de su parte podía empeorar mi
situación. Lo miré con ojos suplicantes. Y él, sin quitarme los ojos de encima,
contestó:
-Quien ignora su propia psicología, ignora la de
los demás. Esto es obvio, ¿verdad?
-Desde
luego, desde luego-, dijo el policía mirando muy gravemente el mantel como si
ponderase algún grave problema filosófico. Mi amigo
continuó:
-Puesto que la ignorancia de sí mismo hace que uno
vea siempre distorsionada la verdad que no quede ni sombra de ella, creo que
hay una diferencia notable entre la psiquis suya y la de mi amigo. Para los
fines de esa novela, cuyo héroe es un agente de contra-espionaje, Ud. resulta
el más indicado para describible porque así no distorsionará ni un ápice su
propia concepción subjetiva. Naturalmente, puedo estar equivocado; ya ve Ud.
que cuando lo tenía en jaque, Ud. demostró fielmente aquella cualidad que acabo
de citar. Si me equivoco, le ruego que me lo diga.
El
policía parecía haberse elevado a las nubes. Su sonrisa era tan beatífica que
hube de hacer un gran esfuerzo para contener la risa. Ponderó las palabras de
mi amigo con una expresión tal de gravedad que, durante el primer instante,
pensé que se había dado cuenta de que, en resumen, mi amigo le había dicho:
‘imbécil’. Pero mis temores no tenían fundamento. Al cabo, alzando la cabeza
como quien ha tomado una gravísima determinación, nos dijo:
-Sus
observaciones son sumamente atinadas. Desde luego, no está Ud. equivocado. Mi
concepción subjetiva es justamente uno de los valores psicológicos que me han permitido
tener un extraordinario triunfo en mi carrera. Como bien lo dijo Ud., la enorme
diferencia entre mi psiquis y la del señor (no dejó de llamarme la atención lo
de ‘señor’) me permite justamente una concepción subjetiva tal que de la
filiación -perdonen Uds. la terminología policial- del héroe del servicio de
contra-espionaje resulte todo un capítulo interesante.
Yo le
miraba con la boca abierta, pero él continuó:
-No le
extrañe, querido adversario- me dijo-. He nacido con un gran talento psicológico.
La verdad es que me costó mucho persuadir a mis superiores para que adoptásemos
el método psicológico para nuestro servicio. El imperativo categórico hace
innecesarios los métodos antiguos llenos de brutalidad. La psiquis es un factor
importante en el espionaje y en el contra-espionaje. Ud. perdió este round,
querido contrincante, porque Ud. es solamente un aficionado en cuestiones de la
psiquis, no debía haberse apartado de su profesión de periodista.
Este
hombre se enamoró perdidamente de las palabras ‘psiquis’ y ‘subjetivo’. Durante
mi prisión pude oírlo muchas veces explicarlas a sus subordinados.
Mi amigo
lo manejaba a su antojo; obtenía de él lo que quería, pero nunca hizo el menor
esfuerzo por obtener mi libertad. Y cuando se lo reproché, me dijo:
-Estás mejor acá que allá afuera. Al menos, acá
estás bien acompañado y hasta es posible que despiertes.
Pasaron
los meses.
Pero ya
llegamos al final de esta historia.
Una
tarde, mi amigo llegó a la cárcel y me dijo:
-Fulano (el de la ‘psiquis subjetiva’) me ha dicho
que te deportarán dentro de dos semanas, o quizás antes. Te tratará bien hasta
entonces. Yo debo marcharme, pero nos veremos pronto.
No pude
ocultar mis lágrimas. Obvio era que él también lo sentía, pero estaba tan bien
protegido por su sonrisa y serenidad que no reveló sino cariño y buena
voluntad. Fué entonces cuando me habló acerca de aquellas cualidades
indicativas de la “promesa de un despertar”.
Quedé
solo y amargado.
Al cabo
de diez días fuí notificado de mi expulsión. También me informé que mi
filiación había sido enviada a todas las policías de todos los gobiernos del
continente y que varios de ellos, cada uno a su manera, había agregado o
suprimido algo obtenido de "fuentes reservadas y confidenciales".
Bien sabía yo quienes constituían estas fuentes y los motivos de su
contribución a mi dossier, pero eso
ya no tiene importancia.
Toda
esta época la veo ahora tan remota que me cuesta recordar algunos incidentes.
La chicanería de algunos hombres es una cosa tan patente en ciertos casos que
quizás a eso se refiera mi amigo cuando habla de los hombres de barro en el
escrito que va a continuación de éste.
Pero aún
falta la última escena a su lado y lo que ella determinó.
Una
mañana de Mayo partí en un tren internacional con destino a un país fronterizo,
justamente al país que había enviado a aquel simpático y sinvergüenza agente
confidencial que me obsequió la billetera. Una hora antes de enviarme al tren,
el ‘imperativo categórico de la psiquis subjetiva’ me hizo conducir a su
despacho y en tono solemne me dijo:
-Joven:
si de mí dependiese lo dejaría en libertad. Lo hubiese dejado marcharse hace
mucho tiempo. Total, una vez descubierto su juego, el espía es cosa inútil sino
muerta. Eso es lo que mí me importa. Puede Ud. rehacer su vida conforme a sus
deseos. Aquí tiene el argumento general de mis más importantes pesquisas en el
contra-espionaje. A Ud. lo hago figurar como el más difícil de todos.
Naturalmente que he debido exagerar la nota en este caso a fin de poner su
psiquis a la altura de la mía. Le recomiendo no alterar nada del capítulo en
que expongo mi psiquis. Me he disimulado lo más que he podido. Buena suerte, y
escríbame enviando copias de lo que vaya produciendo. Estoy a sus órdenes.
Cambió
de tono, volvió a su escritorio, saco de mi caja-fuerte el dinero y agregó:
-En
cuanto a su viaje, la ley le permite sacar del país solamente tantos pesos.
Cuando fué detenido, había en esta caja tantos pesos (siete veces la cifra que
la ley me permitía llevar). En consideración a la simpatía que Ud. ha
despertado, le permitiré llevar el doble de lo que autoriza la ley. Se ha
gastado tanto (más de la mitad de la suma original) en su manutención,
peluquería, etc. Del resto, disponga Ud. como guste.
Como ya
nada podía causarme asombro, le dije:
-Seguramente
caerá en sus manos algún otro espía de psiquis tan baja como la que tengo yo.
Le ruego utilizar a favor de él lo que quede de mi dinero, como obsequio de un
colega a otro. Quizás el otro no disponga de dinero.
Me
entregó el dinero, el pasaporte, etc. Y sin esperar a que yo me hubiese ido
tomó el saldo y lo metió en sus bolsillos. Nos despedimos, pero cuando estaba
en la puerta me volví y le dije:
-Voy a
viajar hasta la frontera con uno de sus hombres. ¿Cuál de los dos guardará este
dinero?
Tenía
razones fundadas para dudar del altruismo de los policías.
-Conforme
a la ley, debe guardarlo el agente que le acompañe y entregárselo en la
frontera. Pero en su caso haremos una excepción.
Y llamó
al agente que aguardaba en la puerta con las esposas listas para ponérmelas en
las manos.
-Este
detenido va a su cargo por orden del ministro. Y lleva Z pesos. Eso ha sido
autorizado oficialmente. Los llevará él. ¿Entendido? Además, no hará falta que
le ponga esposas. Vayan como amigos.
-Sí,
señor-, respondió el agente.
Cuando
nos marchábamos, volvió a llamar al agente y pude oír que le decía:
-Seguramente
querrá comprar algo especial en el viaje. Tenga.
Era
obvio que le había entregado una parte de los fondos que yo había legado a
futuros espías desheredados de una ‘psiquis subjetiva’.
El
agente salió radiante, y con la mayor de las consideraciones, tomó mi maleta y
me dijo:
-Cuando
guste, señor.
El viaje
duró dos días y una noche.
13
DURANTE EL viaje me repetí a menudo: “Y viendo las
gentes”, sin atinar a sacar nada en limpio salvo una desilusión completa acerca
del género humano y de mí mismo.
Debía aún viajar cinco días y
atravesar dos países antes de llegar al punto donde quería residir y donde
esperaba hallar trabajo como periodista.
Al llegar a la frontera me despedí del
agente. Era un buen muchacho.
Quedé
solo en la cabina del tren. Pensé en mi amigo. Tenía demasiados dilemas que no
sabía cómo afrontar. Mi reputación estaba por los suelos. Me sería difícil
hallar trabajo en un cargo de responsabilidad como el que había tenido. Como
muchos, yo había sido una víctima más en esa enorme máquina que es la guerra
total. No contaba con amigos fuera de él. Y esperaba confiado el momento de
verlo nuevamente, pues si lo había prometido seguro era que lo cumpliría.
Inesperadamente,
en una estación pasada la frontera, subió al tren.
-¿Has aprendido ya bastante?-, me dijo-. Vamos a ver si puedes sacar provecho de esta
lección. Es posible que aún debas sufrir como resultado de todo cuanto has
hecho. Pero no desesperes. Procura prestarle atención a aquel Juez Interno de
que te hablé. Si así lo haces, si no emprendes nada nuevo, con el tiempo
terminará la inercia de las cosas que tú mismo has puesto en movimiento.
Eso fué
lo último que me dijo. Me entregó la libreta de apuntes de las cosas que yo
había anotado, y no volví a saber más de él salvo cuando recibí la carta que
reproduzco más adelante y que me pidió que publicase en parte.
Al
llegar a la ciudad donde debía hacer ciertas gestiones para poder seguir viaje,
encontré la misma situación política que acababa de dejar atrás.
Al día
siguiente de mi llegada recibí la visita de aquel agente confidencial, el de la
billetera.
-Me
felicito que haya venido- me dijo-. Acá podemos utilizar sus servicios.
-Gracias
por recordarme -le contesté-. Pero estoy cansado-.
Y le expuse mi
situación personal, mis obligaciones y el sufrimiento que ya había causado a
los míos.
-No se
preocupe por eso- insistió-. Su experiencia nos será valiosa. No hay nada
arriesgado. Además, le pagaremos bien.
-Reitero
mi gratitud, pero prefiero seguir de viaje.
Pero él,
cambiando de tono, me dijo:
-No está
Ud. en situación de rechazar nuestro pedido. Si quisiéramos podríamos detenerlo
nuevamente como sospechoso. Ud. conoce bien cual es nuestra situación y le
aseguro que nosotros no vamos a permitir que amigos diplomáticos lo ayuden. Ud.
no tiene amigos acá, tiene muy poco dinero y no podrá encontrar trabajo.
-De
todos modos- le dije-, supongo que Ud. no se va a aprovechar de mi condición
para obligarme a hacer algo que no quiero hacer.
-La
patria está por sobre todo-, contestó.
No pude
contener una sonrisa de desprecio.
-Bien sé
que acá las garantías constitucionales están suspendidas, que deben Uds.
protegerse bajo un permanente estado de sitio. Sé que estoy en una situación
desmedrada y que dependo de Uds. para poder reintegrarme a los míos. Pero así y
todo, créame también que prefiero que me maten antes de seguir en este tren de
farsa y mentiras.
El
hombre se puso lívido. Me cruzó la cara de un golpe y yo que tan sólo unos
meses antes lo hubiese muerto ahí mismo, me sentí sujeto y no dije ni hice
nada. Algo extraño ocurrió en mi interior, algo que no puedo explicar, y, sin
embargo, no era miedo. Era algo muy singular. Al sonreír, percibí una gran
calma en el pecho. El hombre se sintió avergonzado, lanzó media docena de
amenazas más y se retiró. Desde el balcón del hotel lo vi sentarse en un banco
en la plaza pública. Al cabo de unos momentos, mientras me afeitaba, volvió a
presentarse.
-Discúlpeme-
me dijo-. Debí haber tenido en cuenta todo lo que Ud. acaba de sufrir. Pero le
ruego que acepte la invitación del ministro (citó un nombre) a almorzar. Quizás
entonces cambie de opinión.
No me
negué.
El
motivo del almuerzo era muy simple. Había una conspiración en marcha para
deponer al presidente y colocar al ministro en su lugar. Para esto era
necesario sondear ciertos ambientes. Le expliqué que profesionalmente estaba
desacreditado.
-Eso lo
podemos arreglar fácilmente-, me dijo.
Nombró
un diario de oposición y me dió a entender que los propietarios que también
eran dueños de grandes intereses en la riqueza natural del país, no verían con
malos ojos mis colaboraciones.
-No- le
dije-. Estoy cansado de todo eso.
-De
todos modos píenselo unos días. En mi oficina tengo un dossier muy interesante sobre Ud. y sobre sus ideas políticas.
También me doy cuenta de que es Ud. discreto.
Era una
amenaza que no podía pasar desapercibida.
Me
encontraba nuevamente en las redes de una de esas abominables intrigas
políticas de los países sud-americanos, una máquina llena de mentiras, crímenes
y extorsión.
Desilusionado,
pensé esa tarde en el suicidio.
SENTÍ QUE me ahogaba. No
podía huir aun cuando quisiese. La policía me vigilaba. Tomé un tranvía y partí
a las afueras de la ciudad. Por la actitud de la gente, por su manera de hablar
y por muchas indicaciones que un observador experimentado fácilmente aprende a tomar
en cuenta, advertí que cualquiera que iniciase un movimiento contra el
presidente actual podía triunfar. Las gentes también querían disfrutar de la
libertad de cambiar de amos. Después, nuevamente querrían deponer a quien ellas
mismas hubiesen llevado al poder.
Los años de mentiras sumadas a más
mentiras habían terminado por hacerme sentir desprecio no sólo a mí mismo, sino
a todo el género humano. Sin embargo, algo cambiaba en mi interior y noté que
mi desprecio no era tan cáustico ni tan poderoso. Era algo así como resignación
al ver a las gentes. Me repetí ‘Y viendo las gentes’; ponderé sobre ello pero
mis pensamientos volaron a mi amigo y olvidé esto.
De pronto me asaltó el deseo vehemente
de rezar.
Hallé
una capilla llena de indígenas. Los observé y sentí cariño hacia ellos. Me
arrodillé en un rincón y comencé a charlar, como antes, con un Cristo
Crucificado. Le relaté en detalle todo lo que me ocurría, y terminé diciendo
así:
-A
juzgar por los hechos parece que utilicé muy mal la inteligencia que me diste.
¿Por qué no me das una nueva oportunidad? Si te es posible dame otra clase de
inteligencia, una que no sólo me permita salir de este enredo, sino también que
me permita vivir en paz con mi amigo.
Elevé
los ojos a la cara del Cristo.
No sé si
sería la imaginación acicateada por el deseo, pero creo que le vi sonreír.
Cuando
volví a la ciudad, ya de noche, me refugié en la habitación del hotel.
Sobre el
velador encontré un mensaje de un ex-diplomático a quien había conocido muchos
años antes y que ahora ostentaba en su membrete el título de Senador. Llamé al
teléfono que indicaba y él mismo respondió. Fué muy amable. Me dijo que se
había enterado de mi paso por la ciudad, que echaba de menos mis crónicas en
los periódicos y que tenía un vivo interés de conversar conmigo. Ofreció venir
al hotel a buscarme.
Me
sentía ya sin fuerzas para rechazar.
Cuando
estuvimos juntos nuestra cordialidad era un artificio. El hombre estaba
enterado de todo, pero lo disimulaba. Un senador no busca a un periodista de
esa manera para sólo recordar tiempos pasados en una capital amable. Nuestra
charla, durante el viaje, fué más hueca que lo normal. Al cabo, el automóvil de
lujo en que íbamos se detuvo frente a la casa de gobierno.
El
senador sonrió, como significando:
-No te
lo esperabas, ¿eh?
Cenamos
en el comedor presidencial. Yo no tenía apetito. El disparo no llegó hasta
después, cuando el senador, el presidente y yo quedamos solos en un saloncito
privado. Se trataba de una nueva intriga, pero esta vez tenía que ser de mayor
envergadura. Debía ir a cierto país, activar allí una campaña de prensa dada
que permitiese a este presidente cohesionar las fuerzas de su partido y
eventualmente todo el país.
-Si es
preciso- me dijo-, podemos hasta movilizar.
La idea
de una nueva posibilidad de guerra me espantó. Pero conservé la calma y decidí
contarle mis observaciones del día, entre las gentes. Durante todo este tiempo
me preguntaba si estarían o no informados de la conspiración que había en el
seno mismo de su propio gabinete. Pasé esto por alto y comencé a explicar que
era impopular no por sí mismo cuanto porque el pueblo carecía de la necesaria
educación cívica, lo que lo convertía en fácil víctima de cualquier exaltado.
Tanto el
presidente como el senador me hablaron de su profundo amor a la patria, de los
sacrificios que habían hecho, de los que aún debían hacer y de cuán necesario
era ahora galvanizar la opinión del país haciéndole ver el peligro de los
enemigos, etc., etc.
No
respondí. Sentí asco. Cuando salí de palacio no marché al hotel en el lujoso
automóvil, sino a pie.
Pasaron
los días y las semanas. Mis gestiones para proseguir viaje hallaban obstáculos
por todos lados.
Un día
domingo, bien lo recuerdo, comenzó aquella orgía de sangre que duró varios
días. Oí los primeros tiroteos desde el hotel. Después hubo una danza macabra y
durante ella vi, en medio de una poblada frenética y delirante turba en su
borrachera de sangre, el cadáver del presidente, mutilado. Corrieron ríos de
sangre. Nadie estaba seguro de nada.
Una
noche encontré a un compatriota. Me contó que había aprovechado el tiroteo para
huir de la cárcel donde había estado preso unos meses. El tiroteo podía
reanudarse en cualquier momento, de modo que decidimos robar un automóvil y
juntos huimos a toda máquina hacia la frontera.
Pasó el
tiempo y encontré un trabajo humilde.
15
UN DÍA recibí la anunciada
carta de mi amigo, indicándome la parte que debía publicar junto con lo
demás.
La parte pertinente dice así:
La Serpiente Emplumada
tiene que volar; cuando sepas lo que es el vuelo de la Serpiente Emplumada
sabrás qué tienes que hacer; hasta entonces…… harás notorio que a través de los
siglos vibra el Mensaje de los Inmortales:
“¡DESPIERTA!
¡CONOCETE A TI MISMO!”
El misterioso impulso que fija tu atención en
estos manuscritos no es sino el eco del grito que ha despertado la esencia
inmortal de tu propia sangre. Y junto con evocar las fuerzas gloriosas de la
Vida, también has evocado a las siniestras fuerzas de la Muerte.
Las unas y las otras son
tú mismo, de modo que no temas.
Afróntalas, conócelas,
domínalas.
Tu destino es ser Amo de las
dos.
Y aun cuando a menudo creas haber perdido El Camino que lleva al Despertar,
jamás estarás solo. Y tu extravío no pasará de ser un tanteo con que tu alerta
inteligencia, sacudiendo el letargo de todo lo mortal, ensaye tímidos pasos por
todos los senderos.
Menester es que obtengas experiencia.
Jamás
preguntes a otro hombre: ‘¿Qué es lo que debo hacer?’, porque es la más nefasta
de todas las preguntas. Si la haces a un necio, a un dormido, le estarás
invitando a arrastrarte al sueño. Con lo que habrás caído en doble necedad y te
será doblemente difícil volver a despertar. Y si haces tu pregunta a un sabio,
a un despierto, advertirás cuán ocioso es cavilar porque un despierto siempre
contestará:
“Haz lo que mejor te parezca; si en ello pones todo
tu corazón, obrando siempre alerta, ganarás en riquísima experiencia”.
Al cabo,
harás de la Soledad y del Silencio tus más preciados compañeros; sumiéndote con
ellos en lo más hondo de ti mismo, irás vislumbrando gradualmente todo el
horror del Sueño que es tu humana esclavitud. Y, por lo mismo, aumentará tu
poderío para reclamar tu libertad.
No todos
escogen esta senda que lleva al corazón mismo de las cosas.
Si has invocado a tus amigos, también has puesto en guardia a tus
peores enemigos. Los unos y los otros aparecerán en ti y ante ti en mil formas
distintas, y a menudo los confundirás durante tus primeros pasos. Tus amigos no
serán siempre los más gratos o amables pues te irán privando de todo cuanto
ahora estimas estable. Entonces será cuando tus enemigos, celosos y sonrientes,
desplegarán ante tu visión interior mil posibilidades para elevarte sobre tu
condición actual. Y si llegas a ceder y muerdes el venenoso fruto que te
ofrecerán, caerás preso y quedarás sujeto con la triple cadena de ilusión y de
sueño que siempre se apodera del ingenuo que ignora el valor de la experiencia
y de la oposición.
Pero
conocerás bien pronto a tus amigos en los silencios infinitos a que tú mismo te
lanzarás ansioso y sediento de palabras
de
verdad. Entonces sentirás fluir un ‘algo’, áspero o suave, según sea la
circunstancia, y el mero hecho de sentirlo te indicará que estas en El Camino hacia un completo despertar.
Porque ese
verbo, ese ‘algo’, eres tú mismo, el Amo, el
Creador.
* * *
Estudia este dibujo atentamente. Con él
aprenderás a utilizar todas tus facultades para despertar.
Cada
eslabón en la Cadena de los Inmortales aporta un grano más para aliviar la
carga de quien viene atrás, pero cada alma que se aventura en esta singular
empresa es un ensayo original de la Vida para hacer de este planeta Tierra
también un Mundo de Divina Vigilia.
Cada hombre que
aspira a esta vigilia deberá abrir su propia huella y marchar solo, atento
únicamente al paso del instante, sin preocuparse del triunfo o la derrota, sin
inquietarse por su fin terrenal.
Esto es vivir en
el Eterno Ahora.
De otro modo,
no
tendría valor alguno la experiencia del Hombre sobre el Planeta Tierra.
* * *
El Camino comienza en
el cuerpo con los cinco sentidos.
Despertar es usarlos, y no confundirlos contigo.
Hasta ahora has pensado que tus cinco
sentidos te informan sobre el mundo exterior. No es así, no hay tal mundo
exterior ni hay tal mundo interior. Estos son ilusorios conceptos que no pueden
penetrar más allá de las formas. Lo real es que no eres forma, y que siendo La
Vida, eres todo cuanto ES.
Observa
que los arcos y las flechas no apuntan en una sola dirección, sino en dos
simultáneas. Entender y vivir esta simultaneidad es la primera rebelión de la
mente, rebelión que terminará por despertarte del todo.
Y si ahondas un poco en lo que
trata de expresar esta simultaneidad, pronto advertirás también que no eres un
cuerpo, sino aquello que vive a tu cuerpo, que anima tu cuerpo y que, falto de
mejor expresión aquí llamo tu Dios-Yo, invisible.
* * *
Con tus cinco sentidos, atributos del
yo-personal, del yo-forma, no te es dado penetrar más allá de la superficie de
las formas. Cuando seas consciente de que Dios-Yo es quien
usa tus cinco sentidos, te será dado penetrar el significado, la esencia, el
espíritu de todas las cosas que también es Dios-Yo.
Latente en el cerebro, impregnado el cerebro,
está aquello que se llama la Mente –aquello con lo que puedes conocer lo que
captan tus cinco sentidos, y Quien capta por ellos. Y más profundamente aún, he
dibujado el Corazón, al centro mismo de toda tu vida. De este centro, extendido
a la Mente, habrá de brotar tu Yo-Individual, la esencia de tu alma
anhelante de vivir en espíritu y adorar en verdad.
Observa también que el Pensamiento y el
Sentimiento conectan tu Yo-personal con tu Yo-individual
y los he colocado en la mitad lumínica del Círculo Vital, la Conciencia
Despierta, pues pueden ser la luz que refleje la verdad de ti mismo en las
tinieblas de tu personalidad.
Y porque son los sentidos de la verdadera
vigilia, son los que, al unirse en lo que se llama El Espíritu Santo,
establecen el contacto vigílico con Dios-YO en ti y
Dios-YO fuera de ti, un solo Dios no más el Dios Padre con quien tú
puedes comulgar, ayudado por Cristo, El Señor.
* * *
Si en
tu
corazón no arde una inquietud que te abrase hasta la consumación de tu cuerpo,
no podrás invocar ni a Dios ni al Espíritu Santo. Y no sabes pedir y por eso tu
hora aún no ha llegado.
‘Velad
y
Orad’ fué la herencia que Cristo dejó a los audaces.
Velar es
hacerlo todo despierto; orar es sentir un ardiente deseo de SER.
Mas,
quien ore y quien vele, aun cuando lo haga de un modo imperfecto, recibirá
generosa ayuda y habrá de aprender a recibirla también generosamente…
La ayuda esta
Aquí, y es
Ahora.