Y HABÍA UN hombre de los
fariseos que se llamaba Nicodemo, Príncipe de los Judíos. Maya era su linaje,
Maya su corazón; sus pensamientos eran del Mayab; no eran pensamientos de barro
y lloraba lágrimas vivas. Y era austero en la virtud para aumentar los tesoros
del Señor, y procuraba ser justo pues consumíale el anhelo de hacer viva su fe.
Y su
llanto era llanto de lágrimas vivas, como sólo puede llorar un bienaventurado
que no es rico en espíritu y que ansía el Espíritu que anima la vida en el
reino de los cielos, que es la sagrada tierra invisible del Mayab.
Y pensaba en este Espíritu que es la llama que por la luz alumbra
el santo beso de la Princesa Sac-Nicté, y en su corazón decía, cuando pensaba
en ella, porque él también quería ser ánfora viva para servirle a El: “Pruébame
que tus labios no han sido hechos para ser besados, y yo te probaré que las
tinieblas son la luz”.
Santo y Sagrado era el anhelo de este hombre, pues no quería
tesoros del cielo para sí, mas para servir al Gran Señor Escondido, al muy
Alto, al Eterno.
Por eso Nicodemo también buscó el agua, el agua viva que había en
la jícara del Santo Señor Jesús, pues
también había entendido que la estera
en la que yacía abarcaba un vasto reino dentro y fuera de este mundo. Y que
únicamente bebiendo esa agua viva podría entender el misterio de las siete
generaciones, evitar el juicio con siete palmos de tierra encharcada, morir y
renacer.
Para entender y conocer al hombre y para vivificar al Hombre
Verdadero, Príncipe de los Cielos y Heredero de la Tierra, es preciso entender
la armonía de las Siete Santas Generaciones del Gran Descendiente, del Muy
Alto, EL ETERNO, Padre Nuestro que estás en los Cielos.
Y en este nuevo Katun, desde Oriente ha llegado a los de linaje
Maya la Palabra del Norte que no es palabra Poniente y que no tiene Sur.
Para que sea entendida y luego comprendida por el cerebro y en el
corazón de los hombres de linaje Maya.
Es la palabra eternamente verde, y este Katun será el Katun de
Primavera Eterna para una generación, mas dejará mustio el corazón de otras.
Es la palabra que junta las 24 hojas negras con las 24 hojas
amarillas en el Arbol de la Vida, y que hace el balché, e hila el hilo con que se teje el vestido para las santas
bodas del Cielo.
Así pues: lo que deviene un Gigante de la Pequeña Cozumil, cuya
generación es un árbol de tantas ramas como ocho veces tres, tiene el poder, el
amor y el saber de todos los planetas. Por eso son los Señores de la Tierra,
pero no son dioses. Porque su generación es únicamente el comienzo de la
regeneración y es aún de Abajo hacia Arriba para hacer lo del Medio, y su
comida es comida del Sol. Y juntará doce ramas de hojas negras con doce ramas
de hojas amarillas, y entonces para él el Arbol de la Vida será de cuatro veces
tres. Y devendrá Pauah con el tiempo
y la comida del Sol. Habrá extendido en sí las alas del Sagrado Kukulcan, la Serpiente Emplumada que el hombre ha de
levantar en el desierto, golpeando la piedra en la obscuridad y calmando su sed
con el agua del Cenote Sagrado. Así
tendrá la potestad de Tzicbenthan,
palabra que es menester obedecer, pues es palabra del Ahau, el que gobierna todas las generaciones del Gran Descendiente,
desde el Katun donde todo comienza a andar en tres.
Así como hay Siete Grandes Generaciones en total, creadas por el
Muy Alto, EL ETERNO cuando hizo el Gran
Descendiente, así en cada generación hay chicos descendientes, y también
muy chicos descendientes. Y en todos hay también siete generaciones.
Y hay siete tiempos, siete medidas, y en cada una hay nuevamente
siete.
Cada Chico Descendiente parecido es al Gran Descendiente. Chico
Descendiente es el hombre, y está en la sexta generación; y lleva en sí medidas
para medir los tiempos de la quinta, la cuarta y aún la tercera generaciones,
si de la pura agua del Cenote Sagrado hace su vino de balché, si cuando come de su milpa come también la palabra del Gran
Generador, que dice:
“Yo Soy, pues. Soy Dios, pues”.
Como era en Yucalpeten mucho tiempo antes de la llegada de los Dzules.
Y como también ocurrió en Yucalpeten, así también había ocurrido
allá en la tierra del Mayab de Jesús, cuyo Chichén era Jerusalem.
La voz de la Princesa Sac-Nicté se había perdido allí, también por
la misma locura de los sacerdotes.
Se había perdido la sabiduría de sus corazones y no había ya
misericordia en sus cerebros, y su alma ya no comía la comida del Muy Grande
Sol que ilumina todos los mundos y da vida a todos los soles.
Muchos eran quienes anhelaban, contados eran quienes indagaban.
Desierto estaba ese Mayab donde hay sabiduría.
Pocos gigantes había en su pequeña Cozumil, en aquel remoto
continente.
Como ahora en Mayapan.
Todos querían servirse a sí mismos, pocos querían servir al Señor.
Nicodemo era uno de los pocos.
Y ardían, abrasando su corazón, las sagradas palabras que había
escrito con potestad de Tzicbenthan
el Santo Señor Moisés, en su Katun de Luz. Y estas palabras eran:
"Porque este mandamiento que yo te intimo hoy no te es
encubierto, ni está lejos. No está en el cielo para que digas: ¿Quién subirá al
cielo por nosotros y nos lo traerá, y nos lo representará para que lo
cumplamos? Ni está de la otra parte de la mar, para que digas: ¿Quién pasará
por nosotros la mar para que nos lo traiga y nos lo represente, a fin de que lo
cumplamos? Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón,
para que la cumplas.
Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y
el mal".
Así había escrito el Santo Señor Moisés, Pauah que comía la comida
del Muy Grande Sol que ilumina todos lo mundos, y da vida a todos los soles.
Y estas palabras se habían
escrito en el corazón de Nicodemo. Pero los hombres de su katun sólo comían palabras, y no comían comida del
Sol ni del Muy Grande Sol.
No tenían hambre, no tenían sed de la palabra del Mayab de su
tierra.
Pero Nicodemo tenía hambre, tenía sed.
E indagaba.
Y por eso, en su llanto, repetía en secreto a la Princesa
Sac-Nicté:
“Pruébame que tus labios no han sido hechos para ser besados, y yo
te probaré que las tinieblas son la luz”.
La luz ha venido otra vez por el Oriente en la palabra del Norte,
para que quien oiga y vea no tenga poniente y no tenga sur, y el Eternamente
Verde sea por siempre en él, y él en EL.
Indaga, pues, con diligencia, porque el hermoso cielo del Mayab
abierto está siempre para quien está pronto.
Y pronto está quien indaga y no desmaya.
Así pues indagó Nicodemo, y siguió la voz del destino, y vivió su
destino y no huyó de él.
POR SU destino se
enteró un día acerca del Rabí de Nazareth, Chilam Balam de Galilea, que hablaba
del Gran Señor Escondido llamándole su Padre que está en los cielos.
Era el Santo Señor Jesús que trepaba en el Arbol de la Vida y
enseñaba a trepar.
La voz de su destino le habló secretamente en el corazón, y
Nicodemo secretamente fué a ver a Chilam Galileo, porque sabía que en él había
Palabra de Verdad.
Débil era la luz de la tierra en esa noche, grande era la luz del
cielo.
Grande era la llama de amor en el corazón del Nazareno, grande era
el anhelo de luz en el corazón del fariseo.
Y fué un hilo de luz lo que sumó el destino aquella noche, y
descorrió los velos para que el hombre de barro pueda emprender el camino de la
regeneración.
Y el rabí Nazareno dijo a Nicodemo, y sus palabras quedaron
encendidas en su corazón:
"Lo que es nacido de carne, carne es, y ésta es una generación"
“Lo que es nacido de Espíritu, espíritu es, y ésta es otra
generación."
“No te maravilles pues, Nicodemo, que te haya dicho que es
necesario nacer otra vez, porque aquél que no naciere otra vez, no puede ver
el
reino de Dios".
Y aun antes de esto, fama era por Jerusalem que los discípulos de
Jesús habían repetido sus palabras proclamando que no se puede echar vino nuevo
en odres viejos…
¿Qué había de cambiar?
Así se fué esa noche, pensando y pensando Nicodemo.
Porque de corazón sabía que ese nacer precisaba una muerte, pero
que semejante muerte no es la muerte de los muertos, sino la de los vivos que
saben que todo hombre puede vivir, ser ánfora cocida con el fuego del Mayab y
llevar en ella la medida que quiera volcar el Gran Señor Escondido.
HOMBRE DE linaje Maya: te
doy aquí la primera probanza de este nuevo Katun:
Lleva
hacia el Verdadero Hombre el sol que te pide, extiéndelo en su plato, con la lanza
del cielo clavada en medio de su corazón, y el Gran Tigre sentado sobre él y
bebiendo su sangre.
Pues Nicodemo llevó la luz de su entendimiento a los pies de Jesús,
y el saber de Moisés era aguijón doloroso en su pecho, pues era solamente
saber; y desde entonces la garra de la sabiduría le mantuvo sujeto.
Nicodemo cargado estaba por los años de una existencia entregada a
mostrar a los jóvenes de su tiempo cómo hay que andar en los caminos del Señor.
Y he aquí que el rabí Nazareno le había dicho esa noche acerca de
la generación que ha de morir para poder renacer en otra y así poder vivir. Se
lo había dicho así:
"¿Tú eres Maestro de Israel y no sabes estas cosas? En verdad
te digo, Nicodemo, que te hablo de aquello que yo sé y que yo soy y doy
testimonio de lo que he visto; pero los hombres de tu generación no quieren
recibir mi testimonio. Y si te digo cosas de la Tierra y no las puedes llevar
¿cómo podrás llevar cosas que son del cielo? Porque nadie subió al cielo sino
el que descendió del cielo, y este es el Hijo del Hombre que está en el cielo.
Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así ahora es necesario
que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere no
se pierda, sino que tenga vida eterna".
Las palabras de este Verdadero Hombre ahondaron la herida ya
abierta en el corazón del fariseo, y en el fondo de su pecho indagaba:
“¿Cómo, cómo habré de hacer, Señor?”
Así comenzó a morir su espíritu de fariseo y en su mente resonaron
las singulares palabras que había oído decir a los discípulos del galileo:
“Bienaventurados los pobres en espíritu porque de ellos es el reino
de los cielos”.
Así comenzó a atraer sobre él el beso de la Sagrada Princesa
Sac-Nicté que ya velaba por él, pero él aún no lo sabía.
Su corazón sangraba en abundancia porque eran muchos los jóvenes
que acudían a su casa en Jerusalem a escuchar su palabra. Y como él quería
servir al Muy Alto, al ETERNO, en su conciencia ardía el fuego de la muerte que
precede a la resurrección y en sus oídos las palabras del Rabí Nazareno:
“¿Tú eres maestro de Israel y no sabes estas cosas?”
Y pensó en Judas, el joven nacido en las lejanas tierras de Kariot,
y en cuyo corazón ardía también el impulso sagrado que ocultamente enciende la
Princesa Sac-Nicté. Judas había llegado a los pies de Nicodemo para también
aprender a caminar por los caminos del Señor, que es el camino del Mayab, y
comía de las palabras de su rabí y se nutría de ellas y su rabí le amaba y él
amaba a su rabí.
Pesado corazón el de Nicodemo aquella noche.
Hombre de linaje Maya, he aquí la segunda probanza: el Verdadero
Hombre quiere que vayas a traerle los sesos del cielo, pues no todo el que dice
‘Señor, Señor’ entrará al Reino del Mayab, sino aquel que haga la voluntad del
Padre, el Gran Señor Escondido. Y el Verdadero Hombre tiene muchos deseos de
ver los sesos del cielo pues a El le ha sido dado el juicio.
Esto está escrito en las escrituras de la Cuarta Generación.
Si tienes ojos, verás; si oídos, oirás.
Si aún no los tienes, entregando tus sesos al Verdadero Hombre los
tendrás.
Y así quizás se cumpla para ti la profecía de Chilam Balam,
profecía que alienta el paso de la quinta a la cuarta generación, donde
"ellos hablan con sus propias palabras y así acaso no todo se entienda en
su significado; pero derechamente, tal como pasó todo, está escrito. Ya será
otra vez muy bien explicado todo" (en la cuarta generación, generación
invisible dentro de ti mismo).
Por cuanto todo lo escrito en las Sagradas Escrituras, escrito en ti también está, en tu alma, si lo puedes leer.
ASÍ DICE, pues:
Yo, Judas de Kariot, amaba a mi rabí Nicodemon, quien me enseñaba a
caminar por los caminos del Señor.
Le servía en cuanto un discípulo digno de Israel debe servir a su
rabí, y aguardaba mi hora para servir al ETERNO, y en mi corazón ardía el amor
por la Verdad.
Pero aquella mañana mis ojos me hicieron ver que mi rabí Nicodemon
no era mi rabí Nicodemon. En su rostro vi angustia, y así pude sentir como su
corazón estaba herido, mas no sabía si su herida la había causado el mal o el
bien que anhelaba, por cuanto mi rabí seguía el camino de los sabios de Naim,
conforme a la tradición de Hillel.
Excusó esa mañana a todos sus discípulos, menos a mí.
Cuando esto hizo, mi corazón se agitó, y parecióme que el presagio
era obscuro, porque no alcanzaba a comprender qué le ocurría. Frecuente era
en
ese entonces ver rostros descompuestos por la ira y la angustia entre los
fariseos. Y Jerusalem era cuna de confusión. Poncio Pilatos, procurador romano,
quería para sí los tesoros del templo, quería construir un acueducto que le
hiciese memoria hasta otros tiempos. Y en las calles, el pueblo se agitaba en
medio de un bullicioso parlerío en el que se advertía el odio hacia Roma.
Y un hombre humilde, venido de la lejana Galilea, había encendido
en su pecho una nueva esperanza, hablándoles de libertad. Y los patios del
Templo eran testigos mudos donde su enseñanza resonaba y los hombres recogían
sus extrañas palabras y veían los extraños hechos de este hombre que, siendo
judío, profanaba el Sábado curando enfermos, y no guardaba los preceptos de
pureza, y bebía vino y comía carne con publicanos y con pecadores, diciendo que
había venido a remitir pecados y no ha condenar a los pecadores. Y entre
quienes le seguían estaba María, la ramera de Magdala, y el agente de los
publicanos Leví, y extraños hombres que pescaban y un mozo, Juan, y sus
hermanos.
Extrañas cosas decía este rabí, extrañas cosas hacía. Pero quienes
le amaban, decían, a su vez, que lo que enseñaba hacía dulce el acíbar de las
lágrimas del corazón y que los sabios de Naim, los más doctos y puros de la
tierra, hallaban en sus palabras tesoros ocultos de Hillel, bellezas del
Talmud. Mas no podían entender sus hechos, pues para ellos todo hecho había de
tener por fundamento el temor de Dios.
Y he aquí que este rabí había dicho:
"Tanto ama Dios al mundo que ha mandado a su Hijo Unigénito
para que sea salvo, y no para condenarlo".
Extrañas palabras en las que no había ningún temor.
Y también había dicho:
"Amarás a tus enemigos".
¿Habíamos, pues, de amar a los enemigos de Israel?
En las sabias palabras de la Ley de Moisés, mi rabí Nicodemon nos
había repetido la tradición de nuestros padres, pero he aquí que este rabí de
la lejana Galilea no se apoyaba en escritura alguna, y en cambio, proclamaba
ante el pueblo y ante los doctores de la Ley:
"Escudriñad las escrituras, porque antes de que Abraham fuera,
Yo Soy".
Esa mañana, pues, cuando advertí la angustia en el rostro de mi
rabí Nicodemon, el presagio me dijo que lo que ocurría era por causa de este
Nazareno que anunciaba el bautismo con fuego del Espíritu Santo.
"Judas", me dijo mi rabí; "tú has venido desde las
tierras de Kariot a beber los mandamientos del Señor y a caminar por sus
caminos según la tradición".
Yo guardaba silencio.
"Judas, apiádate de mí", continuó mi rabí Nicodemon,
"Me consume la duda; soy un hombre de corazón atribulado. No estoy seguro
de que mi saber sea bueno, no estoy seguro de que te esté enseñando a caminar
por los caminos del Señor".
Graves palabras estas que dijo mi rabí Nicodemon.
Graves, porque en la austeridad de su virtud mucho era lo que
exigía de nosotros, los que habíamos llegado hasta él, para estudiar con
diligencia la verdad de la Tora. Graves palabras porque era este hombre un alto
miembro del Consejo de los Ancianos en Jerusalem, hombre docto y puro, y
respetado, y amado.
Contuve, pues, el aliento para no responder, y vi la palidez en su
semblante y el temblor en sus manos y la consunción de su espíritu.
"Hemos perdido el hilo que conduce a la verdad", me dijo.
Y citó aquellas palabras de Moisés que como fuego ardían en su corazón, y me
contó la entrevista de la noche anterior y cómo las palabras del rabí Nazareno
habían aumentado su sed y su dolor a la vez. Y el rabí Nazareno también le
había dicho:
“Sólo quien cree haber perdido el hilo que corre a través de los
tiempos tiene el verdadero hilo en sus manos, y cuando encuentre su alma, no la
perderá”.
¿Qué extraño misterio y paradoja encerraban estas palabras?
Protesté con vehemencia, porque al citarlas mi rabí Nicodemon había
encendido la duda en lo más profundo de mi pecho, y yo sufría y no quería más
tribulaciones. Por eso había ido donde él, para encontrar refugio y abrigo en
su enseñanza y así poder tener siempre un hilo sujeto entre las manos.
Hablamos de esto durante mucho tiempo, pero él me observaba
compasivamente, y terminó diciendo:
"En tu vehemencia hay temor al destino, Judas, ven conmigo,
iremos juntos a escuchar a este extraño rabí".
Y ya era notorio en toda Jerusalem que este extraño rabí había
expulsado a los mercaderes del Templo, azotando sus espaldas con un látigo y
llamándoles ladrones que habían convertido la casa de su Padre en una guarida.
Yo protesté ante mi rabí Nicodemon, pues los mercaderes permitían
cumplir con las demandas del sacrificio.
"Guarda tu lengua, Judas", me dijo. Pues en su austeridad
mi rabí había puesto vallado a la maledicencia y no era como otros fariseos que
se entregaban a la censura y a la murmuración.
"Preciso es que encontremos el hilo de nuestros padres",
dijo. "Porque en aquellas palabras que anoche quemaron mi corazón el rabí
Nazareno me dijo la verdad…”
No pude soportar estas palabras. Mi corazón se agitó con violencia
y a mis ojos llegaron ríos de lágrimas y sentí el dolor de mi rabí como si
fuera el mío.
He aquí, me decía yo en silencio, he aquí qu emi rabí se dice en
tinieblas, ¿cuáles no serán, pues, las mías? ¿Cuáles serán, pues, las de la
juventud de Israel? Mi rabí, luz de las luces, refugio de nuestra juventud, me
dice que también está en tinieblas y ya no tendrá más una respuesta precisa
para disipar nuestras dudas y me abandona en medio de una multitud de extraños
sentimientos.
Y me sentí perdido como un niño de pecho a quien su madre abandona
para ocultar su vergüenza…
MARCHAMOS JUNTOS, en
silencio, en dirección al Templo.
Y al llegar a los patios no fué difícil hallar al rabí Nazareno.
Le rodeaba una multitud y en ella también habían algunos fariseos.
El silencio que hallamos estaba preñado de amenazas.
Muchos de la multitud abrieron paso para que mi rabí Nicodemon se
adelantase, pues todos le conocían y le estimaban como a un hombre de virtud y
saber.
Y vi al rabí Nazareno.
Posó sobre nosotros sus ojos, en silencio. Y en ellos brillaba un
extraño fulgor, pero su rostro era sereno y fuerte y cuando posó su mirada en
mí, creí advertir en ella un mensaje especial que me mandaba su alma, y sentí
que su alma sonreía y la mía también, y sentí que en esa mirada él me saludaba
con una bienvenida, como la da únicamente quien ha estado separado durante
mucho tiempo de un ser que ama.
Hubo alegría en mi corazón; pero mi pensamiento permanecía turbado.
Supe al instante que pronto este hombre extraño sería mi rabí, y
que yo también me sentaría a sus pies para beber sus palabras; entonces sentí
un dolor agudo en el corazón por cuanto significaba que habría de dejar a mi
rabí Nicodemon para ir en pos del extraño profeta que procedía de la distante
Galilea de donde nada bueno podría venir.
Hubo aún más angustia en mi corazón. Una hora antes mi rabí me
había dejado cual niño abandonado a sus propias tinieblas, perdido el hilo que
pensaba encontrar a sus pies. Y he aquí que el Nazareno me daba su silente
bienvenida, y, por un instante, pensé que iba a perderme en él y con él.
Fué sólo una mirada, pero ella me mostró un destino que se expandía
en una extraña forma, imposible de describir en palabras. Intuí un destino que
no corría a lo largo, ni a lo alto, ni a lo ancho, sino que hacía de estas tres
proporciones una distinta proporción en la que estaban todas las demás. Y era
un extraño mundo en el que me sentía perdido.
Porque por un instante no había sido yo, sino el rabí que me
miraba, y tuve miedo, y mi corazón se turbó y luego volví a ser yo mismo y le
miré.
El también me miró, y esta vez su alma sonrió dentro de mí y me
sentí perdido.
Fué un extraño vivir de esa mañana.
Volví los ojos hacia mi rabí Nicodemon para implorar su auxilio,
pero él se había ya alejado de mí y estaba escuchando a alguien que le
explicaba el incidente del momento. Mas yo hubiese jurado que habíamos todos
estado viviendo en ese lugar desde hacía siglos.
"Responde, pues", le dijo un fariseo al Nazareno.
Mis ojos se quedaron fijos en el extraño rabí; le vi trazar un
círculo en la tierra, con la punta del pie, y en él envolvió a la mujer que
había a su lado y en quien no había yo reparado todavía. La mujer sufría una
vergüenza, pero el círculo que había trazado el rabí en la tierra la envolvió a
ella también.
Y aun ahora juraría que nadie hubiese podido penetrar en él.
El ambiente estaba tenso, preñado de amenazas. Y yo me aprestaba a
defender al Nazareno porque oí a mi espalda palabras de impaciencia y de
maldad; pero él me calmó con su mirar sereno y de la misma manera que un instante
antes había agitado mi corazón, ahora lo calmaba. Y quedé quieto, en paz,
esperando.
El Nazareno, fijando sus ojos en los fariseos, dijo:
"Si la habéis sorprendido en el hecho, y os consta su
adulterio, yo digo: lapidadla conforme a la ley".
Corrió un murmullo nervioso y de triunfo entre la multitud. La
mujer tembló de temor y de sus ojos cayeron dos lágrimas a los pies de ese
hombre cuya palabra había vibrado íntegra y suave en medio de la multitud. Pero
el murmullo pronto se apagó, porque el rabí Nazareno volvió a mirarlos y los
silenció:
"Pero que arroje la primera piedra aquél que, entre vosotros,
se considere libre de pecado".
Grande y temible fué el silencio que siguió a esta palabra. Porque
en el corazón de todos los judíos el pecado estaba siempre vivo, y diariamente
habían de recurrir a los ritos de la purificación para ser limpios conforme a
la tradición. Y había conciencia en ellos que no siempre se cumplía como es
debido con los ritos de pureza. Nadie osó decir que estaba puro y limpio de
pecado. Sin
embargo, estas palabras nazarenas habían sido una daga incrustada en carne
viva, y el odio se dibujó en los rostros de los hombres y de los fariseos, pues
grande es la flaqueza humana y siempre es mejor y más cómodo ver el pecado
ajeno e ignorar el propio; fácil es sentirse virtuoso ante el impuro y amar la
virtud para dar cumplimiento a la escritura y no para limpiar de malos
pensamientos el propio corazón. Así nos lo había dicho nuestro rabí Nicodemon;
tal era su virtud, tal era su austeridad. Y sentí entonces cómo el destino
se urdía para los tiempos por venir, y por qué el corazón de mi rabí Nicodemon se
había turbado la noche anterior. Ahora también se había turbado el mío, y supe,
sin palabras, que el rabí Nazareno tenía potestad de la Verdad, y que en él se
habían aunado la gracia y la ley…
La muchedumbre se desbandó rápidamente, y con ella se marchó
Nicodemon, cavilante, abrumado por los nuevos presagios que delataba su rostro.
Yo quedé sólo frente al rabí de Nazareth, sin poderme alejar.
Le oí decir a la mujer:
"¿Dónde están, pues, los que te condenaban? Ni yo te juzgo.
Vete y no peques más".
¿Qué ley regía la conducta de este hombre para quien las escrituras
parecían no existir? ¿En qué aguas bebía su sabiduría? ¿Qué tradición había
formado su alma?
Todas estas preguntas se alzaban en mi mente como un torbellino y
mi corazón estaba sin poder entender, cuando el rabí dirigiéndose a mí, me
dijo:
"Bienvenido Judas de Kariot. Acércate a mí".
Y me acerqué con temor, pero el rabí me tomó de la mano y me hizo
pasar al círculo que había trazado con el pie, en la tierra, y me tranquilicé.
"Rabí, ¿cómo sabes mi nombre?",pregunté.
"Todos somos hermanos e hijos del mismo Padre, pues su anhelo
es el nuestro", respondió. "¿Por qué, pues, no te iba a
conocer?"
Ambos guardamos silencio; él miraba mis ojos y yo los de él, y cada
vez más sentía a este hombre en mí, y a mí en él, pero no acertaba a explicarme
y tampoco a comprender.
"No te inquietes por ahora, Judas”, me dijo. “Día llegará en que
comprenderás porque ahora sientes, aun cuando el tránsito de la llama a la luz
es árduo".
Pasó un breve silencio hasta que él me dijo:
"¿Qué hubieses hecho tú en mi lugar?" Yo entendí que se
refería al juicio que habíamos presenciado recién. La mujer se alejaba de
nosotros, volviendo a cada instante un rostro ansioso hacia este rabí.
Pero no pude responder; grande era mi confusión porque la ley
condenaba al adúltero a la lapidación cuando se le sorprendía en el hecho, mas
yo sabía que mucho y grande era el adulterio cometido en secreto y sin
testigos. Y así muchos andaban libres de sospecha y los hombres nada decían
porque nada sabían del secreto adulterio. Y esto no estaba contemplado en la
ley de los hombres y mi rabí Nicodemon nos había dicho que este adulterio
únicamente lo contempla la ley de Dios, a quien nadie puede mentir de corazón.
Tal era la virtud de mi rabí Nicodemon y a veces su autoridad se apartaba de la
letra de la ley y nos había dicho a menudo que un pecado en secreto es un doble
pecado, porque hay mentira y cobardía en él, y el escándalo ante los ojos del
Señor es siempre mayor que el que se hace a los ojos del hombre.
Y este rabí de Nazareth me dijo:
"El rigor de la ley corresponde siempre a lo que anida en el
corazón humano, Judas. No lo olvides, para que aprendas a juzgar con justo
juicio. Por sus juicios conocerás el corazón de los hombres. Pero mi Padre, que
está en los cielos, misericordia quiere y no sacrificio, quiere un corazón
hambriento de su amor y su sabiduría aun cuando sea un pecador, que a veces la
virtud aislada de su Bien puede ser peor que el mismo mal".
Este rabí destruía la ley y las interpretaciones de los doctores y
me escandalicé; pero en mi corazón había dicha, porque sus palabras brotaban de
lo que no me atrevía siquiera a nombrar en mis más piadosos sueños. Y hablaba
este hombre sin referirse nunca a la escritura como hacían los doctos y aun los
sabios de Naim a cuyos pies también me había sentado yo.
"El Padre a nadie juzga, mas dió todo juicio al hijo. Y no he
venido a juzgar a los hombres, sino a dar testimonio de la verdad; me dijo. Hay
quien juzga a los hombres, y muchas son las formas de adulterio y el de esta
mujer quizás no sea porque hay fornicaciones que abomina mi Padre que está en
los cielos. Y cuando lleguen a quien los juzgue diciendo que han arrojado
demonios y han hecho muchas cosas en su nombre, yo les diré en esa hora:
‘Alejaos de mí, obradores de maldad’.
Extrañas palabras, extraño saber que me inquietaba.
"¿Vienes conmigo, Judas?" me preguntó echando a andar.
Y yo le seguí.
No lo sabía entonces, pero a partir de ese día he andado siempre
con él de generación en generación, porque nuestro destino estaba urdido ya
desde el comienzo de los tiempos.
Muchas cosas insólitas me dijo; pero todo a su debido tiempo.
Pues el alma del hombre se remonta desplegando sus alas poco a
poco, a medida que la luz se expande en las tinieblas.
Muchas veces quise preguntarle qué había hecho él conmigo aquel día
en el patio del templo, frente a la mujer adúltera, pues a menudo venían a
Jerusalem magos caldeos que demostraban sus pericias, pero mi rabí Nicodemon
nos había apartado de ese camino; ahora, este rabí de Nazareth decía palabras
de sabiduría sin apoyarse en escritura alguna, pero tenía un poder superior al
de aquellos magos que atraían discípulos para su extraña ciencia.
"Cuando el hombre tiene hambre, puede convertir las piedras en
pan", me dijo. "Pero yo tengo un pan que saciará toda hambre y un
agua que calmará toda sed. Y a quien quiera comer he aquí que la doy, y a quien
quiera beber he aquí que le digo: bebe. Porque aun en las piedras encontrarás
el Verbo de Dios".
"Quiero de tu agua y tu pan, rabí", le dije, sin poderme
contener.
"Lo sé", me contestó.
"¿Quién eres, rabí? Sólo un hombre del cielo verdadero puede
decir y hacer las cosas que tú dices y haces. ¿No hay el temor de Dios en tu
corazón?"
"No, Judas; no hay temor en mi corazón. Mi Padre que está en
los cielos es el único Dios y su bendición es de amor. Quien a mí me ame, amará
a El, y El le amará en mí. No he venido a abrogar la ley o los profetas, sino a
darles cumplimiento. El temor únicamente anida en un corazón incierto, y el
hombre así nubla su entendimiento del Reino de los Cielos. Pero es menester que
así sea en un comienzo hasta que el hombre aprenda a ver a la luz de su propio
corazón y a oír con la voz de su amor. Por eso digo que el Padre, que está en
los cielos, misericordia quiere y no sacrificio. ¿Y qué es un corazón
misericordioso sino un corazón pobre en amor propio y anhelante del amor de
Dios?
"¿Sancionas acaso el mal, rabí?", le pregunté.
"Hay quienes dicen del bien y del mal, pero que nada saben de
la voluntad del Unico Bueno y por eso han menester de juicios y condenas. Pero
si nuestra justicia no fuese superior a la de ellos, muy pequeños seremos en el
reino de los cielos. Tan perfecto es el amor del padre que hace que su sol
abrigue por igual a justos y a pecadores. Así es menester que sea nuestra
perfección pues tal es la misericordia. ¿Cómo explicar lo inexplicable? Cual
rocío silente e invisible el amor de Dios mueve a los hombres de diversas
maneras y todo cuanto anhelo en su servicio es enseñar al hombre a recibir por
sí mismo la bienaventuranza. Sólo muestro un camino por el Espíritu Santo, para
que el hombre aprenda a juzgar con justo juicio".
Muy sutil era la diferencia que este rabí trazaba entre los
hombres, mas no me atreví a indagar más y continué en pos de él.
Pocas oportunidades tuve para hablar a solas con él desde esta vez.
Estaba acá y estaba allá, y doquiera fuese, siempre se formaba una multitud en
torno a él y él hablaba en parábolas y anunciaba el Reino de los Cielos. Y con
los demás hombres, impuros como yo, que le seguían cual discípulos, solía
hablar a puertas cerradas y ellos salían con el rostro encendido, o bien
cavilantes. Mas cuando quise hablarles de las palabras y hechos de su rabí,
todos guardaban prudente silencio.
Un día el rabí me dijo:
"¿Vienes conmigo, Judas?"
"Rabí", le dije, "Mi corazón está en ti pero me pesa
grandemente dejar a mi rabí Nicodemon".
"No le habrás de dejar".
"¿Cómo entender tus palabras? ¿Vienes conmigo, me dices,
cuando vas a partir y también que no dejaré a mi rabí Nicodemon? ¿Cómo puede
ser eso?"
"Si pudieses tener un pan y un agua que quitasen el hambre y
calmasen la sed de todos los tiempos, ¿lo guardarías únicamente para ti?"
"Tú bien sabes que no".
"Entonces, Judas, sígueme. Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Y partirás el pan que yo te dé con tu rabí Nicodemon, pues quien está en
mí, en mi Padre está y el amor de mi Padre anida en él, porque mi Padre y yo
una sola cosa somos. ¿Vienes conmigo, Judas?"
"Voy, rabí", le dije.
Pero en mi corazón hubo amargo llanto y aquella noche me despedí de
mi rabí Nicodemon. Y aun cuando no me lo dijo, advertí en su mirada el ansia
oculta de recobrar el hilo que corre escondido de generación en generación y
que el rabí Nazareno decía que era el Reino de los Cielos y que ‘ese reino está
en vosotros mismos’.
GRANDES Y hermosas cosas
nos dijo mi rabí Jesús durante aquellos meses que vivimos con él, sin más hogar
que el amor por el Padre que está en los cielos. Y junto a él aprendimos
aquello que es el mandamiento de buscar primero el Reino de Dios y su Justicia,
y mucho nos fué dado por añadidura.
Mi rabí curó enfermos, dió vista a ciegos y limpió a leprosos.
"¿Dónde está tu poder, rabí?", le pregunté un día.
"De mí mismo nada puedo hacer", me respondió.
Su palabra era breve, su austeridad no era severa. En algunas cosas
el peso de sus mandamientos era mayor que el peso de la ley de nuestras
tradiciones, y en otras más liviano.
¡Grandes y bellas cosas nos dijo bajo estrellados cielos y bajo la
luz del sol!
Grandes y bellas cosas que el hombre ya ha olvidado. Y habían
escribas que anotaban todo cuanto él decía, pero no anotaban lo que únicamente
nos decía a nosotros.
Un día relató la parábola del vestido de bodas, agregando que a
quien tiene le será dado y tendrá más y a quien no tiene aún lo que tiene le
será quitado. Le preguntamos cómo podría hacerse todo hombre de este traje y él
respondió que había únicamente una respuesta a todas estas preguntas:
"Amarás a
Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo".
Este era el mandamiento principal, y nos urgía a cumplirlo en
nuestros actos, en nuestros pensamientos, en nuestros sentimientos, y agregaba:
"Si esto no sabéis cumplir, os estará vedada la vigilia de la
verdadera oración".
Y agregaba:
"Velad y orad para que no caigáis en tentación”.
A menudo nos inquietaba la duda y él nos explicaba entonces:
"No podréis velar sin orar, y no podréis orar sin velar".
Y cuando hubimos escrito la Oración del Señor, el Padre Nuestro,
nos urgió a desentrañar el significado de cada una de sus palabras porque
nuestro propósito era el de Santificar Su Nombre en todas nuestras acciones del
mundo, porque sin esta santificación la ley de Dios sería cosa muerta.
"Al orar, no perdáis el hilo secreto de vuestro más íntimo
pensamiento. Y no os congojéis por vuestras necesidades porque el Padre que
está en los cielos sabe lo que habemos menester aun antes que se lo pidamos.
Pues EL os dió también vuestras necesidades".
Durante mucho tiempo permanecieron obscuras estas palabras y entre
nosotros ocurrían frecuentes disputas sobre su significado y sobre el galardón
que habríamos de hallar en el Reino de los Cielos.
Pero nuestro rabí leía en nuestros corazones y solía decirnos:
"No juzguéis, para no ser juzgados, porque con el juicio con
que juzguéis, seréis juzgados. Todo cuanto os es dado ver por fuera es
únicamente un reflejo de lo que anida en vuestro corazón y el mundo y los
hombres son lo que sois vosotros".
Muchas de sus palabras se esparcieron entre las gentes porque mi
rabí hablaba y decía según le preguntaban, mas no todos podían entenderle. Un
día dijo:
"Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra
por heredad, y, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque
serán hartos".
Entonces ocurrió que vinieron hombres de los fariseos, pero mi rabí
no quiso hablar con ellos y algunos de nosotros disputamos sobre el significado
que ellos buscaban en estas palabras. Mas el significado de ellas estaba oculto
en el corazón de cada cual y el anhelo de justicia había de ser el anhelo de
ser justo más que el de recibir justicia.
Por los poblados siempre había enfermos que curar, posesos que
aliviar. Y a menudo hallábamos en ellos a escribas de todas partes del mundo
que anotaban con gran celo las palabras de mi rabí. Fué entonces que él nos
dijo:
"Guardaos de la levadura de los fariseos. El Reino de que os
hablo no es de este mundo y yo tan sólo he venido a mostraros el camino y dar
testimonio de la verdad".
DE NOCHE, mi rabí velaba
de rodillas mientras nosotros dormíamos. Algunas veces me llevó con él a las
colinas y me contó sus cuitas. Porque sufría, y a menudo decía, suspirando cual
presa de gran dolor:
"Grande es la mies, pero hacen falta segadores".
Y me explicó muchas cosas que no explicó entonces a los otros. Y
cuando le pregunté por qué razón me aislaba así de los demás, me dijo:
"Ellos duermen con el corazón tranquilo porque han hallado
parte de lo que buscaban, pero tú, Judas, no has encontrado la tuya y
tu copa
será amarga de beber, pero tu galardón será grande en los cielos. He aquí que
se cernirá sobre todos nosotros una gran tormenta y habrá inquietud en los
corazones tranquilos, pero el tuyo será sacudido en su soledad y hallará paz
únicamente en el gozo del Señor cuando se haya cumplido la ley. Y cuando todo
haya pasado, resonarán mis palabras, al cabo de los siglos, pues todo pasará,
mas ellas no pasarán".
Estas obscuras palabras de mi rabí produjeron en mí largas noches
de agonía, pues a través de ellas comenzaba yo también a entrever el destino.
Poco tiempo después fué que nos anunció a todos:
"¿No os he escogido yo a vosotros, y uno de vosotros es diablo?"
TODOS ANHELÁBAMOS vernos
libres del yugo de la Roma Imperial, pero mi rabí nos habló de un yugo peor que
el de Roma, el yugo de las tinieblas de afuera donde siempre hay lloro y
rechinar de dientes, y agregó que pocos eran los que podían llevar estas
palabras.
Nuestro rabí no sacaba sus palabras de la Tora sino de su propio
corazón, y pasó un tiempo antes de que pudiese yo entender por qué él nos decía
los mandamientos de Ley y agregaba: "Mas
yo os digo". Con esto suplía aquello que faltaba en las palabras de la
Tora y todos los días producía en nosotros el entendimiento vivo, hecho sangre
y convertido en carne en nosotros. Y en alguna oportunidad también nos dijo que
la letra de las escrituras era cosa muerta como lo era la filosofía de los
escribas griegos que solían visitarnos y escuchar a mi rabí, y que sólo tenían
vida cuando el hombre iba de la muerte a la vida, por amor. Los doctores de la
Ley y los escribas lo ajustaban todo a la Tora y he aquí que sus corazones
estaban secos y apergaminados como el papel en que estaban impresas sus
escrituras. Y por este motivo llegó el día en que muchos de ellos comenzaron a
murmurar diciendo que mi rabí andaba por caminos de pecado. Y aun el corazón de
los doce que le seguíamos se turbó más de una vez.
Mi rabí nos decía también del gradual ir de vigilia en vigilia,
siempre orando en el secreto de un corazón ardiente, porque este gradual
despertar precedía a la muerte de lo efímero, sin lo cual no hay vida eterna
posible. Nos decía que sin esta muerte no hay ni amor ni regeneración. Y
hablaba también de aquello que había dicho Moisés a nuestros padres, aquello de
que nos era inaccesible porque es el Reino de Dios y que estaba a flor de piel,
a la vez que dentro de la piel, aún en lo más oculto de los huesos y en todas
nuestras entrañas, pero principalmente en nuestro corazón y en nuestra boca.
Y en verdad, tan cerca está de nosotros que quizás por eso mismo no
lo podamos advertir.
Pero yo lo encontré y supe qué era.
Y cuando así ocurrió, caí postrado a los pies de mi rabí, y le
dije:
"Rabí, rabí, loado sea tu nombre por los siglos de los
siglos".
Y él respondió:
"Judas, jamás lo olvides y así ocurrirá que con el tiempo el
hombre también podrá entenderlo y lo sabrá y lo vivirá, pues le será dado
penetrar el sentido de que YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD, Y LA VIDA".
Y mirándome a los ojos, me dijo con voz profunda:
"He aquí que he convertido agua en vino. Mas viene la hora en
que el diablo convertirá el vino en vinagre".
Y jamás olvidé estas palabras. Por eso es que ahora puedo
escribirlas en tu corazón con letras de fuego, para que a ti te sea dado saber
y conocer cómo Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, y cómo el
hombre puede estar en Dios de corazón.
Y aquello que era lo más íntimo de mí mismo, y más real aún que mi
propio nombre, no sólo era mi cuerpo; lo era y no lo era; mi cuerpo no era sino
la muerte en la que el amor lo despertaba a la vida. Y de mi propio cuerpo
debía partir en el camino de regreso. Así también las piedras en el desierto,
como todo en el Universo, estaban impregnadas de Dios por el Verbo, mas para
el
hombre no todo era Dios aun cuando Dios lo es todo.
De modo que cuando nuestro rabí nos dijo que si nuestro amor por
Dios nos traía padecimientos y lágrimas en la tierra, señal era que lo opuesto,
el cielo, se encontraba muy cerca ya de nosotros, y que eso sería nuestra
consolación, pues todo aquél que llora siempre tiene consuelo, según sea lo que
motiva sus lágrimas.
Y así pudimos entender la parábola del Hijo Pródigo, pues todos
nosotros comenzamos a serlo. También desde ese día comprendí y veneré a María,
la ramera de Magdala, y al publicano Leví, pues evidente era que en ellos
también la muerte despertaba a la vida por amor, así como a Juan su amor por mi
rabí le había librado de caminar por nuestro valle de lágrimas.
Y en nuestros corazones hubo gran regocijo.
Pero en el fondo de mi pecho continuaba ardiendo una secreta
inquietud y grande era mi anhelo de darle de lo mío a mi rabí Nicodemon y a los
demás ancianos del Sanedhrín.
Así también pude comprender que las medidas de una vigilia no
pueden ser las mismas que las de otra. Porque en la vigilia el ser verdadero
crece y crece, y se transforma hasta que el placer y el dolor dejan de tener
realidad y se convierten únicamente en agudas formas de una misma substancia. Y
en el hombre hay seis modos de vigilia, seis maneras de obrar. Unas son obras
del Padre, otras son obras del Hijo, otras del Espíritu Santo y también las hay
de Satanás, y en todas ellas se encuentra la vida, el amor y la muerte.
Y supe que quien despierta en el camino de la regeneración, va de
una a otra vigilia, y así comprende que de nada le vale al hombre ganar la
tierra si con ello va a perder su alma. Y que Dios Padre Todopoderoso, Creador
del Cielo y de la Tierra, para ello dio potestad a la Comunión de los Santos
por su Espíritu Santo, para el perdón y la remisión de los pecados y para que
los pecadores lleven también en sí la vida eterna en la eterna vigilia, amén.
Y así como el alma se va forjando poco a poco, de una vigilia en
otra, así también las fuerzas que la integran se van perdiendo poco a poco para
aquél que olvida el Espíritu Santo. Nada se gana de una sola vez, nada se
pierde de una sola vez. Todo depende de cómo el hombre anda en la infinita ronda en la que
Dios existe yendo de la vida, por amor, a la muerte y como el hombre sabe de
su
existencia yendo de la muerte, por amor, a la vida.
Por eso es que mi rabí hablaba en términos de comercio y decía
‘ganar’ y ‘perder’, porque para todo hay que pagar un precio, y cuando se le
paga se sabe qué es aquello que es lo infinito y que anda y anda en la
eternidad.
También decía que únicamente pueden sanar quienes se saben
enfermos.
Y cuando las multitudes de mendigos, enfermos y pobres le
asediaban, él solía decir:
"Mirad esta generación y en ella ved como se ha esclavizado a
su propia ceguera. Ama su dolor y ama sus males. Me dicen: ‘Dame, dame, dame’,
sin siquiera atreverse a sospechar que aquello que me piden lo llevan en sí
mismos y por derecho propio. Pero sólo saben pedir, no saben recibir. Y son
avaros, aun cuando ninguno de ellos es culpable de su suerte. Mas vosotros que
veis, guardaos mucho de confiar en lo que no emane de vuestro propio corazón,
que en mi camino únicamente anda quien quiera dar. A estos otros, en tanto les
dé me seguirán. Pero si les dijese: ‘Despertad para que aprendáis a dar’, me
lapidarían. Y día vendrá en que me lapidarán".
Y se alejaba de la multitud, pero su corazón permanecía con los
pobres, aun cuando también algo tenía que decir de ellos:
"Cuánto pecado y cuánta iniquidad hay en quienes hacen de la
pobreza un medio y rehuyen el sendero de la alegría. Por eso yo os digo hoy:
pocos son los verdaderamente pobres, miserables son muchos. Y tan miserable es
quien se revuelve en el cieno de su riqueza, como quien se regocija en el cieno
de su pobreza. Porque el pobre que hace una profesión de su pobreza es un
ladrón que roba el amor que anida en el corazón piadoso. Un verdadero pobre es
grato al corazón de Dios y se hará rico, pues se habrá librado hasta del deseo
de pobreza. Y habrá muchos ricos a quienes les serán abiertas las puertas del
cielo porque no se revuelcan en su cieno, y habrá muchos pobres que serán
arrojados al infierno, ahí donde hay lloro y rechinar de dientes."
Estas extrañas palabras sacudieron nuestro corazón, pero nuestro
rabí nos dijo aún más:
"Lo que el hombre tiene no es del hombre, sino de Dios. Y la
Gracia de Dios llega a los hombres por la Comunión de los Santos, las siete
potestades que son la diestra del Padre. Y una de ellas esclaviza al hombre,
alejándolo de su vigilia íntima y es la tentación cuyo origen siempre es el
olvido de lo santo y sagrado. Por eso muchos son los llamados, pocos los elegidos.
Quienes eligen el recuerdo de la íntima divinidad, esos serán los elegidos,
pues para ellos el juicio del Hijo no será lapidario".
EL DESTINO del
hombre devenía más claro en mi entendimiento. Y una noche, en una solitaria
colina, mientras los once dormían, me acerqué a mi rabí para que me dijese el
sentido de sus palabras cuando anunció que habría tribulaciones en mí.
"No temas, Judas", me dijo. "Tú también me
acompañarás y me ayudarás en el camino de la regeneración para que otros sean
también salvos. Ellos”, dijo extendiendo su mano hacia los once que dormían,
"han encontrado su alma y hay paz en sus corazones. Tú, en cambio, habrás
de perder la tuya antes de hallarla. Aún no puedes llevar el sentido de
mis
palabras, pero yo te prometo que un día comprenderás y entonces habrá también
paz en tu corazón y tu tarea no será difícil".
Esa noche mi rabí me bendijo de una extraña manera.
Le pregunté si profetizaba lo mismo para todos, y él contestó:
"No, Judas. Porque mi reino no es de este mundo. Si lo fuera,
hace tiempo que sobre mis sienes llevaría una corona aún más espléndida que la
de Salomón. Pero tú me verás coronado como el mundo corona a todo Hijo del
Hombre. Llorarás ese día, pero tu caudal de lágrimas será como una corriente
oculta en lo más profunda del agua de los ríos, y que conduce a una fuente más
allá de las cumbres de los montes, en vez de conducir al mar. Por esa corriente
vives y por esa corriente servirás para que otros remonten también el río de
los destinos".
La inquietud que me produjeron estas palabras fué un impulso que me
lanzó a insondables abismos, y nuevamente sentí aquello que antes había sentido
con las palabras de mi rabí Nicodemon, aquel vagar perdido como un niño que
llora cuando queda abandonado y sin pecho materno del cual recibir vida y amor.
Mi rabí me observaba en silencio, y había gran ternura en su corazón, y me
dijo:
"Pronto habrás de volver armado de espada hacia el mundo de
los hombres. Irás como un recién nacido, mas no temas el juicio de los hombres
porque tu vida será vida del Padre que levanta a los muertos. Y recuerda que el
Padre a nadie juzga, mas dió todo juicio al Hijo. Tampoco temas a quienes matan
el cuerpo, mas teme a quien puede destruir el alma".
Recordé entonces a mi rabí Nicodemon y sus cuitas, y quedé pensando
un instante en él, en sus palabras de hacía ya mucho tiempo y dije:
"Rabí, rabí, ten piedad de mí, el más afligido de todos tus
discípulos. Así como el Padre da vida y levanta a los muertos, y así como
también el Hijo a los que quiere da vida, así te declaro ahora Hijo de Dios, el
Cristo Vivo, y te suplico des vida y calmes la agonía de mi rabí
Nicodemon".
Guardé silencio y mi rabí también.
* * *
Entonces una gran luz, como jamás la podrá imaginar el hombre, nos
envolvió a los dos.
Y oí grandes palabras de verdad habladas en el Reino de los Cielos.
Y me postré a los pies de mi rabí, y exclamé:
"¡Ya sé quien eres!"
* * *
Pero mi rabí puso sus manos sobre mis labios, me miró tiernamente y
me dijo:
"Judas, bienamado de mi corazón. Lo que has visto, cállalo
aún, porque mi hora no ha llegado. Y es menester que se cumpla el destino, y tú
me ayudarás en él".
Y me dijo muchas bellas y hermosas palabras de verdad, sin
hablarlas; y todas se grabaron en mi corazón.
Después, hablando con la boca, me dijo:
"No temas por Nicodemon. A ti te ha sido dado conocer cosas
del cielo que Nicodemon aún no puede llevar. Porque no traigo paz, Judas, sino
espada. Y quien de mí recibe la espada y hace guerra en sí mismo, ese será
salvo porque velará. No hay enemigos de la vida, sólo hay enemigos del hombre.
Y así será también salvo Nicodemon, cuando tenga la espada y no haya menester
de ella. Así es contigo. Entonces tú calmarás las aguas y declararás aquello
que el Padre ponga en tu boca en ese instante, pues no serás tú quien
hable,
sino el Espíritu del Padre quien hablará en ti".
Y comprendí lo que mi rabí quería.
Y hubo también lumbre y luz en mi corazón, y supe que también tenía
espada que dar, y que la espada da guerra al que está en paz, pero daba paz a
quien estaba en guerra.
Y alabé al Padre que está en los cielos, y a su Unigénito Hijo, que
era mi rabí Jesús.
Entonces, él me dijo:
"Judas, sé sencillo cual paloma, prudente cual serpiente".
Pero mi espada no era como la de mi rabí; he aquí que en vez de
cortar las amarras con que los pies de los hombres se aferran a las tinieblas
de afuera, la mía había de cercenar el hilo con que el alma se sujeta a la luz.
Y elevando mis ojos a mi rabí, así lo dije. Y ví en su
rostro dos lágrimas que brotaron de sus ojos, y entonces me besó con amor y me
dijo:
"Judas, he aquí que te llamo mi amigo, mas el mundo
difícilmente comprenderá que lo eres en espíritu y en verdad. Mas la hora ha
llegado en que te lave los pies, pues aquello que es menester que cumplas muy
pronto, de dos modos se hace: sabiéndolo todo y porqué, o ignorando el
servicio. Y el hombre siempre preferirá ignorar la verdad y verá solamente un
aspecto de Dios, y en su extravío creerá que lo ha conocido del todo. Mas tú y
yo cumpliremos ahora como es menester que se cumpla toda justicia del Padre.
Bienaventurado quien pueda entender lo que ahora anida en tu corazón,
Judas".
De mis labios brotó el reflejo de luz que allí había, y respondí:
"Bienaventurado tú, mi rabí, Hijo de Dios. Porque tú eres el
‘sí’ ahí donde yo seré el ‘no’ para el hombre. He aquí que te veo como la luz
que disipa las tinieblas y seré tu reflejo en las mismas tinieblas, para que
sepan los hombres qué camino seguir, qué camino evitar, en el alma a la luz de
tu amor, de donde brota la llama del fuego de mi celo".
Mi rabí me miró nuevamente, y me dijo:
"En virtud de tu celo podrán muchos comprender que yo soy el
camino, la verdad y la vida y no me rechazarán".
Nuevamente su gracia volvió a iluminar mi entendimiento y agregué:
"Ms yo soy el desierto, la ilusión y la muerte, y muchos a mí
vendrán".
* * *
Y una vez más nos envolvió la luz, y en ella conocí el terrible
misterio oculto en las palabras tan a menudo dichas por mi rabí:
"El Padre a nadie juzga, mas dió todo juicio al hijo".
Y temblé de terror.
* * *
Pues el hombre sabe esto aun en su ignorancia, y por eso había
descendido a nosotros nuestro rabí Jesús, para indicarnos el camino, la verdad
y la vida.
Porque en el corazón humano jamás surge una inquietud a menos que
la consolación esté pronta, y no hay anhelo que no esté florecido aun antes de
nacer.
Y en este instante se formuló en mi corazón el voto de amor hacia
el hombre del mundo. Y entendí mi misión, aquella que la Gracia de Dios me
indicaba en el amor hacia mi rabí y que mi rabí había sembrado en mi pecho. Y
aun cuando mi alma se abatió y de mis ojos brotaron abundantes lágrimas, miré
hacia sus ojos y así le supliqué:
"Rabí, rabí de mi corazón. He aquí que veo llegar la noche y
cómo habré de perderme en las tinieblas
para que el hombre sea salvo. Pasa de mí esta copa si así es tu voluntad y la
de nuestro Padre que está en los cielos y ayúdame a sobrellevar la agonía que
me espera".
Mis palabras se ahogaron en la desesperación que sentía. Y al
elevar nuevamente mis ojos hacia él, le vi llorando en silencio pero con
amargura. Pues en su corazón había más dolor que en el mío. Al cabo de un
instante, en la soledad de la noche, sus palabras brotaron como un murmullo
cuyo consuelo anidó en mí hasta que se hizo la noche de mi alma y llegaron a
ella las tinieblas. Me dijo:
"Judas, he aquí que en el nombre del Padre te prometo que en
ese momento quitaré el aguijón del dolor en tu inteligencia y únicamente te
alumbrará el fuego de tu celo. Para que en virtud de él te sea pasada la copa
de la agonía que habrás de sentir cuando llegue nuestra hora. Y en lo más
recóndito de ti mismo sabrás que ni aun el Padre te juzgará y que mi juicio
será juicio y no condena. Pues lo que es menester que hagas lo habrás de hacer
por mí y por la vida del hombre".
Comprendí entonces que mi rabí y yo estábamos unidos en la
eternidad. Que ahí donde él fuese, ahí estaría yo también. Yo en él y él en mí.
Porque hasta entonces había hablado siempre de su hora, y he aquí que decía nuestra
hora.
Y así fué, así es, y así siempre será para quien no tenga ojos ni
oídos.
Y por eso agregó él:
"Pero aún corre el tiempo, y en él nuestra existencia".
Quisiera yo ahora alumbrar en tu corazón la verdad de las cosas,
pues no fue mi voluntad sino la del Padre y de mi rabí la que se hizo aquella
fatídica noche. Y por eso también fué que en los días de la Pascua se urdió la
trama de tal modo que mi celo menguó la luz y sólo quedo brillando el fuego.
Mas no todo fue manifiesto y aún no lo es completamente. Para mí las tinieblas
que habían de ser llegaron en el momento mismo en que mi rabí, compadecido de
mi dolor, sopó el bocado del olvido.
Pues así como el hombre precisa de la luz de mi rabí para orientar
su camino hacia el Padre, así también precisa de la luz de mi celo para no
herirse en los riscos del desierto. Porque es mi rabí quien ilumina el camino
hacia la plenitud de Dios, y yo quien le alumbra en la aridez en la que gira y
gira en la eterna ronda de ilusión cuando únicamente le arrastra el celo.
Bienaventurado quien pueda seguir a mi rabí sin escuchar mi voz; bienaventurado
quien escuche mi voz y en ella reconozca también a mi rabí, porque tan sólo así
podrá entender que no es posible servir a Mammon con la Gracia de Dios.
La luz de mi rabí me había hecho comprender que cuando hay luz y
lumbre en el corazón del hombre le será dado advertir que hay camino porque hay
desierto, que hay verdad debido a la ilusión, y vida en virtud de la muerte.
Pues siendo hechura de Dios, semejante es a Dios. Pero hay camino únicamente
para quien se sabe en el desierto, y verdad para quien sufre la ilusión. Así
también hay vida para quien reconoce la muerte en sí mismo y muere y renace en
su íntima vigilia, orando. He aquí que el hombre siente la aridez del desierto
por la gracia del camino y reconoce la ilusión a la luz de la verdad pues si el
hombre no conociese la luz desde el comienzo de los tiempos ¿cómo habría de
reconocer las tinieblas?
Y porque era su luz la que me permitía ver, mi rabí sabía de mi
entendimiento y me dijo esa noche:
"Aún has de ver más, Judas".
Y POR TERCERA vez nos envolvió la luz.
Y en ella mi rabí condujo mi entendimiento a los pies de nuestro
Padre que está en los cielos.
Y le vi sentarse a la diestra de Dios.
Y yo quedé a la siniestra.
Mas el Padre, mi rabí y yo fuimos una sola cosa en ese instante.
* * *
Y ante mis ojos se desplegó la vida multiplicándose en los hechos
de mi rabí, pues junto a toda la vida brillaba más plena la vida del hombre. En
esa plenitud los hechos de mi rabí devendrían los hechos de muchos hombres,
también los hechos míos estaban ya multiplicados.
Y así como esto era la urdimbre oculta de todo el mundo, así era
también la urdimbre oculta en la vida del hombre en sí.
En el hombre, como en el mundo entero, todo comienzo del Padre en
el corazón humano estaba precedido de la voz de la conciencia, la voz del
anhelo del Bien. Y era esta la voz de Juan Bautista que enderezaba los caminos
del Señor. Y tenía discípulos en el mundo y en el hombre; unos oían y otros no
podían hacerlo. Y así como Juan Bautista reflejaba y anunciaba una luz mayor,
así también había sido y siempre será el nacimiento del camino, la verdad y la
vida en el hombre. Porque mi rabí nacido era de una pariente del Bautista. De
la misma sangre eran los dos. Y yo, nacido en las lejanas tierras de Kariot,
nacido de otra sangre era.
Todo cuanto veía a la luz de mi entendimiento, se multiplicaba en
millones de formas distintas, pero era únicamente la vida del Padre urgiendo a
que el hombre tuviese también una inteligencia de ella.
Y esta inteligencia surgía de la contemplación de los hechos en sí
mismo, por el hombre y en el hombre. Pues en sus primeros tiempos aquel que es
el Salvador del hombre ha de huir de la ira de Herodes y permanecer oculto
durante su crecimiento. Pues todo ser humano lleva un Herodes en sí, a la vez
que un Bautista y un Jesús. Y todo hombre sufre también la invasión de un
opresor ajeno a Israel, mas ha de buscar el germen de su dolor en Israel mismo,
en sí. Y verá a los fariseos, a los saduceos y las legiones de cojos, ciegos,
leprosos y mendigos alargando la mano en demanda de compasión. Y tendrá un
publicano como Leví, y una ramera como Magdalena, y un Pedro y un Juan. También
un Pilatos y a mí, Judas, el que le ha de vender al mundo.
"Judas, contempla el mundo", me dijo mi rabí, "pues
es la vida de Dios y nada en él hay muerto, nada puede morir. Todo cuanto es
vida es Dios, y toda vida desciende para luego ascender. Dios, el Padre que
está en los cielos, lo lleva todo en sí mismo pero no existe tan sólo para el
hombre sino que está en y es todo cuanto es. Pero únicamente al hombre le es
dado disfrutar de la inteligencia de su realidad. Y cuando su entendimiento se
abre
al Verbo deviene hijo de Dios, pues para el hombre en el principio es el Verbo
y el Verbo es con Dios y es Dios. Y a ti te digo ahora, que ocurra lo que
ocurra e hicieras lo que hicieres, en el amor del Padre será, pues ahora sabes
como santificar su nombre. Y aun cuando creyeras un día haber maldecido su
Espíritu Santo, no será tuya la culpa pues una potestad superior a ti te
abrasará en su fuego y olvidarás la luz. Tal es tu voto para que así se cumpla
toda justicia. Pues yo he de morir, descender a los infiernos y al tercer día
resucitar de entre los muertos, pues el Padre me ha dado vida para que tenga
vida en mí mismo y en virtud de esa vida del Padre todo ha de ascender conmigo
como es menester que todo ascienda hacia la plenitud de Dios".
ASÍ QUEDÓ urdido el
destino del hombre por mucho tiempo. Y en esta urdimbre todos fuimos un hilo
que se multiplicó infinitas veces en el tiempo.
Ocurrió un día que llegaron "ciertos Griegos" que también querían subir a Jerusalem para
adorar en la fiesta. Y hablaron con Felipe y Felipe se lo dijo a Andrés, y
ambos se lo dijeron a mi rabí.
Y mi rabí y los griegos hablaron en secreto. Y después mi rabí nos
reunió a todos para anunciarnos:
"La hora viene en que el hijo del hombre será
glorificado".
Y mirándome a los ojos encendió el recuerdo de nuestra noche en el
monte y agregó:
"De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo no cae
en la tierra y muere, él solo queda; mas si muriere, mucho fruto llevará".
Estas palabras hicieron eco en mi corazón y en mi entendimiento
también advertí que así como el grano de trigo mucho fruto lleva a su muerte en
buena tierra, así también la cizaña mucho fruto daría en la misma tierra que el
trigo. Pues la luz y el fuego juntos se ven y la llama del celo puede ser
lumbre y brasa. Pero mi rabí que leía en mi corazón, elevó la voz y dijo más:
"El que ama su vida, la perderá, y el que aborrece su vida en
este mundo para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame y donde yo
estuviere, allí estará también mi servidor".
Guardó silencio un instante, y mirándonos a todos a los ojos nos
dijo sin palabras lo que cada cual había de entender y hacer. Y posando su
mirada en mí, calmó la agitación de mi pecho, diciendo:
"Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará".
"Ahora estaba turbada mi alma ¿y que diré? Padre, sálvame de
esta hora. Mas por esto he venido en esta hora".
Y nuevamente pude entender a qué hora se refería mi rabí,
pues su
tiempo no era tan sólo el tiempo de Israel en esos días sino el tiempo que
había de multiplicarse para la gloria de Dios. Y en esta multiplicación, lo que
era ahora uno y divino en mi rabí, llegaría a ser muchos igualmente divinos en
la gloria de Dios y por la gracia del Espíritu Santo. Y en esta gracia, mi rabí
exclamó con voz de trueno que aún ahora resuenan en lo más profundo de la
conciencia de todo ser humano:
"¡Padre: glorifica tu nombre!".
Entonces todos nos pusimos de hinojos ante él. Y la luz se hizo en todos
y la voz de los cielos habló en el corazón de cada cual vibrando con la emoción
que mi rabí nos encendía. Y todos pudimos oír la voz del cielo:
"Y lo he glorificado y lo glorificaré otra vez".
Y esta voz suena y resuena y también se multiplica como antes se
había multiplicado en otras formas y seguirá multiplicándose por los siglos de
los siglos. Y en esta multiplicación, ocurrirá la llegada de muchas horas de
luz únicamente cuando la hora de las tinieblas oprima el corazón del hombre.
La ‘multitud’ dijo que era la voz de un ángel, mas mi rabí
extendiendo la mano sobre todos, nos dijo:
"No ha venido esta voz por mi causa, mas por causa de
vosotros".
Y el milagro fué hecho para su multiplicación, así como mi rabí
había multiplicado una vez los panes y los peces. Panes para los hambrientos y
peces para aquellos que habiendo probado el pan hacían voto de pescadores a fin
de glorificar a Dios.
Mi rabí nuevamente nos dijo:
"Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este
mundo será echado fuera".
Y en virtud del milagro que ya se había producido fuera del mundo,
nos anunció su promesa para todos los tiempos.
"Y si yo fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí
mismo".
Con ello nuestro rabí nos enseñó el milagro de toda multiplicación.
Y cada uno de nosotros sintió el peso y a la a vez la gloria de la
Ley y la Gracia de Dios. Y cada cual supo qué había menester hacer, pues cada
cual, al seguir a mi rabí, llevaba también a muchos en sí mismo. Pero
únicamente andarían con él quienes quisieran hacerlo.
ENTONCES FUÉ que mi
rabí me mandó antes que él a Jerusalem, advirtiéndome:
"Judas, no temas a quienes matan el cuerpo sino a quienes
pueden matar el alma".
Jerusalem hervía de rumores. Y mi apariencia no era la misma de
antes, pues yo había dejado de ser un fariseo. Por eso mis antiguos amigos no
me reconocieron ni en las calles ni en el templo. Mas Nicodemon me reconoció y
hablamos acerca de mi rabí.
Nicodemon estaba inquieto por la efervescencia política que había
en la ciudad. Herodes y los suyos, como también los celotes, esperaban la
entrada de mi rabí en la Pascua para encender la revuelta contra Roma. Mas yo
expliqué a Nicodemon lo que mi rabí Jesús me había explicado a mí, que su reino
no es de este mundo.
Un decurión romano, amigo de Nicodemon, sospechaba de mi rabí y me
interrogó con grave celo, pues quería orientar la conducta del procurador
Pilatos. Le expliqué que mi rabí enseñaba a adorar al Padre que está en los
cielos y no al César, y aun cuando el César romano fuese también obra del mismo
Padre, el Dios, de Israel era el único Dios verdadero. El decurión rió de mis
palabras, mas yo le dejé en paz. Pues mi rabí nos había enseñado a no juzgar y
en el milagro de la glorificación del Padre para todos los tiempos, preciso era
que su luz cayese por igual sobre justos y pecadores.
Mas mi rabí Nicodemon no comprendía la justicia del Padre y
solamente la justicia de la ley. Pero quería comprender, pues en su corazón el
presagio era fuerte y el deseo de servir al Señor, poderoso. Por eso me pidió
que le enseñara el bautismo con el fuego del Espíritu Santo.
Y recordando la luz de mi rabí, le dije:
"Nicodemón, hermano. El Espíritu Santo es santo porque es
invisible, inaudible e impalpable fuera del corazón humano. Pero hay a quienes
llega como un perfume y para otros con el sabor de la leche y de la miel que
comieron nuestros padres, aquellos que sabían cual era la tierra prometida a
los judíos. Por eso el Espíritu Santo no se puede comunicar con palabras de
este mundo. Pues es inmaculado y en cuanto toca las cosas de este mundo recibe
mácula. Por eso mi rabí insiste en decirnos: “Bienaventurados los de puro
corazón, pues ellos verán a Dios”. ¿Podría ser de otra manera, Nicodemon? Aun
en el entendimiento de todo pecador brilla la luz, mas no todos los pecadores
se saben pecadores y por eso no todos osan volver el rostro hacia ella. Pues no
hay luz ni fuego del Espíritu Santo para quien no sufre las tinieblas. Y un puro corazón ha de estar vacío y limpio
de todo, salvo del anhelo de Dios que Dios mismo sembró en nuestros primeros
padres. Más es la luz que la llama, pero la chispa no es menos que la
luz".
Nicodemon caviló un instante en su confusión.
"La Ley es menester que sea guardada por los ancianos de
Israel. ¿Cómo, pues, tu rabí pretende que se siembre en el corazón de las
multitudes?", me dijo.
Y yo le respondí:
"La Ley llega a los hombres por la Gracia de Dios, pues antes
de que el mundo fuera, el Padre es. Así con mi rabí. Antes de que Abraham
fuese, él es".
“Blasfemas, Judas", exclamó Nicodemón.
"La paz del Señor sea contigo, Nicodemon".
"Y con tu espíritu".
Y hube de alejarme de Nicodemon, más sabía que la luz aumentaría en
su entendimiento, pues aun cuando el Gran Sacerdote se inquietaba también por
los hechos de mi rabí, en todos ardía la esperanza de la liberación.
Cuando llegué al patio del Templo encontré a Caifás. Sabiéndome
discípulo de Cristo también me interrogó:
"Quisiéramos obrar con prudencia, Judas", me dijo.
"Mas debemos guardar el celo de la tradición para que no se pierda el
pueblo".
"Mi rabí no ha venido a abrogar la Ley o los profetas, mas ha
venido a darles cumplimiento".
La ira asomó a su rostro, y en ella vi un reflejo de aquella visión
en la que todo el milagro existía ya y se multiplicaba. Vi en ese instante como
el rostro de Caifás y aun sus pensamientos y sus sentimientos también se
multiplicaban en los tiempos que habrían por venir.
"¿Pretendes acaso que no damos cumplimiento a la Ley?”
"Mi rabí ha dicho que no todo aquél que clame ‘Señor,
Señor’
verá el reino de los cielos, sino aquél que haga la voluntad del Padre
que está
en los cielos".
"¿Y cómo hemos de conocer esa voluntad a menos que
interpretemos la Ley de Moisés?"
"Aspirando a la gracia de mi rabí Jesús".
Y también me alejé de él.
Aquella noche, inquieto, velaba orando como nos había enseñado
nuestro rabí Jesús; y en medio de mis oraciones escuché su voz vibrando dentro
de mi pecho:
"¡Jerusalem, Jerusalem! Que teniendo ojos no ves, y oídos no
oyes. Y toda palabra de profeta es lapidada en ti. Y así es con el hombre en su
menguado entendimiento. Un día gritará ‘¡Hossana!’ y al siguiente
“¡Crucificadle!” Y en todo ello hay verdad, y así ha de ser. Porque en la
lapidación hay también justicia. Pues las piedras devienen pan y el pan
Espíritu Santo cuando se cumple con la voluntad de Dios. Turbio es mi hablar,
pero no es turbio mi decir, que la luz brilla en el corazón del hombre para que
pueda abrir su entendimiento".
En mi agonía recibí consuelo, pues vi que miembro del hombre era
Jerusalem en la multiplicación milagrosa que ya bien conocía. Y cómo había en
él una secreta lucha entre el procurador del invasor extraño y los custodios
de
la Ley de Dios, y cómo en la despiadada guerra sorda entre ambos surgía el
dolor de la multitud de seres que de ellos dependían, y cómo, porque ambos
lo
ignoraban, había dolor y miseria en Israel.
Supe en ese momento que mi rabí entraría a Jerusalem.
Y así fué.
Pocos días después entró montado a la grupa de un pollino y no
sobre un corcel. En son de paz y de humildad venía y no en son de batalla. Pues
era menester que el hombre fuese salvo y salvo podía ser únicamente no haciendo
violencia, mas dejándose ver únicamente por los que tienen ojos y oídos para
ver y oír.
* * *
Anás, Caifás, el decurión romano que hablaba por Pilatos y varios
fariseos discutieron tres noches antes de la fiesta de la Pascua. Nicodemon se
opuso a la violencia que buscaba Caifás y me mandó llamar.
Y cuando se hubo retirado junto con el decurión romano quedé a
solas con Caifás y Anás.
"¿Qué propósito mueve a tu rabí, Judas?" me dijeron.
"Que el hombre conozca la verdad y sea libre", respondí.
Ambos sonrieron, sin ocultar su desprecio.
"Es menester prenderle", comentó Anás.
Mi corazón palpitó lleno de angustia, pues sentí el poder de mi
rabí urgiéndome a hablar.
"Yo os puedo decir dónde
hallaréis al Cristo", anuncié.
Y ambos me miraron con asombro. Y en ese instante comprendí como la
Gracia de Dios obraba también en su entendimiento, pues más que a mi rabí ellos
querían al Cristo. Así fué como concertamos una entrevista para la siguiente
noche.
Y lo comuniqué a Nicodemon. Y Nicodemon comprendió, aun cuando sus
ojos se llenaron de lágrimas, y en ellas vi su compasión por mí.
Siete días antes de la llegada de mi rabí a Jerusalem dormí en
Bethania en casa de Lázaro el resucitado y comulgamos juntos con Marta y con
María. Y en esa comunión llegó a nosotros nuevamente la palabra de consuelo de
nuestro rabí, diciendo a cada uno en lo recóndito del propio corazón:
"Cegó los oídos de ellos y endureció su corazón; porque no
vean con los ojos y entiendan de corazón, y se conviertan y yo los sane".
Entonces supe que la multiplicación repetía el alma de las cosas
pues éstas eran palabras de Isaías. Y comprendí cómo los príncipes de
los
fariseos también anhelaban y creían en mi rabí Jesús sabiéndole el Cristo vivo,
mas temían la ira de los dueños de la sinagoga porque amaban más la gloria de
los hombres que la gloria de Dios.
Y todo era como debía ser.
Pues nuevamente nos habló la palabra de Cristo en el corazón y
repitió:
"Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él solo
queda; mas si muriere, mucho fruto lleva".
Y todos sabíamos que la vida del Señor estaba en manos de nuestro
rabí quien había venido a sembrar para todos los tiempos por venir, como antes
de él habían sembrado nuestros padres con la Ley y los profetas. Mas este
fruto, fruto nuevo era. Pero no todos podían llevar esta palabra.
AL DÍA siguiente, seis días antes de la Pascua, mi rabí
llegó a Bethania.
Y los seis días se sucedieron preñados de emoción y de vida. Cada
día marcó su tiempo en la multiplicación de los hechos, hasta el final.
Y nuestro rabí nos amó a todos, hasta el fin.
El quinto día, de noche, nos llevó en sí a su cena.
Y nos dijo:
"Hoy es el quinto día antes de la Pascua. Y en la Pascua mi
Padre será glorificado".
Y nos lavó los
pies.
Mas no todos quedaron limpios.
Y en el silencio que siguió a sus palabras, cuando había inquietud
en todos, mi rabí dijo:
"No hablo de todos vosotros; yo sé los que he elegido. El que
come pan conmigo levantó contra mí su calcañar. Desde ahora os lo digo, para
que cuando se hiciere creáis que yo soy. De cierto os digo: el que recibe al
que yo enviare a mí recibe; el que a mí reciba, recibe al que me envío".
Luego, en medio de la inquietud de todos, al preguntarle Juan quien
le había de entregar, anunció:
"Aquél a quien yo diere el pan mojado”.
Y estirando la mano con el pan mojado en ella me lo ofreció y yo lo recibí. Y sus ojos me
miraron llenos de compasión y los míos bañados en lágrimas estaban, pues mi
alma se estremecía de terror. En ese instante mi rabí me miró y en su mirada colocó la memoria de
aquella noche en el monte cuando me había llevado a la siniestra de nuestro Padre
que está en los cielos.
Y compadeciéndose, me dijo:
"Lo que haces, hazlo más presto".
Y tragué el bocado…
Y cuando lo hube tragado, la multiplicación de mis hechos quedó
para todos los tiempos.
Y el tiempo urdido esa noche por mi rabí Jesús ha llegado a su fin,
porque así es menester para la glorificación del Padre que está en los cielos.
Al comer el pan mojado esa noche sentí caer sobre mí la barrera del
tiempo, y lo Eterno, la plenitud de Dios que yo había conocido en el amor de mi
rabí, no fué más en mi corazón. Mi entendimiento se nubló y me vi de hinojos
postrado ante la muerte y temiendo porque las tinieblas se extenderían en el
tiempo hasta que la opresión que el hombre sufre en su caída le hiciese
nuevamente clamar y mendigar la luz.
Y Satanás habló en mi sangre con palabras de fuego:
"Olvida la
luz que fué".
Y comencé a sentir el devenir.
Entonces sentí que no era más el dueño de mi ser, sino el esclavo
de mi devenir y cayeron sobre mi mente las tinieblas de la tierra. Y lo que
eran reflejos del ser de luz alumbraron en ellas con multiplicidad de sombras,
y era una gama cambiante de colores pero en ninguna había la blancura original.
Y caí en el olvido de mi propio rabí y ya no era más en él.
Y, sin embargo, su luz quedó ardiendo en mis tinieblas, mas no la
podía ver.
Entonces los ojos de mi rabí me miraron y por un instante sentí su
piedad en mi propio corazón, mas bien pronto ella se convirtió en ira y
despecho pues con el pan mojado se había diluido toda la plenitud que él mismo
me había dado.
Creí entonces en la muerte.
Y mi amargura se convirtió en mi fuerza.
Y obré. Pero no obré de mí mismo, pues toda potestad me había sido
quitada para que aquél que tenga ojos vea, y si oídos que oiga.
Pues en
estas mis palabras no hay una sílaba que no diga algo, ni un verbo que no
indique un tiempo.
Pero nada de lo de mi rabí es del tiempo y sus palabras se repiten
ahora como en todos los tiempos:
‘Mi
reino no es de este mundo’.
Y de mí mismo agregó: "Este mundo está en el reino, mas no como estoy yo. Que lo que
del mundo pudiera ser del reino, suspendido está, colgando de una rama,
carente de plenitud, sin que el cerebro y el corazón toquen el cielo, sin que
los pies hiendan la tierra".
* * *
Hombre de linaje maya: en trece partes he contado lo que he sabido
de Judas. Hasta la novena marchó uncido por el amor de Jesús quien le lavó los
pies, mas no quedó limpio del todo porque en la segunda ronda del nueve vendió
al Cristo vivo al mundo y se cumplió la Escritura.
Pues cuando Judas llegó con una compañía y los ministros de los
pontífices y de los Fariseos, Jesús les preguntó:
"¿A quién buscáis?"
Y ellos dijeron:
"A Jesús Nazareno".
Y él dijo:
"Yo soy".
Y ellos volvieron atrás y cayeron en tierra.
Y por segunda vez Jesús les preguntó a quién buscaban, y por
segunda vez le dijeron: a Jesús Nazareno.
Y por segunda vez él dijo:
"Yo soy; pues si a mí buscáis dejad ir a éstos ".
Los enviados del príncipe de este mundo preguntaron dos veces, no
más.
Y con esto también se cumplió la escritura.
Pues los
once fueron salvos.
Y así el espíritu permanece en los cielos, el cuerpo en la tierra.
¿Dónde llevas el alma?
VOCABULARIO
de las palabras mayas
empleadas en los libros segundo
y tercero.
AHAU.- Dios, hombre-divino, rey, “Dios-Rey”, “Gran Señor”.
BALCHE.- Bebida que se extrae de un árbol en Yucatán y que se fermenta.
También significa árbol escondido.
CENOTE.- Pozo de agua subterránea. El Cenote Sagrado existió en Chichen
Itzá y era lugar de ceremonias místicas.
COZUMIL.- Pequeña isla frente a la
península de Yucatán que significa
“Tierra de las Golondrinas”. Actualmente se llama Cozumel. Esta isla fue
indudablemente la sede de un seminario o escuela esotérica de la cultura maya.
DZULES.- Señores; este nombre se dio a los españoles en los primeros
tiempos de la conquista.
KATUN.- Época o periodo de la cronología maya. Pequeño siglo maya. De 20
años de 360 días.
KUKULCAN.- Gran instructor divinizado, ‘Serpiente con Plumas’equivalente a
Quetzalcoatl nahoa.
MANI.- “Todo pasó”. También es el nombre de una famosa ciudad maya que
en tiempos de la conquista fue sede de los Reyes Xiu y el último refugio de la
civilización maya y de su cultura religiosa.
PAUAH.-“Los que distribuyen o dispersan el chorro de la vida”. Cuatro
espíritus celestes.
TZICBENTHAN.- “Palabra que hay que obedecer”.
ZAC-NICTE.- Blanca Flor.